De lo cotidiano

Bitácora de Dalina Flores

Sobre Aquí anochece, poemario de Lucía Yépez

Lucía Yépez es una de las voces más peculiares de la poesía mexicana contemporánea. Sus versos suelen tener la complejidad del erotismo, la evocación nostálgica de lo que se ha ido, pero también el llamado intenso de lo que podría ser, a través de un lenguaje preciso, lúdico, luminoso a veces y otras oscuro y, sobre todo, lleno de matices.

Estas características permean toda su obra y, por supuesto, no es la excepción su último poemario, en formato Poetazo, editado por Onomatopeya Producchons, en 2021. A través de los versos que conforman este pequeño libro, la autora crea atmósferas muy sensoriales que conducen el ánimo del lector mediante una serie de registros emocionales que van desde la angustia ante lo que se adivina como terrible, hasta la pasividad reconfortante de quien enfrenta la vida y sus consecuencias de manera luminosa y precipitada:

“las supersticiones (relinchar de caballos llegando de lejos)

es un caer de ángeles             pájaros temblorosos al calor del día

y una vez más para sentirme cobarde

con cristiana devoción me acaricio

y a carcajadas

penetro

yo misma

mi

soledad”

En los poemas iniciales percibimos que las imágenes están encauzadas como una serie de estampas que reproducen el dolor y la pérdida. En medio de la evocación emocional, con pinceladas precisas, la autora también traza el ocaso con toda la inminencia de su fatalidad, como se observa en:

“despierto en cada sueño en el sueño de alguien

no es sano andar sola con sal de luna entre los párpados

guardo tu rostro en un pedazo de vidrio

y mi historia de amor en el fondo del estanque”

Asimismo, de forma encadenada, la confrontación de conceptos opuestos que, a su vez, se complementan, nos conduce a reflexionar sobre la vida, sin dejar de sentir y pensar la muerte. La precisión de cada palabra sembrada en sus versos nos provoca un ir y venir constante entre las certezas y las dudas, las luces y las sombras, el inicio y los ocasos; mientras la voz poética va desvelando el anochecer, también declara: “en otros países está amaneciendo”. Y, a través de este juego de opuestos, la complejidad de la vida se instala en la memoria y en los sentidos:

“te esperaré (aventurera de los siete mares) en tu noche sin noche en tu

cuerpo sin deseo

postcoitum      homo tristis

masticando hojas de coca”

El erotismo exacerbado provoca en el lector una impresión de abandono que se funde con la idea de lo perenne, donde la fusión de los cuerpos aparece como un proceso cíclico en el que se posee la entidad ajena a través de la propia entrega, y que, al mismo tiempo, pareciera la añoranza de una historia de amor que se convierte en espejismo:

“amante mi lengua

(caracol marino)

sepega a tu entrepierna

afuera brama el viento obscuro

y la violencia del viento entra conmigo en ti

te pondré armas al hombro

bañaré de mí tu cuerpo”

Asimismo, la autora recrea la sensación de un deseo que se apaga, como si fuera la conciencia del proceso en que se va difuminando la vida. La imagen del atardecer aparece en medio del letargo en el que, a cuentagotas, va pasando la vida, como una permanente vigilia en la que lo único que ocurre es la espera. Una espera adormecida que pone en pausa el ímpetu vital, como preludio suspendido hacia el ocaso:

“envolviéndonos (nosotros lo sabemos)

yertos amantes quesconden su amor

en calles melancólicas con aromas de ciudades donde nunca estuvieron

rezándose sus mandamientos

amándose con lenguas de sombra y deseo

pero siempre es un loco

que sobre el polvo y el humo

con una corona de reina estará esperándote

en este atardecer donde veinte siglos de historia el viento vuelca”

El dolor y el desamparo se vislumbran como un tenue llamado a la memoria que ha dejado de latir, pero que añora el pasado a partir de altibajos emocionales donde conviven imágenes feroces entre las que los cuerpos se entregan hacia el ocaso:

“solo yo

en esta calle sola

por qué grieta la tarde vanocheciendo?

una lágrima cae sobre mi mano

soy la voz que clama en el desierto

Lady Godiva suspendida en el filo de un cuchillo

habrá un paraíso para mí?

detrás de los escombros hay fuego bajo las cenizas

y deslizándose por el muro las sombras de mis muertos

para nadie es un secreto

yo vengo de morirme

no de haber nacido”

La voz poética está consciente de la dualidad que la integra: existe sólo en el otro, a partir del otro; es con el otro, aunque se sabe solitaria porque se ha construido sumando sus pérdidas, cuyas sombras se hacen tangibles conforme va declinando el día, y la tristeza va tejiendo su nido:

“A la luz de la luna

las brújulas apuntan al ocaso

y en el secreto (inevitablemente        imprevisible) de voces cardinales

(conjuro de la media noche)

vengo a mirar al resplandor del sacramento inicial mi rostro al desnudo

[ y que nadie me llame

en el espejo

reflejo de otro espejo”

Lucía Yépez hace vibrar, en las fibras subjetivas del lector, emociones complejas, tan brillantes como oscuras, a través de imágenes plásticas y melancólicas, mediante juegos lingüísticos que son tan provocativos como delirantes; como se observa en la integración silábica peculiar (sinalefas) que abunda en sus versos, y los neologismos que constantemente nos recuerdan que la poesía es lúdica y profunda. Por otra parte, las imágenes que enmarcan la emoción en cada poema adquieren dinamismo al compás del ritmo: la voz poética se apresura, se detiene; a veces se precipita y arrebata y, en la siguiente imagen, se contiene con las posibilidades expansivas que logran los encabalgamientos, peculiar figura que puebla toda su obra:

“para distinguir hasta el último rastro de la melancolía

hay otra forma parasomarse al fondo de las heridas?

nace mi sombra al borde de tus ojos de jade

y acorralada en tu miradaceituna

soy la penúltima sobreviviente

de la desobediencia y el sacrilegio en el Bajo Egipto

si yo gritara

alguien dentro de ti mescucharía?

Sin duda, Aquí anochece es una experiencia emocional que se visita de forma vertiginosa (el formato es breve), pero cuyo desbocado efecto permanece en la memoria del lector, más allá de sus versos. Sus imágenes se instalan de forma permanente y aguerrida en nuestra capacidad para reconstruir nuestros recuerdos, y la impronta de la sonoridad de sus versos se queda latiendo en lo más orgánico de nuestros sentidos. Aquí anochece nos revela nuestra finitud, pero también, la eternidad que cabe en los pequeños instantes en que nos detenemos a ver el mundo.

Setas a la mexicana y la reina de Moctezuma

Hace meses que no comparto mis recetas, ni nada. Hace meses que no escribo. Y es que no dejo de tener pájaros en la cabeza, pero ayer preparé un platillo delicioso que no me tomó ni cinco minutos. Entonces, mi corazón de abnegada madre mexicana me ha exigido venir acá a contarles y a darles la receta. Además, las setas, en particular, se reproducen en el otoño, así es que la temporada las pone al alcance de cualquier temerario cocinero.

También en esta época es común que mis alumnos empiecen a extrañar mi atuendo, algunos incluso me han preguntado que por qué ya no ‘ando de mexicana’. Lo que pasa es que cuando empieza a hacer frío, la ropa típica que me gusta va dejando de ser apropiada. Sin embargo, todavía este ombliguito de verano (así es el otoño en mi cabeza), me permite, por un par de meses, seguir pareciendo mexicana.

Ya sé que no tienen nada que ver las setas con la reina de Moctezuma (quien supongo que era la esposa de Moctezuma), sin embargo, de alguna manera, están emparentadas las ideas de mexicanidad y exotismo en ambas referencias. En Monterrey casi siempre me cuesta trabajo conseguir estas ¿esporas?, hongos pluricelulares, dice la wikipedia, ya que no forman parte de la dieta típica. Quizás alguno de ustedes no haya probado aún platillos elaborados con ellas, pero les aseguro que una vez que prueben esta modalidad, no podrán dejar de consumirlas. Ya lo verán.

