De lo cotidiano

Bitácora de Dalina Flores

Hablemos del bien y del mal (texto leído en la presentación de Principio y fin)

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Presentar un libro recién salido del horno es una tarea muy complicada, sobre todo si es parte de una saga; donde los lectores tendrán mucha información, pero también estarán ávidos por conocer otros detalles que, de revelar, podríamos echar a perder la lectura. Por eso, queremos presentar este pequeño texto que obedece a la idea de Bloch sobre la función de la literatura, pues asegura que ésta posee una ventana utópica donde se asoman o esconden los sueños del lector. De esta manera, El libro de los héroes nos ha ofrecido un universo en el que pudimos desfogar nuestras dudas y deseos; es una ventana por la que hemos observado nuestra propia realidad desde las acciones de su trama y así hemos sido puestas a prueba, junto con los protagonistas. Por eso, la lectura de la saga ha sido como asistir a una fiesta, en la que hemos dialogado sobre nuestros propios miedos, sobre El bien y El mal…

 DALINA: Bueno, chicas. Tenemos un problema:

SALMA: ¿Crees que sí sea un problema?, a ver, no es taaaan difícil. Sólo tenemos que presentar el último libro de la saga, ¿no?

SUSANA: Exactamente: tenemos que hablar del final… y no se puede hablar del final si no hablamos primero de lo primero..

SALMA: SPOILER ALERT!! 😉

DALINA: A ver, tratemos entonces de empezar desde el principio, pero sin espoilear:

SALMA: Ok. Que es justo cuando Sergio se convence de convertirse en mediador, porque al principio no quería, ¿recuerdan?

DALINA: Pero antes de eso, todo empieza cuando Nicte…

SUSANA: En ese caso, la verdad es que todo inició en el desierto de Sonora, cuando Farkas…

DALINA: A ver, todavía no hablemos de Farkas, porque antes, mucho antes, está el primer hombre lobo que era el amigo de Edeth

SALMA: Después de este breve SPOILER, continuamos… Y sí, Dali, pero eso todavía no lo cuentes, porque eso pasa hasta el libro quinto

DALINA: Pero desde el primero Farkas ya nos lo había dicho

SUSANA: Pero no así tan explícito. Ahí sólo lo imaginábamos

SALMA: Bueno. Entonces el chiste de todo esto es hablar de la historia pero sin contarla?

SUSANA: Algo así…

DALINA: Muy bien: entonces, hablemos del principio. Todo comenzó en el desierto de Sonora, cuando Sergio era un bebé y huía (¿de Farkas o con Farkas?)

SUSANA: Ash, eso no lo puedes contar…

SALMA: pero es que en realidad todo comenzó cuando Manlio va en busca de Edeth

SUSANA: Tampoco puedes contar eso… supongo que hay gente que ni siquiera ubica quién es Manlio… que es muy interesante, porque su evolución como personaje es compleja pero al mismo tiempo lógica… o tentadora

SALMA: ¿por qué tentadora?

SUSANA: Porque si yo fuera él, con todo el peso de su responsabilidad y sus acciones, probablemente también me hubiera convertido en…

SALMA: Ok, ese pudo haber sido EL SEÑOR SPOILER! , no podemos hablar de Manlio ahora. Tenemos que enfocarnos en el principio principio…

DALINA: Por eso: yo digo que el principio está en el principio de los tiempos, en el origen del ser humano. Desde ahí es desde donde Toño ha fabulado la historia de El libro de los héroes, porque desde que somos lo que somos nos debatimos entre el bien y el mal…

Salma : chan , chan … va

 

(El libro de los héroes)

SUSANA:

(El bien y el mal)

DALINA:

(personajes)

SALMA:

  Todo comenzó cuando la imagen de Nicte al acecho nos sorprendió con un grito. Una familia recibía, en ese preciso momento, un costal con los huesos de un niño. Uno de los hijos había sido secuestrado. Esa fue la segunda labor.

O quizás todo ha empezado realmente desde Troya, en la imaginaria y en la real, cuando no supimos si estar del lado de Héctor o de Aquiles…

O mucho antes: cuando Eva se debatía entre decirle o no a Adán que hay otra forma de ver el mundo. Quizás esta historia comenzó cuando Eva le reveló a su compañero lo que ella pudo ver en el momento justo en que decidió morder el higo y se enfrentó temerosa a lo desconocido.

