De lo cotidiano

Bitácora de Dalina Flores

Palabras como acciones (segunda parte)

La mayor preocupación de los adultos que conforman una comunidad capaz de cuestionar las prácticas culturales enajenantes tendría que girar en torno a la búsqueda de un modelo integral para la educación de nuestros niños, en vías para la construcción de un entorno de respeto, cordialidad y aprecio hacia el otro. Para ello es fundamental la palabra. Desmitificarla y usarla en todos sus niveles y para toda diligencia.

Con las palabras construimos el mundo y le asignamos diferentes cargas ideológicas que determinan nuestras prácticas, así es como hemos arraigado la violencia de todo tipo contra las mujeres en particular (y contra los grupos vulnerables en general). La literatura continuamente nos ofrece muestras de estas relaciones; en Los esclavos, por ejemplo, Alberto Chimal muestra un panorama muy actual y doloroso acerca de las diferentes formas de control que algunos individuos ejercen sobre otros, de manera que el ser humano, al someterse pierde su dignidad y su capacidad para tomar decisiones. Sin embargo, la realidad nos golpea con situaciones no ficcionales en las que la violencia se convierte en una forma de vida que normaliza la enajenación. En este sentido, es nuestra responsabilidad ayudar a los pequeños a construir un contexto que defienda y garantice su dignidad y su autonomía. Y esa tarea se logra a través de las palabras.

A través de ellas podemos educarlos para no ser víctimas; sin embargo, asumir la palabra como libertad implica muchos riesgos y requiere de romper con tradiciones muy acendradas. Tenemos que contrarrestar los duros efectos del secreto y el tabú respecto a nuestros cuerpos, a través de reconocernos y nombrarnos. Recuerdo que una vez me “citaron” en la guardería de mi hija cuando ella tenía tres o cuatro años. Con mucha cautela, su maestra me dijo que teníamos que cuidar la forma de hablar de la niña pues estaba usando “malas palabras” y eso podría ser perjudicial para sus compañeritos. Al principio me preocupé genuinamente pues en casa siempre hemos sido muy sueltos de lengua, pero cuando pregunté qué era lo que había dicho, la maestra me dijo, en voz muy baja: “vulva”. Después corrigió: “vulvita”. Le dije que no era una mala palabra y, tras una breve discusión, la “cita” se convirtió en un diálogo de sordos. Al final, agregó: si quiere que se exprese con propiedad, en todo caso, debería usar la palabra “vagina”. Entonces, le dije, lo más amablemente que pude, que no: la parte interna del órgano reproductor femenino, se llama vagina; pero la parte externa, a la que se refería mi hija, es vulva. De todos modos, me pidió que habláramos con la niña pues aunque no sea una “mala palabra”, no está bien que una nena tan pequeñita anduviera hablando de esas cosas. Claro que hablamos con ella. Para decirle que el cuerpo es hermoso y cada una de sus partes tiene un nombre especial.

[Podría ser, también, que el tabú en torno a los nombres de los genitales tenga que ver un poco con la cacofonía; no sé quién inventó los términos en español, pero pene, glande, escroto, vagina, vulva, son palabras muy poco eufónicas. Partes tan especiales, y generadoras de vida y placer, también deberían tener apelativos lindos y luminosos, no sé, quizás el pene debería llamarse pirindúngulo; y la vulva, ursuluz o lámpara.]

Lo cierto es que deberíamos apelar por una educación que les diera a los niños las palabras como herramientas para nombrar el mundo, hacerlo suyo, para poder enfrentar cualquier situación. Palabras y confianza para niños y niñas, pues nadie está a salvo. La fragilidad de la infancia atrae a cualquier enemigo que, de acuerdo con muchos testimonios derivados del hashtag mi primer acoso, muchas veces está en casa. No asumamos, como padres, que porque nosotros los queremos y respetamos, nuestros hijos están a salvo de la depredación intrínseca a la especie humana.

Paradójicamente, en vez de que las palabras nos otorguen la posibilidad de hacernos conscientes de nuestra propia sexualidad y los aspectos de salud y recreación que tenemos todos los seres vivos desde que nacemos, intentamos ocultar, frenar, disfrazar la realidad y, lo peor: generar falsos o peligrosos paradigmas. Por eso es necesario nombrar el cuerpo. Nombrarlo para conocerlo, y sólo lo que se conoce se puede querer. Es fundamental amar el cuerpo y no asociarlo con lo prohibido, sino con la dignidad. Y tener y querer un cuerpo propio digno, nos llevará a dignificar también a los otros cuerpos.

No podemos guardar a nuestros niños en una caja de cristal; no podemos estar cuidándolos sin separarnos de ellos. El jardín de niños, como se ha visto en las últimas noticias, también puede ser un lugar inseguro. Sólo cuando los pequeños sepan reconocer de qué están hechos, podrán hablar de ello y también, asumir la responsabilidad de su cuidado y dialogar con los adultos. Pero tendríamos que ser adultos capaces de llamar a las cosas por su nombre y capaces de aprender a disfrutar y sacralizar nuestros propios cuerpos.

Como padres nos asusta abordar estos temas entre adultos y mucho más con nuestros hijos, porque tenemos la herencia del tabú, pero siempre hay momentos y formas, y si desconocemos aspectos de nuestra propia sexualidad -porque fuimos criados con prejuicios y silencios- entonces, investiguemos con ellos, con nuestros hijos, para que juntos construyamos las herramientas con las que podrán defenderse y quererse.

Es necesario aprender a nombrar. Es vital tener palabras y canales de comunicación: otorgar confianza y afectividad. Mostrarle a nuestros hijos que nosotros no los juzgamos sino que los acompañamos (aunque no estemos con ellos) para que su tránsito por la vida sea menos duro. Otorguémosles las palabras como el arma más poderosa contra los depredadores. Sería un sueño posible educarlos, desde todos los frentes, para vivir.

A través del mayor número de lenguajes (del arte, del amor a todos los seres vivos, de la palabra) podemos construir con ellos nuevos paradigmas. Y a pesar de lo difícil que resulte confrontar los principios y modelos con los que fuimos “educados” (de la sumisión, la obediencia, el silencio), mostrarles que podemos modificar estas prácticas porque también hemos aprendido a querernos y disfrutarnos.

Lo más valioso que podríamos darle a un niño es la certeza de su individualidad. Tener la forma de decirle: tu cuerpo es tuyo y es necesario que lo conozcas para que lo puedas disfrutar, querer y cuidar. Porque además de poder nombrarlo, tendrían que saber que su cuerpo es el vehículo más apto para el placer. Y que el placer se ejerce como un derecho y nunca como una obligación. Tendríamos que poder decirle a todos nuestros niños: “quiérete, disfrútate, cuídate. Y yo voy a estar acá, cerca de ti, para defendernos juntos”.

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