Sólo necesitan 4 ingredientes y un poquitín de aceite de oliva, que puede ser en aerosol (o pueden poner su aceite líquido de botecito en un aspersor de plástico (de esos que usan los estilistas) y tienen el efecto de dispersión similar al de los aerosoles), el caso es que se usa poquitito aceite.

Decidí compartir la receta, entre lo que ya he dicho, porque esta mañana, en el Tec, encontré a una compañera que hace años no veía; al verme, se acercó muy efusiva a saludarme y me dijo que le había alegrado el día, pues le encanta verme siempre tan colorida, con esta ropa ‘tan bonita y típica’ que siempre me pongo. Le ‘alegro la pupila’ dice, cada que me ve. Claro que agradecí sus amables palabras (que también colorearon mi ánimo) y seguimos cada quien por nuestros caminos. Al llegar a la puerta del estacionamiento, el guardia en turno me dijo: ¡qué guapa, maestra!, ¿de dónde es su traje? Cabe señalar dos cosas: acá en regiolandia ser guapo no significa ser bonito; y no traía ningún traje. Era sólo un pantalón blanco de manta y una blusa de Zinacantán, hecha a mano, con bordados de maíz (o sea, con forma de mazorcas) en colores cálidos. Es una blusa muy linda que siempre levanta suspiros; a pesar de que no falta quien la ‘chulee’, pero inmediatamente aclare que nunca la usaría a pesar de que ‘a mí’ se me vea ‘muy bien’.

En fin, ahí iba toda llena de colores y eso me inspiró: llegué a la casa, puse un cachito de chorizo en una sartén (y realmente no eran ni 50 gramos); piqué ½ cebolla en trozos medianitos, ½ pimiento rojo y un paquete de setas. Todo picado en la modalidad a’i se va (no tardé ni un minuto en picar todo), y se agrega al chorizo que estaba hace cinco minutos en el fuego. Se cocina en fuego rápido un par de minutos y se agrega un jitomate (el de ombligo, habíamos dicho) en cuadritos, durante dos minutos más. Así de rápido y así de luminoso. Como mi blusa de Zinacantán.

Y todo esto del atuendo viene a cuento porque es muy curiosa la forma en que la gente me asocia con la ropa típica mexicana (en efecto, casi toda mi ropa la he comprado en Oaxaca o Chiapas); sin embargo, también soy fanática de la ropa hindú (si no es mi favorita del universo, por lo menos sí es de las que más más más me gustan), y lo raro o simpático es que, a pesar de que lleve puesta ropa hindú, turca o italiana, como me acaba de pasar hace un par de semanas, la gente piensa que es ropa típica mexicana. Y es aquí donde aparece la reina de Moctezuma:

Hace un par de semanas, Susy, Pame y yo estuvimos en un congreso internacional, en la ciudad de México, al que asistieron, por supuesto –era internacional, personas de todo el mundo. El sábado habíamos presentado nuestra ponencia y para verme muy formal, me puse un pantalón y una blusa verdes, con brillitos, o sea, de esas chaquiras que se han puesto de moda últimamente. Según yo, muy a tono con el congreso. En la tarde, nos llevaron a Bellas Artes para asistir al concierto de clausura del evento, y de ahí caminaríamos al museo Franz Mayer. Al salir del palacio, se acercó una señora con un acento muy extraño (no podemos ponernos de acuerdo a qué sonaba) y me dijo (más o menos): ‘¿eres de México, verdad?, es que estás bien bonita, eres como, como, como un personaje’ (mientras tanto, otra persona que venía con ella no perdía la oportunidad de tomarme fotos -en serio, soy todo un souvenir), y después de alguna pausa, en la que buscaba las palabras, supongo, me dijo: ‘es que eres así como la reina de Moctezuma’. Y realmente no traía ropa mexicana. Y claro que Susy y Pame no pierden la oportunidad, cada vez que pueden, de recordarme mi condición ‘real’.

Y esta condición, en serio, es muy curiosa, me pasa sobre todo con los extranjeros, en México o fuera del país, siempre reconocen mi peculiaridad mestiza, quizás porque ya no puedo dejar de proyectar mi naturaleza colorida y autóctona. De hecho, una vez (y nunca lo repetiré) tenía que asistir a una reunión con el rector de una de las universidades donde trabajo, y se me ocurrió enfundarme en un lindo traje sastre -‘raya de gis’, le llama mi papi- que mi madre me regaló; iba muy entaconada y muy peinadita con una coleta. Justo antes tenía clases y, al entrar al salón, un querido alumno no tuvo empacho en exclamar: ¡qué te pasó, Dalina, pareces vendedora de Liverpool! Ese fue mi debut y mi despedida: no más ropa formal para mí. Me prefiero como reina de Moctezuma 😉

 

Lecturas para escuchar y dialogar

La violencia actual hacia las mujeres, violencia de género, como Rita Segato prefiere nombrar esta opresión, ha provocado un clima de convivencia ríspido entre diferentes frentes ideológicos y sociales, en muchos espacios, pero sobre todo en redes sociales, donde predomina una actitud soberbia y altanera que cancela, a priori, cualquier tipo de diálogo. Por un lado, tenemos el conservadurismo, cuyo principal interés consiste en seguir dando vigencia a las prácticas socioculturales que hasta ahora hemos construido y que ha permitido a algunos grupos gozar de privilegios (de los cuales pueden ser conscientes o no); por otro, algunas prácticas derivadas del pensamiento feminista, como el feminismo fundamentalista, ha hecho creer, de manera superficial, que los enemigos de las mujeres son los hombres, y en este discurso aplican la misma violencia sobre los otros (pareciera que sólo buscan un simple cambio de ejes). Las luchas feministas no se pueden simplificar de esa manera pues las mujeres no buscamos pasar de oprimidas a opresoras.

Lo que buscamos desde distintas trincheras es detener la violencia causada por la hegemonía patriarcal desde la que se han establecido prácticas machistas que, independientemente del sexo o género de las personas que las ejerzan, se sostienen en la idea de objetualizar y aprovecharse del otro, del más débil. En este sentido, buscamos nuevas formas de reproducción y distribución del poder, de manera que no haya opresión de unos sobre otros, sino equilibrio. Sin embargo, no se trata solamente de formular teorías y ecuaciones para dictaminar una nueva forma de relacionarnos social y políticamente, sino de luchar desde el fondo de estas prácticas, para modificar la inercia que nos ubica en lugares muy cómodos a quienes tenemos algunos privilegios (como el simple hecho de asistir a una escuela o tener una plataforma donde escribir), pero que confina a otros, sobre todo otras, a ser explotados.

Para empezar a transformar nuestros hábitos y costumbres, necesitamos escuchar las voces de la otredad a través del diálogo, lo cual conlleva a tratar de entender qué es lo que dicen los grupos que intentan cambiar el mundo y sus tradiciones, sobre todo, desde dónde lo dicen, cuáles son los discursos y las prácticas históricas que nos han puesto en el estado combativo, condescendiente o reaccionario, en el que cada persona se encuentra. De ahí que sea tan urgente inmiscuirse en el pensamiento feminista, no como una obligación académica, sino como una estrategia para comprender la realidad. Y la mejor forma de escuchar es a través de la lectura.

Antes de hacer algunas sugerencias de lectura, debo confesar que desde siempre he tenido el privilegio de contar con el amor y la cercanía de mis padres y hermanos, que he gozado de la educación más digna que pueda haber en este país y que mi vida siempre ha estado rodeada de hombres y mujeres maravillosos. Y no por estas ventajas no he sufrido violencias de género; sin embargo, podría asegurar que he tenido también el privilegio de defenderme y de hacer que mi voz sea escuchada, sobre todo, porque desde que era muy joven tuve la fortuna de acercarme a diferentes corrientes del pensamiento feminista, que si bien me llevaron a ser consciente de mis privilegios, también pude comprender por qué todavía nos falta mucho camino por recorrer en la lucha por la equidad y la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Cuando estaba en la preparatoria, tuve la fortuna de leer a Simone de Beauvoir a través de El segundo sexo, donde expone de manera clara y reveladora sus ideas sobre la construcción del concepto de mujer y cómo hemos sido confinadas artificialmente a una serie de prácticas en función de las necesidades de los varones; pero comprendí con mayor profundidad su discurso en La mujer rota, novela cuya trama gira en torno a la vida de una mujer educada de clase media que, a pesar de sus privilegios, está esclavizada, de una forma tan sutil que ni se nota, a tomar decisiones que la llevan a perder sus libertades desde la imposición de una cárcel que ella misma se fabrica.