Este miedo puede parecerse al que encontramos en el grito de la madre ante los huesos del pequeño, y justo ahí, Toño nos lleva a reconocer la presencia omnímoda del terror

 
Y acá es donde realmente empieza todo: con la aparición de los héroes, porque ellos son tan vulnerables ante el terror como cualquiera de nosotros; la única diferencia es que sí saben qué hacer con esa emoción que nos paraliza. Ellos son capaces de reconocer a los demonios por el miedo que producen, pero, en la misma proporción, son percibidos por los sirvientes de satanás para aniquilarlos.

Los héroes son los únicos que pueden parar la vorágine del mal que amenaza con cubrir todos los corazones sobre la tierra, pero están condenados a ser perseguidos y devorados por los demonios.

   
  Pero Sergio Mendhoza, el chico en el que reside realmente el inicio de todo, ni siquiera es un héroe, es sólo un chico inteligente, observador, sensible y con una memoria privilegiada, quien, no sabemos por qué, huye de su padre. Es un chico como todos: va a la secundaria, es fanático de Led Zeppelin, se pierde horas enteras navegando por la red…  
    “Farkas desea iniciar una conversación contigo, ¿aceptas?”

Y a partir de ahí, todo se derrumbó… o más bien, comienza , bueno , re-comienza

¿Cuánto miedo puedes soportar, Mendhoza?

Farkas aparece ante Sergio como un ser oscuro y gran troleador, aunque a lo largo de la saga se va desdoblando en muchísimas piezas que lo vuelven tan complejo como el mismo Sergio; y creo que valdría la pena pensar en esto: ¿qué diferencia a Sergio de Farkas? ¿Cómo funciona el bien y el mal en estos personajes?

Y no ahondaré en esto, nos llevaría horas, así que solo mencionaré lo siguiente sobre Farkas <3

1-    Es importante recordar que los licántropos no están catalogados como demonios dentro del Libro

2-    Peeter L y el misterio de Farkas:

“Le vienen imágenes un tanto dolorosas. Un niño entre sus brazos. Una madre cariñosa. Una época Feliz. “Horrible cosa es el orgullo”, se dice mientras avanza a toda la velocidad que se lo permiten sus cansadas piernas.” (2016:13)

 

  El misterioso acosador tiene el don de recordarnos, todo el tiempo, dos cosas muy importantes: 1. ni el bien ni el mal se pueden reconocer a primera vista, casi nunca podemos saber, claro, a menos que seamos un mediador, qué se esconde detrás de cada rostro que miramos; y 2, que el bien y el mal, casi siempre, coexisten en la misma proporción dentro de cada ser humano.  
Por eso, los héroes están para que la humanidad encuentre su equilibrio interno y externo. Los héroes aniquilan demonios para tratar de erradicar el mal, pero los demonios se las arreglan para unir más y más soldados a sus huestes.
Sin embargo, los héroes, llenos de luz, no están solos, el lobo los acompaña porque son la especie que siempre ha sido fiel a los seres humanos, de hecho, en contra de la creencia común, no es el perro su mejor amigo, sino el lobo.
   
  Reconocer el mal es tan difícil como intentar encontrar unos cuernos tras la dulce imagen de Sara García en su interpretación de abuelita. Tiene muchos rostros y algunos de ellos son amigables y seductores, y los héroes ni siquiera pueden distinguir a qué huele el mal.  
A los héroes, los conducen y acompañan los mediadores quienes pueden detectar cualquier pequeño indicio de maldad a primer golpe de vista. Son humanos dotados de una gran capacidad de observación y una fuerza de voluntad que los lleva a enfrentarse consigo mismos. Cada uno debe buscar a su propio héroe para mostrarle el lugar donde vive el mal dentro de seres que, en apariencia, son tan inocuos como cualquiera de nosotros    
    Sergio Mendhoza ha sido elegido como mediador y, a pesar de su reticencia, su halo personal de luz, constituido no sólo por sus capacidades personales, sino por la fuerza de los vínculos que tiene con las personas que ama y que lo aman, finalmente lo lleva a apostar por la búsqueda del bien común.

