De lo cotidiano

Bitácora de Dalina Flores

Prolegómenos desde la infancia (o chisme prescindible) para Exiliados

Mi infancia, contrario a lo que he querido inventarme, pasó muy feliz y sin sobresaltos, supongo que porque siempre fui algo así como una niñita simpaticona y solidaria (adoptaba hasta a los grillos). Además, era súper chaparrita y muy parlanchina y eso causaba furor en quien me escuchara.

Casi no lo recuerdo, pero mi madre me ha contado que, cuando tenía como cuatro o cinco años, andábamos de vacaciones en Mérida y yo estaba muy feliz nadando en la alberca del hotel; platicaba, casual como es una, con una pareja de recién casados que jugaban conmigo condescendientes. Llegó la hora de comer y mi madre nos pidió que saliéramos de la alberca, mis hermanos, muy obedientes y muertos de hambre, obedecieron. Yo respondí el típico: ‘ándale, déjame quedar otro ratito’. Mamá tenía la presión y la mirada furiosa de mi papá sobre su hombro, e insistió: ‘bueno, si no te sales, nos vamos a ir sin ti’. Hasta donde he visto, esa amenaza funciona con cualquier niño menor de cinco años, pero yo le dije que estaba de acuerdo: que me dejaran, al fin que mis nuevos amigos podrían cuidarme. Ja: debut y despedida de mi carrera independentista. Mi papi no aguantó la irreverencia y fue a sacarme de la alberca. Claro que yo lloré y lloré y lloré hasta que mis lágrimas contaminaron el cloro que se me había metido a los ojos.

Todo eso lo cuenta mamá, pues lo único que yo recuerdo de aquella aciaga ocasión es a mi madre, conmigo sobre sus piernas, meciéndonos en unos columpios, mientras me cantaba inspiradísima algo así como ¨la loba, la loba, se fue de paseo, con su traje rico y su hijito feo”, cómo no iba a seguir hipando desconsolada, todavía por el llanto atravesado y por el hijito feo de la pobre loba.

Creo que ése fue mi único infortunio infantil; bueno, no: también sufrí cuando tenía como tres años y unos vecinitos me sonsacaron de mi casa. Mis papás estaban en el trabajo y nos cuidaban nuestras nanas. Tampoco recuerdo con precisión todas las escenas, pero sé que, luego de que me llevaron a su casa, uno de ellos me mordió un cachete  (la marca se quedó un par de días) y sus hermanos mayores, para que no me encontraran los adultos, me encerraron en un clóset por toda la eternidad. Hasta que alguien me encontró ya dormida y llorosa. Por eso no me gustan los espacios oscuros, cerrados y pequeños.

El secreto de mi infancia feliz es que yo tenía un arma secreta; bueno, tres. La primera era mi hermano mayor. Todos, chicos y grandes, me querían porque creían que yo era igual de buena, aplicada y obediente que él (bueno, eso es lo que hacía pensar a todo el mundo, porque, en corto, era como el alma de la chingada). Lo cierto es que, en la escuela, me salvé de más de un castigo (un millar, quiero decir) cuando los adultos se enteraban de que yo era hermana de mi hermano. A veces, renegaban: ‘ay, no puedo creer que seas hermana de Julio, él tan bueno…’, casi nunca terminaban la oración, pero era obvio que seguía el ‘y tú tan de lo peor’. Todos los regaños terminaban en: ‘sólo porque eres hermana de Julio, esta vez, lo pasaremos por alto’. Los niños también lo querían; para hacer las tareas en equipo, para jugar futbol, volibol, squash, frontón; o para actuar en las obras de teatro el día de las madres o del maestro. No diré que hasta, en un momento de debilidad, formó parte de un grupito de baile que imitaba a otro grupo de chavales imberbes del que yo era ferviente fan. Tampoco diré que una vez obtuvimos el segundo lugar en un concurso de patinaje artístico, en el que todos los participantes se inscribieron con la niña que les gustaba. Y yo quería patinar; y no tenía pareja. No sé qué hice (o cuánto me habrá cobrado), pero al final patinamos juntos y fue una de las experiencias más emocionantes de mi vida. Él estaba en sexto grado y yo en cuarto. Tampoco voy a contar cuando yo andaba de teatrera, y en unas vacaciones de diciembre, mi hermano llegó a Cuautla para salvar el montaje: no teníamos suficientes actores y él, mi madre y mi hermano pequeño hicieron sendos papelones.