Los libros de la filósofa francesa, sin duda, son esenciales para comprender el “feminismo de la equidad”, sin embargo, hay muchas otras voces de mujeres que desde Latinoamérica y España nos han llevado a comprender que hay muchas variables, no sólo el género o sexo, que se intersectan en los diferentes niveles de opresión, por lo que sería absurdo hablar de un solo feminismo o de una sola lucha, pues cada mujer, en cada pueblo del planeta, está sujeta a diferentes formas patriarcales de opresión.

En el libro Diálogo y Diferencia. Retos feministas a la globalización, las investigadoras Sylvia Marcos y Marguerit Waller recopilan textos de diferentes autoras donde exponen las enormes diferencias conceptuales entre los feminismos que se desarrollan en Europa y los que empiezan a despuntar en las zonas rurales del centro y sur de nuestro continente o el africano, enmarcado por prácticas rituales muy diversas y enfatizan que la economía es determinante para entender la construcción de los roles de género y las distintas relaciones del ser humano con el medio ambiente, en oposición a lo que plantea el discurso del feminismo occidental explicado por Julia Kristeva en El tiempo de la mujeres.

Un libro fundamental para entender lo complejo y variado de las luchas feministas sin duda es Feminismo para no feministas, de la española Rosario Hernández Catalán (además es ameno y no por divertido deja de ser profundo), en el que explica cuál es el problema de la violencia machista y la forma en que todos estamos involucrados en erigirla y legitimarla como práctica cultural vigente. Este libro es fundamental porque deja muy claro que las luchas feministas no son contra los varones; al contrario: es indispensable que se involucren en la detención de las prácticas devastadoras del consumismo capitalista, para frenar la violencia que los seres humanos ejercen sobre los más débiles, entendidos éstos como los grupos más vulnerables: mujeres, pobres, niños, animales, naturaleza en general.

Asimismo, una lectura esencial e imprescindible es Abrazar la vida. Mujer, ecología y desarrollo, de Vandana Shiva quien hace un paralelismo entre la opresión hacia las mujeres y la explotación desmedida que hemos ejercido sobre el medio ambiente. Desde la perspectiva del ecofeminismo es más evidente cómo esta lucha es contra los estragos terribles que ocasiona el consumismo capitalista y que nos afecta a todos los seres vivos de la Tierra.

Por otra parte, la miríada de perspectivas feministas también ha dado lugar a una serie de propuestas donde el cuerpo de la mujer es producto de su propia conciencia, como en el libro de Christiane Northrup, Cuerpo de mujer- Sabiduría de mujer, que explica, en términos médicos, cómo la famosa frase “lo personal es político” ha producido una serie de generaciones de mujeres débiles y enfermizas, pues de acuerdo con ella, no puede producirse ningún tipo de curación para las mujeres mientras no hagamos un análisis crítico  de nuestra realidad y cambiemos nuestras prácticas, creencias y suposiciones culturales. Para la autora, el patriarcado marca en la cultura la idea de que el cuerpo de las niñas, su vida, su ser femenino, es un acontecer por el que hay que sentirse avergonzado y pedir perdón por ello; para recuperar nuestros cuerpos es urgente cambiar este rumbo.

Es importantísimo, a partir de una perspectiva antropológica, considerar a Rita Laura Segato y su libro Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres, construido en gran parte en México a partir del caso de las mujeres asesinadas y desaparecidas en Ciudad Juárez, donde explica que la vigencia de la violencia machista se debe a la participación de las mujeres en la difusión de prácticas opresoras paternalistas, y asegura que es necesario el surgimiento de una conciencia feminista que, importantísimo: no es exclusiva de las mujeres.

No sólo a través de la teoría crítica  es posible revisar las propuestas feministas para reconfigurar la concepción que tenemos del mundo, también es necesaria la lectura de obras literarias de autoras como Rosario Castellanos, a través de su poesía o su teatro (El eterno femenino), o la extraordinaria novela de Margaret Atwood, El cuento de la criada, incluso las novelas de Gioconda Belli, El intenso calor de la luna o La mujer habitada, para empezar a cuestionar las relaciones que siempre hemos entendido como “normales” entre hombres y mujeres, independientemente de nuestra edad y nuestros compromisos con el mundo que nos rodea.

Desde cualquier perspectiva: social, antropológica, ecológica o literaria, la mayoría de las autoras que han reflexionado sobre el feminismo coinciden en que el enemigo es casi invisible pues resulta muy fácil caer en la comodidad de la vida bajo esquemas patriarcales proteccionistas, y por eso mismo resulta seductor y paralizante. Así pues, es necesario leer el mundo, leernos a nosotros mismos, para entender cómo hemos fraguado nuestra ideología y cómo y por qué se resiste a los cambios que, sin duda, podrán mejorar la calidad de vida de todas las personas.

Coliflowers especiales para mis sobrix

No sé si es el encierro pandémico, o ya un efecto derivado de la acumulación de experiencia circulando por mi vida, pero me estoy convirtiendo en toda una tía (de esas que mandan piolines y bendiciones…ok, todavía no tanto), pues me ha dado una emoción enorme que mi sobrina Nana me hubiera pedido la receta de las coliflores empanizadas, luego de que subí una foto de algunos alimentos que preparé en una freidora de aire; si bien me encanta cocinar, y algunas cosas me quedan muy ricas (a juicio de mis roomies), tampoco es que sea una gran cocinera. Y por eso vengo acá a escribirle la receta con todo el cariño del mundo, esperando que le queden buenísimas.

Lo primero que debes hacer, querida Nana, es conseguir una coliflor entera (he comprado los floretes que ya vienen despencados y no quedan igual de crocantes. El tallo y las hojitas se las puedes dar a las tortus. Les encantan). Trata de que cada racimito (o florete como les dicen con más alcurnia, aunque Ía y Luna, y supongo que ustedes también, les dicen arbolitos blancos) quede de un tamaño coqueto: o sea, ni muy chico ni muy grande, para que sean fáciles de empanizar, pero que no tengas que hacer como diez mil empanizamientos.

Ahora que me doy cuenta, creo que conozco muy bien los gustos de Luna y de Ía porque ambos han pasado mucho tiempo conmigo (bueno, cuando eran más enanos, porque ahora ya ni me pelan), pero de ti, de Larix y de Gabit no sé tanto…o bueno, más o menos. Sé que Larix es ruda y le gusta practicar box. Y no quiere vivir en México. A ti te gusta jugar fut y no te gusta la leche, ni el huevo. Pero sí te gusta prepararte unos jugos bien creapys y bien ácidos. A Gabit le encantan los videojuegos y no le gusta la crema, y a Larix no le gusta la cebolla (¿o es al revés?); pero los tres aman la carne enchilada y el queso de Chiapas.

Bueno, también sé otras cosas: como que cuando eras bebesa odiabas que te tomaran fotos, ¿lo recuerdas?, te súper enojabas y te escondías cuando alguien quería hacerte una foto. Eras una niña bien bonita. Toda la vida recordaré cuando tus padres te dejaron en mi casa, porque iban a la maternidad para recibir a tu hermana, y Luna, que tenía como cuatro años, me dijo que yo era una mamá muy enojona. Y yo te pregunté: ¿Nana, tú crees que soy enojona?, y tú, muy segura y muy solidaria conmigo, respondiste: “No, tú eres pilí” (feliz). Me encantó que tu antónimo para el enojo hubiera sido la felicidad. Cuánto quisiera que se pudiera ser feliz siempre. Pero justo esa volatilidad es lo que le da su verdadero valor.