 

Aunque en esta nueva entrega, alguien menciona lo siguiente:

“Nadie puede afirmar que lucha por la humanidad sin parecer un redomado hipócrita. Luchas por los que quieres. Vas a la guerra por aquellos que te esperan en casa. Y si he de enfrentar a Oodak ha de ser por […]. Por ustedes.” (2017:408).

 

  Una de las formas más imperceptibles del mal es aquella actitud que nos conduce al aislamiento, a vivir como una isla. Ajenos a los otros. Indolentes por los otros. Idiotizados por el placer individual e instantáneo, por el egoísmo. Por omisión, dejamos de ver a los otros y por eso también nos ponemos de parte del verdugo.  
    El egoísmo y la rapiña, el abuso y la violencia son prácticas peculiares en los agentes de la ley, pero hay uno que lejos de reproducir ese modelo, resignifica la idea del servicio público, del bienestar, de la protección: Orlando Guillén Guillén es el primer héroe, un personaje cuyo valor y bondad lo alejan del estereotipo del policía mexicano. Sólo él puede aniquilar demonios y vencer corazones añejados.
  Pero antes de Guillén, todos acudimos a un evento que nos paralizó: la tétrica cita en Mesones 115 bis, con doña Santa, donde realmente empezó todo, cuando ella le entregó El libro de los héroes a quien debía ser el último mediador. Justo ahí está el principio del fin: en el rechazo de Sergio a su naturaleza, en su incertidumbre, en sus dudas. Aunque tal vez todo empezó muchísimo antes: en el siglo XIII cuando se transcribieron las 22 copias del libro de los héroes, luego de que héroes y demonios pactaran una tregua; o quizás en el siglo VI, cuando se enfrentaron los ejércitos de Oodaker y Teódorich…  
Cuando nos encontramos de frente a una responsabilidad tan grande como abatir el mal, es normal que dudemos un poco. ¿Cómo es posible que yo, que soy una persona común y corriente, tenga en mis manos una labor que viene de cientos de años, que implica a las fuerzas que mueven el mundo, que va más allá de lo que podemos explicar? ¿Cómo se supone que acepte este libro, si me resulta tan difícil controlar a mis propios demonios?    
    El bien y el mal puestos en tensión desde el origen de los tiempos, pero representados de forma simbólica a través de los personajes de la saga escrita por Toño: por un lado, bajo el estandarte de los héroes, tenemos personajes como Guillén, Julio y el Rojo; aunque también puedan pertenecer a esta legión otras personajas como Brianda y Alicia. Por otro lado, están las huestes demoniacas, encabezadas por Belcebú, El señor de las moscas, y otros poderosos seres demoniacos como Guntra, Morné, Belfegor, La condesa Bathory, Henrik, Barba Azul y Oodak, el peor de todos los demonios que se haya infiltrado entre los seres humanos (¡lo odiamos a ese!).
  Pero el bien y el mal no son sino el origen de la esperanza y del miedo. Aunque el miedo y la esperanza también dan sentido al surgimiento del mal y del bien. Y por eso pareciera que esto es un ciclo del que es imposible escapar, a menos que sea a través de las elecciones cotidianas.  
El bien y el mal están articulados armónicamente como si fueran una rola de Led Zeppelin o un nocturno de Listz, por lo que también es confuso, casi indistinguible la esencia del uno y del otro; ahí radica la incertidumbre que nos conduce a las fallas. En estas fallas reconocemos nuestra humanidad, la que no podemos ni debemos dejar de lado en esta lucha constante. Pues aunque las reglas de este libro aparenten ser muy claras, no siempre lo son.    
    Este es el espacio perfecto para mencionar a “Jop”, Alfredo Otis. El mejor amigo de Sergio, genio de la navegación, un “crack” en la red, que acompaña a su amigo , mientras enfrenta un mar de dudas que lo ponen en múltiples ocasiones al borde del abismo , teniendo siempre que decidir entre regresar a su vida cotidiana o ser cómplice de Sergio en alguna misión que casi siempre incluye demonios y salvar vidas con ayuda de la tecnología.
  El bien y el mal debatiéndose entre la libertad de tomar decisiones. El libre albedrío como el poder   más significativo del ser humano. Y también, la creación. Antonio Malpica ha inventado ese universo donde pone a prueba no sólo a sus personajes, sino también la capacidad del lector para irse reconociendo a través de la trama y hacerse preguntas.  
    “Presta atención, Mendhoza. A principios del siglo VI – continuó Farkas – Teodorico el grande, rey de los ostrogodos, cometió una traición vil: acabó con otro rey. Odoacro de Verona, a través de un acto de cobardía terrible. Teodorico invitó a Odoacro a un festín en el que le dio muerte, abusando del exceso de confianza de este último. Dicho acto, que parece tan insignificante, fue el inicio del fin de la concordia entre dos mundos. Detrás del nombre de Teodorico está oculto el nombre del Señor de los héroes; detrás del nombre de Odoacro, el del Señor de los demonios. Desde entonces y hasta el siglo XIII, se desató una cruenta lucha entre héroes y demonios, entre la luz y las tinieblas. Dragones, hidras, vampiros, ogros… toda clase de servidores del Maligno pelearon en contra de los héroes en venganza de su señor, arrojado de la tierra de tan ruin manera el día en que se debió haber pactado la paz.” (2009:71)
¿En cuál de los reyes podríamos decir que está el mal?, ¿es la traición un acto de maldad o de supervivencia?, cuando creemos que es supervivencia, ¿acaso no estamos solapando nuestra propia maldad?, ¿no estamos respaldando toda una serie de creencias afincadas en el egoísmo?    
  Esa es la incertidumbre continua a la que nos conduce Antonio Malpica a lo largo de la lectura. Al leer, podemos reconocer los rasgos culturales del bien y del mal, pero dentro de los corazones, la tormenta es más compleja.