He ahí mi otra arma secreta de la infancia y de la vida: mi hermano Nano. Él siempre ha sido la persona más dulce, solidaria y comprensiva que conozco (aunque terco como mula cimarrona, o sea: tantito menos que mi papi o que yo). También es muy inteligente y enojón; cuando era pequeño, se enojaba muy fácilmente, pero más tardaba en salir a jugar que en olvidar el enojo. Él siempre me defendía y más de una vez se echó la culpa de algo que yo había hecho, porque decía que como yo tenía fama de ser incorregible, una falta más serviría para incrementar los regaños o castigos que me imponían. Y a él francamente le daban lo mismo los castigos y los regaños. No contaré que, una vez, lo recuerdo perfectamente, ya estábamos en la secundaria, mientras mis padres trabajaban, un par de amigos fueron a la casa. Mi papá acababa de comprar un estéreo (o no sé cómo se llamen, en realidad, pues esos aparatos eran como multifuncionales porque tocaban cintas, viniles, compactos, tenían radio AM/FM), y todos los que lo conocen saben que si hay algo en la vida que mi padre ama a nivel loco-manicomio es la música y los aparatos para reproducirla. Mis amigos se pusieron a hacer investigación de sonido (picar todos los botones sin ton ni son) y, después de una ardua búsqueda, lo descompusieron. Cuando llegó mi papá, y su música no salía por ningún lado (y supongo que habíamos dejado todo el mueblecito lleno de nuestras huellas), gritó como desaforado: ¿quién echó a perder mi consola?, inmediatamente, mi hermano contestó que él había sido, y que realmente ‘era un producto muy chafa pues se supone que no tendría que pasarle nada, si uno anda investigando cómo funciona algo que acaba de comprar’. Lejos de regañarlo, mi padre le dio la razón y fueron, al día siguiente, a quejarse de la chafencia de la famosa consola y les dieron otra que sí funcionaba. Tampoco contaré la vez en que, como era típico en mi época estudiantil, me fui de pinta (entonces, creo que ya estábamos en la prepa) con mis amigos a Tlayacapan. Todo iba perfecto hasta que se nos ponchó la llanta del coche. Tardamos mil años y, en vez de regresar a recoger a mi pobre hermano a las dos de la tarde, llegué por él a las cinco. Él estaba muy preocupado y me pidió que ya no fuera tan irresponsable (en esa época no había celulares). Cuando llegamos a la casa, mis padres estaban histéricos y muertos de preocupación. El Nano, con toda la calma del mundo, les dijo: perdón, se me olvidó que ya empezaron las optativas y me tuve que quedar. Pero ya llegamos. Obvio, lo regañaron a él. Y desde entonces, nunca más me fui de pinta (en la escuela) y siempre, siempre siempre, le digo dónde estoy. El enano nunca pedía permiso para nada, ni hacía la tarea. Eso me lleva a comprobar la teoría de que ser sumiso y laborioso no es el camino para tener éxito en la vida. Si hay alguien que ha hecho, realmente, lo que ha querido es él.

A lo que quiero llegar, después de tanta digresión, es que mi infancia fue muy feliz, quizás porque mi última arma secreta es mi memoria selectiva. Es verdad que recuerdo muy pocos acontecimientos de esa época, pero la mayoría de los que pudieran ser dolorosos, los he olvidado; o algo por el estilo: recuerdo escenas como si las estuviera viviendo otra niña y yo las percibiera desde afuera. Imágenes donde  los involucrados sólo son personajes y no seres reales. Así, mi infancia estuvo matizada por una serie de situaciones que han vuelto a tomar forma desde que leí la última novela de Raquel Castro: Exiliados, cuya trama hace vivir de una manera intensísima esa etapa que todos tuvimos y de la que quizás nos hemos olvidado: la locura indescriptible del sexto de primaria.

Realmente, este comentario pretendía ser una reseña de Exiliados, cuya lectura me ha fascinado en todos los sentidos, pero la novela tiene una poderosísima capacidad de evocación que me llevó a escarbar en lo que queda de mi pasado, y me puse a charlar con la niña que fui y, as usual, me fui por las ramas. En la siguiente entrada, no obstante, ya les digo por qué me encantó leer la última novela de Raquel Castro.

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