A veces pensamos que estamos tan contentos o pilices que nos comemos el mundo a grandes cucharadas, y de pronto, todo cambia, y creemos que somos los más desgraciados del mundo. Lo que me han enseñado casi cinco décadas de vida (de las cuales, si quieres, las dos primeras no cuentan, porque realmente hice muchas tarugadas) es que todo, absolutamente todo, está en continuo movimiento. Por eso no importa quién eres o cuánto tienes; lo único que realmente le da valor a nuestros instantes es el amor de la gente que nos quiere. Pero es importante reconocer, en algún punto de nuestras vidas, que a veces no nos damos cuenta del amor de los demás, porque todo el mundo tiene formas diferentes de querer. Y todos los seres humanos queremos que nos quieran como a nosotros nos han enseñado a querer, o como hemos aprendido o, finalmente, como podemos. Algunas personas quieren con hechos; otras, con palabras o con su presencia… otras más, con comida. Y por eso me encanta cuando les gusta lo que cocino. Aunque, la verdad, estos brócolis empanizados y picositos son obra de Luna. No sé si ella vio un tutorial o simplemente le echó lo que encontró en la cocina, pero la verdad es que quedan buenísimos.

Ya que tienes los arbolitos de buen tamaño, procedes a preparar dos recipientes (pueden ser dos platos hondos) para agregar, en el primero, dos huevos enteros, dos o tres cucharadas de salsa picante de tu preferencia, una cucharadita de salsa inglesa (o vinagre) y espolvorearle chilito piquín, sal y pimienta, al gusto (Luna y yo usamos un condimento buenísimo de limón en polvo con pimienta). La mezcla se bate muy bien. En el otro recipiente, se agrega harina (si quieres la versión saludable, la harina puede ser de avena o de amaranto), ajo en polvo (Luna y yo preferimos una mezcla de ajo con parmesano) y un poco de pimienta; se revuelven muy bien.

Lo único seguro, no sé si sea una condición natural (algún gen especial en la sangre) es que, independientemente de nuestra forma de querer, los adultos solemos tener un amor muy especial por nuestros sobrinos, aunque nuestros sobrinos no lo entiendan.  Yo también he sido una sobrina niña. Es algo muy extraño.  De pronto encuentras, de la nada, a un adulto que se alegra mucho de verte y te llena de besos y te dice que estás preciosa y que has crecido mucho y te cuenta cosas que hacías de chiquito y tú no entiendes cómo sabe todos esos detalles si apenas lo has visto un par de veces. Bueno, la razón es que, probablemente, ese adulto te haya visto más veces de las que recuerdas; otra podría ser que ese adulto puede ver todo lo que de su hermano o hermana hay en ti, y le parece la cosa más endiabladamente entrañable del mundo.

De pronto, los tíos sentimos un amor inmenso e inexplicable cada vez que vemos en una sonrisa, la tuya o la de Ia, por ejemplo, la misma forma y emoción de las sonrisas niñas de mi hermano Noni o de mi hermano Nano. Hace unos años, cuando Ía vino a pasar una navidad a la casa, sin sus padres, ¿lo recuerdas?, no me cansaba de decirle: hablas igual que mi Nano, sonríes igual que mi Nano, caminas igual que mi Nano, dices las mismas frases que el Nano… y él se hartaba y me respondía: sí, ya sé, igual que tu hermano; es obvio, soy su hijo. Pero lo que realmente quería decirle es que era como volver a tener 15 años y volver a estar con mi hermanito de 13.

Algo igual me pasa contigo y tu sonrisa. Hasta nervios me da, porque en ella reconozco los rasgos que precedían a una travesura de mi hermano Noni. Es algo muy loco poder ver los rasgos de nuestros seres más amados en otras minipersonas que, además, huelen a ellos y hablan como ellos. Recuerdo que, algunas veces, acompañaba a tu tío Sergio a recogerlos a la primaria y como tú, Larix y Luna iban atrás, yo cargaba a Julio David en el asiento del copiloto y me daban ganas de abrazarlo mucho y muy fuerte porque olía igualito, justo exactamente, como olía mi hermano Noni cuando era pequeño. Ese olor me llevaba en automático a la casa de Cuautla, cuando en calzones y camiseta corríamos como locos alrededor del jardín y luego, exhaustos, tomábamos sendos vasos repletos de chocomilk helado.

Ya que tienes todos los menjurjes preparados, deberás empanizarlos pasando cada arbolito por la mezcla de huevo, chochonearlos bien (que queden bien impregnados) y luego pasarlos por la mezcla de harina. Si quieres un capeado más espesito y saboroso, deberás repetir ambos pasos: cada árbol enharinado deberá regresarse a la mezcla con huevo y luego volver a enharinarse. Yo prefiero sólo darles una pasada. Si no tienes freidora, previamente debiste poner a calentar aceite suficiente para freír los floretes. Recuerda que antes de colocarlos, el aceite debe estar muy caliente y muy líquido para que se doren mejor y más parejos. Si tienes freidora, los colocas en la charola y los sumerges los segundos que consideres necesarios según tu preferencia. A mí me gustan bien doraditos. No quedan igual de ricos, pero también puedes meterlos a la freidora de aire, sólo que debes rociarlos con aceite en aerosol para que no queden tan resecos. Y listo.

Acompáñalos con más salsa picante o limón, o aderezo ranch, eso es a tu libre elección. Finalmente, el verdadero secreto de cocinar es ponerse creativas: echa a volar tus talentos; haz como Larix cuando era pequeña: le encantaba andar por la vida con bolsos de diferentes colores y estilos. Hasta la fecha, creo que es en lo que más se parece a mí (bueno, en lo berrinchuda y rebelde también, según dicen tu padre y tu madre, pero la verdad es que tanto ella como yo somos dóciles y amigables panes de dios, sólo que no se nos nota mucho).

Probablemente, algún día, entenderás cuánto te quiero, a ti, a tus hermanos y a tu primo, cuando dentro de muchos años, de pronto, llegue a tu vida un personito, pequeño, delgado y colocho, que se ría, camine y hable exactamente como Julio David. Mientras llega esa fecha, no olvides que debes cuidar tu pancita y no excederte con los irritantes. Come muchas verduras, en especial, papitas hervidas, sofritas con perejil… después te paso la receta. Son buenísimas para mitigar la gastritis.

Otras formas de aprender

A mis padres

El papel del docente es fundamental en nuestra formación, de eso no cabe duda; sin embargo, es importantísimo recordar que los seres humanos somos muy complejos y, como se ha podido corroborar en recientes investigaciones, el componente afectivo es crucial para el desarrollo de diferentes aprendizajes. He querido expresarme un poco acerca de este tema por dos asuntos que, aparentemente, no tienen nada que ver, pero sí están muy relacionados: el confinamiento al que estamos reducidos me ha condenado a no abrazar a mis padres, y ésa es una actividad que yo necesito para vivir. Fuera de eso no tengo ningún problema por estar encerrada. Y por supuesto que veo a mis papis de lejecitos, a través de la ventana de su balcón, y que los llamo por teléfono, pero no es suficiente. Necesito el contacto físico, necesito sentirlos, olerlos, morderlos 😀 abrazarlos bien fuerte.

Por otro lado, a menudo leo que muchas de mis amigas están muy desesperadas –con justísima razón, porque la SEP ha decidido no reanudar las clases presenciales hasta que el semáforo esté en verde, por lo que seguirán teniendo a los niños todo el día en casa, con labores de cuidadora, enfermera, cocinera, asistente, y mil etcéteras derivados de la crianza y de la formación escolar, pero también deberán seguir realizando sus respectivas tareas laborales, en el caso de que sigan contando con el privilegio de trabajo-desde-casa. Si sus empresas les exigen el retorno presencial, la angustia se profundiza. Todo eso lacera el bienestar emocional y fisiológico, por supuesto. Si agregamos las pocas posibilidades de ejercitarnos, nos daremos cuenta de que estar viviendo esta contingencia deteriora significativamente nuestro cuerpo.