Por eso es interesantísima la propuesta de El libro de los héroes, pues en la edificación de universos ficcionales, cada uno de nosotros nos reflejamos para percibir lo más recóndito de la condición humana que nos habita.

 
    “Por siglos, el mundo estuvo a merced de los demonios. Y los héroes tuvieron que controlarlos a fuerza de espada. Todo esto quedó consignado en un libro. Un libro que apareció el día que la oscuridad fue subyugada, justo en el siglo XIII. El mismo día que surgieron los mediadores” (2009:72)
“El libro de los héroes contiene los secretos para mantener a los demonios a raya. Secretos que sólo conocen los mediadores. En el siglo trece se copiaron a mano veintidós ejemplares.” (72)    
  Mientras leemos cómo Sergio Mendhoza conduce a sus héroes a aniquilar gorgonas, hidras, vampiros y otra serie de seres demoniacos, nos vamos llenando de miedo y con ese miedo vamos acompañando la transformación de Sergio. El universo ficcional al que hemos accedido está lleno de demonios en cuyos rostros, quizás, podríamos reconocer a nuestro propio vecino, o a nuestro presidente municipal.  
Hay demonios sobrenaturales, pero otros se atraviesan en nuestro camino todos los días, como le advierte Farkas a Sergio: “Te sorprendería saber la clase de servidores del maligno que andan allá afuera comprando pan en las tiendas, asistiendo al cine, estacionando sus autos.” (2009)    
    Y a los demonios se les aniquila con la espada; pero no importa tanto la espada, sino quien la porta. Por eso es importante que los mediadores posean el súper poder de la observación y la memoria, como Sergio. Aunque también, a veces, saber huir sea un súper poder.
  Porque el mal nos pone trampas que a veces tenemos que eludir; enfrentarnos a ellas nos podría aniquilar: a veces las personas buenas pueden sufrir tanto, que sus acciones podrían parecer producto del mal y viceversa.  
Reconocer el mal, a veces también es muy simple, pues como nos ha dicho el narrador de la saga: La pobreza es el verdadero mal. La pobreza y todo lo que conlleva. El abandono. En el daño infligido a cualquier niño radica el mal…    
  ¿Cuánta maldad hay en nuestros actos cotidianos, que ni siquiera podemos reconocerla?  
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

O tal vez abordamos el metro junto a un pederasta que acaba de violar a un pequeño.

 

 

 

 

 

 

 

O eres sólo el que firmó un permiso de construcción ilegal, porque al fin nadie se daría cuenta; igual que nadie se dio cuenta cuando compraste el examen con el que te titulaste…

A veces, el mal es tan cotidiano que, tristemente, en nuestro país hemos aprendido no sólo a soportarlo, sino a solaparlo. Todos los días transitamos al lado de personas que, quizás, han salido de su casa, luego de dar una paliza a su esposa.