No podemos soslayar que esta realidad es parte fundamental de nuestra vida diaria; aunque algunas personas no quieran contribuir al bienestar y salud comunitaria, omitiendo las recomendaciones de salud, las directrices de la SEP son muy claras respecto a evitar el contacto físico que, si bien es una medida urgente para controlar la diseminación del sars-cov2, atenta contra el desarrollo integral de nuestra personalidad. Somos seres gregarios, esto siempre se ha sabido, necesitamos a las otras personas para sobrevivir. Y en la escuela, las relaciones afectivas son fundamentales para apuntalar el aprendizaje.

Pero también fuera de ella, por eso quiero compartir con ustedes un poco de la experiencia que he vivido en torno al aprendizaje que, sin duda, no es un modelo perfecto, ninguno lo es, porque como bien dice el maravilloso Freire: lo que funciona para una sociedad, no necesariamente funciona para otra, pues las condiciones particulares nos determinan. Ni el agente que promueve el aprendizaje es necesariamente un maestro, ni un adulto, o una persona siquiera. El aprendizaje puede surgir de diversos agentes o detonadores. Y esta contingencia, paradójicamente, nos está brindando la oportunidad de enseñar/aprender/formar ciudadanos de una manera no tradicional que, quizás, pueda ser estimulante y muy valiosa para el futuro de nuestro mundo.

A estas alturas de mi vida, puedo asegurar que el 80% de todo lo que sé (que es bien poco, lo sé, pero algo es algo; al menos he sobrevivido) lo aprendí de mis padres, y quizás sólo el 20% lo he aprendido de las instituciones. Esta afirmación parecería arriesgada si no tomáramos en cuenta que el amor por la lectura, por la literatura, también fue heredado y promovido por mis padres, no en la escuela. De hecho, la escuela, al principio, como a la mayoría de los niños que deben acudir a un recinto escolar, me provocó repudio por la lectura. Me hizo considerar que leer era una actividad cansada, difícil, irracional y nunca divertida. El gusto real por leer vino de los libros que me regalaron mis papás, de las lecturas nocturnas, en voz alta, de mi madre, de las canciones y poemas recitados por su poderosa voz, de ver a mi papi leyendo todo el tiempo; de ver su pasión por recomendarnos libros y autores… La literatura, sin duda, ha sido una fuente inagotable de experiencias y conocimiento que me han llevado a hacerme muchas preguntas y a tratar de entender la vida con apertura. Pero también la presencia cercana (que no es una perogrullada aunque parezca redundancia) de mis padres, su mirada, su apoyo, su apertura al diálogo, me han llenado de información y datos necesarios para enfrentar la vida.
Cuando pienso en la relación que he tenido a lo largo de casi cincuenta años con mis papás, no puedo pensar más que en amor. En cercanía. Me han consentido muchísimo, pero también me han regañado sin cortar mis alas. Obvio todo se ha dado en un proceso paulatino en que hemos crecido juntos. Cuando era adolescente siempre tuvieron los ojos muy abiertos y cerca de mí para orientarme y, por supuesto, para evitar que se me desbalagara la vida (cuando eres chavito no lo entiendes, y crees que son tus enemigos mortales; es normal, al final nos cae el veinte), pero permitiendo que expresara siempre mi personalidad como me diera la gana. Sin embargo, lo que ha sido fundamental en este viaje, siempre, es tenerlos a mi lado; saber que, pase lo que pase, nunca me van a abandonar.

Esta relación empezó muy intensa y muy abierta desde la edad de las preguntas. Nunca viví una pregunta sin respuestas. Toda la vida, desde que fui un bebé, mis padres tomaron la decisión de informarnos, de ayudarnos a crecer sin tabúes. Siempre he sabido cómo funciona mi cuerpo, cómo se han construido las sociedades, porque desde bien pequeños, en mi casa, siempre se ha hablado de salud, de política, de ideología, de libre pensamiento. Incluso mi gusto por el idioma español se debe a las explicaciones etimológicas que siempre me dio mi padre cuando le preguntaba sobre cualquier término o palabra nueva (leucocito, melancolía, dismenorrea…). Nuestras pláticas de sobremesa (hasta la fecha – y ésa es una de las razones por las que los extraño tanto) siempre han sido largas y profundas, con diálogos interminables desde donde hemos podido argumentar nuestras posturas. Una de las primeras palabras que aprendí es discernimiento. Desde que era niña, mi papi nos decía que como seres humanos siempre tenemos que tomar decisiones y para ello, necesitamos discernir, distinguir una cosa de la otra; tamizar y elegir. Toda la vida, mis padres nos han alentado a hacernos preguntas; a cuestionar la vida y los sistemas. Ellos han sido marxistas, libre pensadores, mi papi incluso ateo; sin embargo, en nuestras largas pláticas, me ha dicho que no le interesa abonar para nada al sometimiento de las religiones, por muy benevolentes que parezcan sus preceptos, porque sean cuales sean sus principios, coartan las libertades, la capacidad para discernir, pero que sin duda, la mayor prueba de la existencia de dios, o de esa energía que así solemos llamar, es la perfección del cuerpo humano; la belleza que hay en la naturaleza; el amor que podemos prodigar. Gracias a mis padres soy quien soy.

En fin, que todo esto viene a cuento justo porque esta pandemia nos puede dar la oportunidad de crear espacios de diálogo profundo, afectivo, significativo con nuestros hijos, dentro de los que, sin duda, podrán aprender muchas cosas de la vida y del mundo más allá de la escuela, pero también se darán cuenta de que sus padres son seres inteligentes y sensibles cuyo acompañamiento es un valor indispensable para construirse individualmente y en armonía con la comunidad (y no enajenados a ella). Los invito a darse la oportunidad de acompañarse mutuamente en este proceso que presenta muchos retos y frustraciones, aunque también nos ofrece una posibilidad para romper con la inercia de las tradiciones y experimentar otras formas de convivir cargadas de conocimiento.

Yo, la peor (cuarta parte)

Desde que supe que estaba embarazada, empecé a escribir el diario de Luna, donde iba haciendo notas sobre los cambios de mi cuerpo, de mi ánimo; reflexiones sobre el proceso de ir viendo cómo se iba formando otro ser a través de mí. Cuando ella nació, fui registrando lo que hacía, sus primeros descubrimientos y sus primeras palabras. Todo era muy lindo, pero también, con su presencia, llegó una maternidad súper demandante y me fui quedando sin tiempo y sin tanta energía para escribir. Si acaso hice algunos apuntes que luego convertí en una serie de confesiones que según yo, agruparía en una especie de columna personal en mi blog. Pero la verdad, a pesar de los apuntes, la vida es un remolino y no he tenido tiempo de darle continuidad a la idea.

Por otra parte, pensar mucho en la maternidad, en lo que implica ser una madre, me genera angustia en muchos sentidos. Lo primero es, como ya lo he dicho en otros lados, que con el nacimiento de mi hija conocí la felicidad y el amor más profundo, pero también el miedo. Vivo todos los días atormentada por la amenaza continua de que pueda pasarle algo, pero también vivo con la certeza de que debo dejarla vivir sus propias experiencias y tomar sus propias decisiones. Quiero que viva con intensidad sus sueños y que mi presencia sólo la acompañe sin limitarla. Pero al mismo tiempo me da miedo de que, con las ansias que tiene de vivir, tome decisiones cuyas consecuencias sean determinantes e irrevocables. Mas la quiero libre, como diría el buen Silvio, incluso libre de mí.

No puedo evitar regresar en el mar de la memoria y ver cómo me pedía que le comprara la ropa más excéntrica, y verla decidiendo cuándo y cómo usarla; o cuando me daba indicaciones para peinarla “de solecito”, con “un alacrán en la cabeza”, y nos divertíamos inventando peinados; eso la hacía sentirse feliz, auténtica. Y creo que era muy importante para su proceso de búsqueda de su personalidad; pero al mismo tiempo, me llenaba de pena (tristeza) y desolación ver cómo regresaba del kínder odiando alguno de sus peinados; pidiéndome que nunca más la volviera a peinar así, porque sus compañeros se habían burlado de ella.

Y así, poco a poco, ha ido enfrentando una serie de situaciones que la han hecho crecer, pero también darse cuenta de cuánto cuesta ir contra la corriente. Y otra vez me lleno de angustia y me pregunto si no habría sido mejor ser un modelo de persona más convencional; si, tal vez, como aseguraba su pediatra, era importante definirle (¿imponerle?) paradigmas sociales más acordes con el contexto, o simplemente, como él decía: “más vale una buena nalgada ahora que es pequeña, que irla a sacar de la cárcel cuando sea adolescente”. No le di nalgadas, pero tampoco (toco madera) la he ido a recoger a la cárcel. Por supuesto que ambas hemos cometido errores, pero nos han ayudado a crecer, a conocernos, a sentirnos más cerca, pues si de algo estoy segura es de que, pase lo que pase, tome las decisiones que sea y haga lo que haga, yo siempre voy a estar ahí, cerquita de ella, aunque lo único que tal vez pueda hacer sea prestarle mis brazos o compartirle mis lágrimas.

Como cuando tenía 11 años y por primera vez usó uno de mis delineadores para maquillarse; después de inventar estilos, quiso quitárselo y no pudo sólo con agua y jabón. Entonces me preguntó qué hacía. Yo estaba corrigiendo mi tesis doctoral y sólo le dije: en el baño tengo un desmaquillante, agarra un algodoncito, échaselo y con él te limpias cada ojito. Luego de un rato, escuché que se estaba bañando (en una hora en que no era habitual) y al entrar al baño, le pregunté que cómo le había ido, mientras, al mismo tiempo, vi sobre el lavabo el frasco de acetona. Al abrir la cortina de la regadera, vi sus ojitos irritadísimos y llorosos; todavía me dijo que le ardió un poquito, pero sí se pudo quitar el delineador. Y yo, histérica: ¡ay, chaparrita, te pusiste acetona!, ¡a ver, déjame verte bien!, y ella, toda calmada: no te preocupes, mamá, ya me estoy echando agua.

Entonces, otra vez la culpa. ¿Cuán cerca tengo que estar?; no quiero asfixiarla. Pero no quiero que sufra por no haberle ayudado a explorar el mundo.

Y mi madre, siempre sabia, siempre clara, siempre ahí, a mi lado, me dice que deje de ser una madre de libro (todo el tiempo estoy aplicando técnicas y procesos del constructivismo en su crianza); que cada hijo nos va enseñando, que sólo es necesario saber escuchar. Pero no sé cómo hacerlo. Sé que todos los días aprendo a vivir con ella, pero no estoy segura de que mis aprendizajes sean adecuados para su alegría, para su seguridad, para sus decisiones. Y lo peor del caso es que tengo una madre toda dulzura, toda sabiduría, toda alegría, toda entrega… entonces, cada vez que trato de ver desde afuera mi papel de madre, resulta que soy tan atroz, que a veces no distingo quién es quién en la casa. Por ejemplo: quiero hacerme una perforación en la ceja, y Luna no me da permiso… y hago berrinche y ella me explica que todo me da alergia, que no puedo perforarme porque es riesgoso para mí. Entonces, me doy cuenta de que si alguien realmente se preocupa por mí, es ella. Y más culpas se me vienen encima. Creo que a mis cuarenta y tantos, con una hija adolescente, la historia tendría que ser exactamente al revés.

Y yo, lo único que quiero es que sea feliz, no por obra de magia, sino porque haya aprendido a disfrutar la vida y a tomar las mejores decisiones para ella y para su comunidad. Y no sé si yo realmente la esté ayudando.

Por ejemplo:

-Madre, ya no necesito que papi me acompañe a la escuela cuando manejo; ya puedo irme sola.

-Nena, yo sé que te falta mucha experiencia todavía, y me siento más segura si papi te acompaña; pero la verdad es que, como soy una mala madre, no puedo imponerte mi decisión. Tú decide. Yo ya te di mi opinión, pero no puedo obligarte. Y te advierto que te digo todo esto porque realmente soy una mala madre; sé que en una situación de este tipo, debería imponer mi perspectiva y no dejarte manejar sola. Esa es la tarea de las madres (por eso nunca te dejé ir en el auto sin ponerte el cinturón de seguridad cuando eras pequeña). Pero ya no puedo. Ya no eres bebé y necesitas asumir tus decisiones.

Estos diálogos son terribles. Quisiera ser como fueron mis padres: súper liberales, buena onda, pero tajantes hasta la fecha: cuando dicen no… es no.

Algunos efectos de la poesía

Mi amiga Susana me invitó a una de sus clases a platicar con sus alumnos sobre el proyecto de promoción de la literatura Biblionautas. Y bueno, yo sólo necesito un poquito de cuerda para ponerme a charlar al respecto hasta que la gente se aburra. Yo creo que todo estuvo muy lindo y muy participativo; de hecho, uno de los chicos me preguntó algo, la verdad es que ya no lo recuerdo con precisión, pero yo le respondí con la historia de cómo habíamos iniciado el proyecto (es una historia que he contado muchas veces), y cuando recordé que empezamos a dar talleres para nuestros hijos y sus amiguitos cuando eran híper enanos, también me vino a la mente que a la pobre Luna (mi hija… aunque también al satélite terrestre lo suelo traer siempre en la bolsa) la he traído conmigo, para arriba y para abajo, en cuanta locura me meto.

En el año 2005, Susana, Salvador y yo hicimos un proyecto para promover la lectura de poesía, en particular de Gorostiza, que se llamó Siete días. Era un performance donde pretendimos poner a dialogar a un poeta (que ilustraba muchas voces) con la Catrina de Posada; nuestra intención era integrar el lenguaje popular con el estético literario. En el escenario teníamos tres altares cuyo diseño estuvo a cargo de la artista plástica Rebeca González. Eran unos altares vivientes donde el poeta, a medida en que reflexionaba en voz alta sobre la vida y la muerte, iba construyendo, a través de objetos significativos, su propio sentido de la vida, pero también le iba dando vitalidad a la Catrina (representación popular de la muerte) que empezaba a desplazarse entre ellos, hasta dominar el escenario totalmente llena de vida. El hilo conductor o la esencia del conflicto se derivó de la línea argumental de Muerte sin fin.

Cada uno de los ensayos era extenuante pero muy intenso y emotivo. Realmente ha sido la puesta en escena que más he disfrutado en la vida; pero lo que quería contar es que Luna casi siempre estaba en los ensayos, sentadita en una silla pequeña, y escuchaba una y otra vez, llena de atención, los textos, los marcajes, las intenciones. A veces, se acercaba muy sutilmente a decirme: “a Salva no se le oye” o “a Susy se le olvidó una parte de su texto”. Una vez hizo un dibujo de ellos en el escenario y, a manera de marco, escribió una parte del texto: “mas qué vaso también más providente. Tal vez esta oquedad que nos estrecha en islas de monólogos sin eco, aunque se llama Dios, no sea sino un vaso que nos amolda el alma perdidiza” (claro, sin ortografía). A veces, la iba a dejar al kínder y durante el trayecto se ponía a repetir, muy seria y muy formal (tratando de imitar un poco a Susy): “por el rigor del vaso que la aclara, el agua toma forma”.

A propósito de esos recuerdos, que son de los que atesoro con más cariño en mi endeble memoria, tengo la certeza de que lo más lindo del mundo es poner en contacto a los niños con la poesía, aunque no entiendan cabalmente el sentido profundo de las frases que resuenan como ecos. En esa época Luna tenía 6 años. Ayer cumplió 17 y le pregunté que si se acordaba. Ella dijo que sí, que le gustaba vernos ensayar. Y cuando le pedí que me dijera los diálogos, respondió: “ay, no me acuerdo bien… ¿no era algo así como que La luna se puede tomar a cucharadas o como una cápsula cada dos horas?…” Y ella misma se corrigió: “ah, no, ése es otro poema (que yo le leí muchas veces durante su primera infancia, antes de ir a dormir); lo que yo repetía cuando era chiquita era algo de un vaso que atrapa al agua que es como el alma, o algo así, ¿no?, ya no lo recuerdo bien, pero tengo la idea de que el cuerpo es un vaso y el alma es como agua”.

Yo no sé si seguirá leyendo poesía en la vida, o si acaso alguna vez leerá completo el maravilloso poema de Gorostiza, Muerte sin fin, pero creo que recordará hasta el fin de los tiempos (como yo) que la poesía también nos ha puesto muy cerquita a una de la otra.

Colores y matices en los libros para niños

Desde una perspectiva optimista, casi ingenua, podríamos considerar que la tecnología nos ha provisto de una serie de redes ilimitadas para comunicarnos. La internet determina los paradigmas por donde circula una información tan desmesurada que, lejos de esclarecer disyuntivas o conceptos, los hace más opacos y, por ello termina siendo una gran generadora de controversias. En medio de este galimatías, las discusiones no se han hecho esperar. Todo el mundo quisiera imponer sus puntos de vista, derivados de las condiciones de su crianza y su cultura circundante.

Una de las controversias más actuales se ha generado a propósito de las múltiples manifestaciones que realizan algunos mexicanos para oponerse al reconocimiento de los derechos de otros grupos. Lo que subyace en sus aspiraciones es una ideología conservadora que, al mismo tiempo, legitima una serie de prácticas tendientes a rechazar a priori lo que se desconoce. De ahí que sea tan importante el diálogo y la información responsable. Por eso, tendríamos que asumir nuestra responsabilidad como promotores del pensamiento crítico, para que los más pequeños tengan herramientas que les ayuden a evaluar y seleccionar la información con la que construyen y construirán sus estructuras culturales.

En este sentido, es fundamental la literatura. Como sabemos, la naturaleza polisémica del texto artístico estimula múltiples posibilidades de interpretación a partir de la formulación de inferencias en las que el lector relaciona su experiencia personal con la experiencia estética a través del juego. Porque todo texto literario también es lúdico, aunque no deje de pronunciarse sobre profundos asuntos sociales. En relación al respeto hacia la diversidad, en particular, la literatura infantil y juvenil ha hecho propuestas muy interesantes que trascienden los dogmas para recuperar la esperanza. Algunos de sus textos presentan, por un lado, escenarios donde la diversidad es parte del orden “natural” de las cosas, pero también otros donde se pone en tela de juicio la idea utópica de la familia tradicional como la opción única para la crianza de los niños.

Estas propuestas, en la mayoría de los casos, no pretenden alienar ni domesticar el espíritu de los niños, al contrario, son universos complejos que abren puertas a su imaginación y a su capacidad para conocer y comprender “la otredad”. Desde el juego lingüístico y estético, algunos autores que escriben pensando en los niños han articulado propuestas donde el concepto de familia, como construcción social, es casi tan infinito como las posibilidades que ofrece cualquier interacción humana. A veces no es tan necesaria una reflexión profunda, sino sólo un atisbo rápido a la historia de la humanidad, para darnos cuenta de que el origen de la familia está en el servilismo (del latín famulus=sirviente o esclavo) y si bien, entonces, todos los miembros del grupo se consideraban parte del patrimonio de un “señor”, actualmente esa conceptualización se ha modificado para generar otros modelos comunitarios.

Dentro de estos nuevos imaginarios sociales, como hemos apuntado, es posible detonar la reflexión de los pequeños a través del texto literario, por lo que es necesario seleccionar para ellos libros que escapen de lo dogmático y los lleven a realizar sus propias conjeturas. Por supuesto que los textos informativos y formativos son necesarios para el desarrollo del juicio moral y cívico y, quizás, alguna “ficción” de algún libro álbum, como Nicolás tiene dos papás, podría apuntalar la intención pedagógica del texto; sin embargo, los pequeños lectores merecen estímulos más retadores que una simple descripción maniquea sobre lo lindo que puede ser una relación de pareja entre personas del mismo sexo.

En este pequeño álbum ilustrado realizado por Leslie Nichols y Ramón Gómez, el pequeño Nicolás nos cuenta cómo es su vida con dos padres varones que, paradójicamente, tienen bien definidos sus roles (complementarios), mientras equipara su relación familiar con la de su amiga Florencia quien vive con un padre y una madre y también es muy feliz. En su “relato”, el protagonista hace hincapié en las actividades aspiracionales de cualquier pequeño citadino de clase media cuya realidad es, sin duda, muy diferente al modelo familiar que presenta la edición chilena. A pesar de que es un texto que, de buena fe, intenta acercar a los niños una perspectiva de familia diferente, lo hace desde el dogma del “deber ser” ideal, como si fuera la manera “universal” de comprender las relaciones familiares, y por ello, la experiencia literaria del lector es nula.

Por otra parte, hay productos literarios donde también se aborda esta complejidad, pero se da prioridad al juego y la ficción, como en Rey y rey, donde las autoras, desde la intertextualidad de los cuentos clásicos, relatan el conflicto de una anciana reina (soltera o viuda) que debe dejar el trono a su hijo; la condición para probar su madurez es que debe estar casado. Cientos de princesas desfilan a sus pies y ninguna puede robar su corazón, hasta que la última llega acompañada de su apuesto hermano. El desenlace es tan afable como esperanzador. En este tenor, otros autores como Babette Cole, también se han ocupado en publicar libros donde se cuestionan los estereotipos de género y sobre la sexualidad, a partir de la ficción (El príncipe ceniciento, La princesa listilla).

Para lectores con más experiencia, la literatura juvenil mexicana ofrece lecturas que resultan sorprendentes por la construcción compleja de su trama, en las que se plantean conflictos como el divorcio de los padres y, por ejemplo, la culpa que acecha al joven protagonista de El libro salvaje quien, en medio del descontrol y tristeza de su madre, tiene que ir a vivir con el loquísimo tío Tito. Su travesía en la biblioteca de esa casona lo hará madurar para enfrentar a todos los monstruos que empiezan a despertar en su corazón. En oposición a la valentía e independencia de Juan y su hermana Carmen (un poco despistada), Villoro representa, a través de los personajes adultos, diferentes matices de la fragilidad que los hace tan vulnerables. Es decir, la vulnerabilidad es una características que nos distingue como seres humanos, más allá de nuestra edad, pero también nos permite generar prácticas de apego y cercanía para sobrellevar nuestras debilidades.

Como ejemplo de otro texto infantil altamente estimulante, Javier Malpica, a través de una narración agilísima en la voz de una pequeña niña de diez años, cuenta en Cosas que los adultos no pueden entender la transformación familiar que experimenta no sólo a partir de la separación de sus padres, sino también porque su madre se entera de que el abuelo se volverá a casar. En esta novela afloran las emociones provocadas por el miedo a perder la seguridad de “lo conocido”, y en contraparte, encontramos que Sara Amelia, con toda la naturalidad del mundo, defiende la imagen de un tío homosexual, así como la falta de “madurez” de un padre actor a quien le encanta disfrazarse y es un fanático irredento de Elton John. Sin duda, ésta es una novela donde la edad de los lectores no determina su grado de satisfacción pues cualquier adulto puede sentirse identificado muy estrechamente con cualquiera de los personajes, además de que acompañamos a la protagonista por una ruta reflexiva que probablemente nos llevará a comprender una serie de asuntos que, en la realidad, a veces, a simple vista, no vemos o no queremos ver obnubilados por la comodidad de lo cotidiano.

En otro sentido, también algunos autores se han preocupado por cuestionar la crianza tradicional de los niños, como en el libro-álbum de Anthony Browne, Zoológico. En este álbum ilustrado, el autor presenta la visita de una familia, aparentemente normal, a un parque zoológico. La narración, en voz del adolescente protagonista, se enfoca en la descripción de ese paseo; sin embargo, a lo largo de la historia, nos percatamos de que el padre es un hombre egoísta y tirano; el autor va dejando pistas para que el lector se pregunte sobre la validez del encierro de otros seres vivos y de la “forma tradicional” en que una familia establece sus opresoras jerarquías.

Adela Turín ofrece, en Arturo y Clementina, una perspectiva provocadora sobre los roles de género en la conformación de una familia tradicional; ambos personajes, tortuguitas del reino animal, representan la esencia masculina y femenina acerca de las obligaciones comunales: Arturo es el que sale a la vida pública para trabajar y se encarga de ser el proveedor de Clementina quien, instada por su esposo, tiene que conformarse con la vida doméstica aunque ésta aplaste (literalmente) sus sueños.

La literatura infantil y juvenil contemporánea, desde el juego, no desde la imposición de dogmas, permite que los pequeños y grandes lectores hagan sus propias inferencias para comprender y cuestionar la vida, a partir de textos lúcidos y desafiantes de los que siempre saldrán con una experiencia reveladora que quizás los conduzca a transformar su mundo. No podemos perdernos la oportunidad de leer, en primera instancia, estas propuestas literarias y, en segundo lugar, de tener una forma de conectarnos emocional e intelectualmente con los niños que nos rodean.

Literatura desde la primera infancia

Hablar de lectura de textos literarios en un mundo utilitario y globalizado parece una locura, igual que preocuparse por buscar placer a través de la contemplación estética, cuando impera el interés por las urgencias terrenales asociadas principalmente con la cultura del consumo. Sin embargo, también es cierto que, desde siempre, el espíritu de la naturaleza humana se rebela y trata de recuperar lo que de humanidad le queda; de ahí la vigencia del arte.

El arte nos reconcilia con nuestra esencia serena y creativa; nos arranca de la cotidianeidad y nos deposita en el universo de los dioses (creadores). La Literatura, como manifestación estética, además, despierta nuestros sentidos y conduce a sus lectores a transitar por regiones insondables, profundas y mágicas, a través de un proceso complejo que activa múltiples capacidades que nos posibilitan trascender nuestros propios límites.

A medida que la vida se mediatiza y vamos involucrándonos en patrones consumistas, los jóvenes y niños se van olvidando de alimentar el gozo estético y las actividades lúdicas por privilegiar acciones prácticas que les proveen satisfacciones materiales a corto plazo. Si bien es cierto que cada generación se adecua a las necesidades de su medio ambiente, también es cierto que nuestras múltiples capacidades nos llevan a buscar experiencias y emociones a través de las que podemos permanecer en la historia más allá de lo inmediato; por ello es primordial sensibilizar a los pequeños (cuanto más pronto posible, mejor) para que sean capaces de ver el mundo desde múltiples perspectivas, y por eso también es urgente renovar la forma de acercarnos al aprendizaje y de transmitir habilidades y conocimientos.

No podemos soslayar que actualmente la Literatura pierde terreno frente a otras manifestaciones de la creatividad y del desarrollo de la humanidad; sin embargo, es evidente que, dentro de los contenidos pedagógicos, es una herramienta fundamental para que los alumnos perciban y se reconozcan en el mundo. En este ámbito, es bien sabido que la Literatura, como manifestación artística, no sólo enfatiza las capacidades comunicativas del individuo, sino también las expresivas (juega y moldea el lenguaje según sus necesidades), de ahí que poner en contacto a los niños, desde su más temprana edad, con las lecturas literarias, implica una actividad potencializadora del desarrollo de su lenguaje y de otras habilidades cognoscitivas, emotivas y sociales que son tan necesarias para la formación de una infancia que se debate entre la violencia y el machismo del mundo actual.

Por otro lado, debemos considerar que en este proceso (enseñanza de la literatura, si es que puede caber el concepto[1]), el juego es una actividad simbólica que promueve la integración de actividades de diversa índole (físicas, sociales, intelectuales) de forma permanente y aplicable a la realidad cotidiana de cada niño; por ello la necesidad de implementar actividades lúdicas, a propósito de la lectura, con las que les sea posible integrar su experiencia literariao (texto, universo, lenguaje) con su vida cotidiana.

Vigotsky sostiene en La imaginación y el arte en la infancia (2001) que la literatura es libertad, desarrollo de la imaginación, que no puede ser coartada, así como el lenguaje que la produce, por ello, el acercamiento temprano del niño a este lenguaje artístico lo conduce a la potencialización de la imaginación y su espíritu creativo; por ello no es recomendable incurrir en ningún tipo de restricción, como puede llegar a serlo el modelo del lenguaje adulto. Es decir, no podemos aspirar a ser facilitadores o animadores de la lectura literaria si pretendemos imponer nuestro propio acercamiento a esta experiencia, ya que todo proceso de lectura literaria debe ser íntimo y personal.

De acuerdo con lo que asegura el psicólogo ruso, el lenguaje infantil se expande y se convierte en una herramienta y un juego total para la comunicación al estar en contacto con textos literarios y, de esta manera, el niño adquiere una competencia expresiva (más allá de la simple competencia comunicativa) que es fundamental para interpretar el mundo y transformarlo.

A pesar de que abundan los programas de fomento a la lectura y de que sus resultados, en muchos de los casos, son halagadores, es necesario seguir indagando sobre las implicaciones intelectuales, afectivas, lingüísticas y sociales que puede tener la influencia de las lecturas literarias en los niños, pero también es urgente identificar cómo éstas afectan o moldean su percepción estética respecto a las palabras.

Por eso mismo, y esto será asunto de otro texto, es importante plantearse (o replantearse) cuáles son las características que determinan la literariedad de un texto, pues sabemos que no todo lo que se ha publicado para niños puede ser considerado como literario[2]; sin embargo, es muy complejo definir los parámetros por medio de los que se puede regir esta clasificación, ya que la Literatura se define según los patrones estéticos considerados como prestigiosos en cada contexto cultural y de acuerdo con lo que disponen las “voces autorizadas” para definirlo, las cuales, muchas veces, se encuentran muy alejadas de la realidad que circunda a la infancia.

[1] Juan Villoro insiste en que la literatura no se puede enseñar; solamente se contagia.

 

[2] En su mayoría son textos de tipo comercial en donde el diseño de las ilustraciones está uniformado y sigue patrones estéticos particulares de culturas occidentales dominantes; y en los que los recursos literarios generalmente tienden a empobrecen y limitar los alcances de la lengua (empleo exagerado de redundancias sin intención anafórica, por ejemplo, como sí sucede en algunos libros de poesía infantil, o errores sintácticos u ortográficos que evidencian el descuido de las ediciones).

El sótano

Sara cierra el cajón de su escritorio donde ha guardado con cautela el informe que presentará mañana en la junta de accionistas; con el ligero golpe de la cerradura, se avispa el cansancio que le recorre desde los pies hasta los ojos y la invita a salir volando para dormir el poco tiempo que le resta de la noche; se apresura a tomar su bolso, verifica que las llaves del auto estén dentro y, tras un portazo, también abandona la oficina que está situada justo frente al elevador; con rápido paso se introduce, aprovechando que la puerta se ha abierto casi de inmediato, y pulsa la letra S; recorre en silencio, y con los ojos cerrados, los 15 pisos que la separan de la salida.

Cuando abre los ojos, ya está en el estacionamiento. Con un intenso parpadeo corrobora lo que ve: sólo queda su camioneta entre la cuadrícula dibujada en el asfalto, y el silencio se impone bordado por la iluminación moribunda y sucia de las lámparas. La luz se convierte en mosquitos blancos que la atacan. Sale del elevador tratando de no parecer temerosa; piensa que si nadie la observa, no tiene por qué fingir nada. El eco de su taconeo se acelera y, conforme se acerca a su vehículo, se pierde de tan espeso. Cuando cree que sólo se escuchan sus desbocados pasos, presiente unas pisadas a su espalda.

Con torpeza abre su bolso y busca las llaves. Las coge; se caen.

Se agacha. Levanta las llaves. Corre. Presiona el botón de apertura. Una sombra. Otra sombra. Dentro y fuera del auto. Se detiene. Abre la portezuela. La sonrisa juguetona de su hijo la sorprende. Un ramo de rosas la persigue desde que salió del elevador. Era su cumpleaños y lo había olvidado.

 

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