 

 

 

 

 

Quizás tú eres aquel que tira la envoltura de su galleta en la calle porque sabe que nadie lo castigará, y luego la inundación causada por tu intransigencia se llevará la vida de una mujer arrastrada por la inundación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tal vez nosotros somos aquél que robó la colecta para los daminificados, o el que se mete a la fila porque no sabe o no puede, o no le da la gana esperar turnos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

O eres el que mete sus manos en lugares a donde no ha sido invitado…

 

  Ustedes, ¿de qué lado están?  

 

 

 

Sobre mis tristes lecturas de sagas y el deleite agridulce de leer un punto final

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Mi relación con míster Potter, como ya lo he contado, fue tórrida y autodestructiva; después de esperar y esperar por que las editoriales, y todo el proceso que implica la traducción, los derechos y no sé qué más, se pusieran de acuerdo, al final decidí que ya no quería vivir este tipo de expectativas. Por supuesto que devoré cada uno de los libros, y por supuesto que maldije cada día que pasó entre el cuarto y el quinto; el quinto y el sexto; y el sexto y el séptimo. Y lo peor es que no puedo decir que estaba chava… ya no lo estaba. Tanto.

Mi frustración todo el tiempo estuvo acompañada de la ansiedad por saber qué le deparaba a mi universo de magos, y la angustia de no tener noticias. Por supuesto que compré todos los libros en preventa, hice filas enormes y hasta me caractericé de algún extraño personaje. No, no estaba chava.

Juré que nunca más leería una saga porque es horrible esperar a que al escritor se le dé la gana de publicar el resto de la historia. Lo peor, según yo, era imaginar que el autor pudiera morirse y dejara inconclusa la historia (después supe de sagas que han sido terminadas por otros autores, así es que esa preocupación pasó a segundo plano). Pensaba con angustia sobre los lectores del siglo XIX que tenían que esperar durante semanas a que les llegara la nueva entrega, sin las posibilidades de entretenerse con otras narrativas y eso me generaba más frustración. Sin embargo, por mucho que me resistía, llegué a El libro de los héroes de la manera más azarosa y afortunada del mundo. Si hubiera sabido que existía un libro llamado Siete esqueletos decapitados que, además, daba inicio a una saga de terror, de 5 libros, cuyo destino no estaba aún decidido (en el 2011), seguramente nunca lo hubiera empezado a leer. NUNCA. Pero, mi fortuna consistió en que me enamoré de una novelita que me recomendó mi sobrino y que ahora es una de mis preferidas en el universo: Informe preliminar sobre la existencia de los fantasmas. Luego me puse a recorrer todas las librerías de la región para conseguir lo que fuera de un escritor que me había deslumbrado por su perspicacia y su agridulce-jocoso sentido del humor.

Como he contado, también, en algún otro lado, no conseguí nada durante un buen rato (en 2011, Monterrey era algo así como una isla desierta en cuanto a literatura), hasta que llegué a la librería del FCE y me dijeron que sólo tenían dos libros del autor, pero que eran para adultos. ¡Mucho mejor!, pensé, y sin dudarlo ni un poquitito, me los llevé a mi casa. En una sentada leí Apostar el resto, una historia vertiginosa, de gánsters totalmente mexicanos, simpatiquísimos y agudos, que me atrapó de inmediato por su lenguaje y desenfado, pero sobre todo por la entrañabilidad con que está construido su protagonista. Ahora ya empezaba a interesarme, en serio-serio, por el autor. Pero al pretender leer el otro libro, Nocturno Belfegor, por alguna extraña razón (que siempre evito) leí la cuarta de forros y me enteré de que era la segunda parte de una saga. ¡DEMONIOS! (lit.), fue una de las noticias literarias que más me han desencantado en la vida: en primer lugar, había abjurado de las sagas; en segundo, no podía leer el segundo libro si no había leído antes el primero. Y conseguir el primero no fue fácil. Al final, una amiga me lo prestó.

Cuando leo narrativa, en general, me pueden ocurrir dos cosas: que la ficción se me presente como una historia que estoy observando desde afuera; o bien, que, sin saber cómo, de pronto me encuentre dentro de ese microcosmos. Las tramas entrañables son estas últimas: me convocan a tal punto que empiezo a respirar, a querer, a preocuparme, como los personajes. Mis angustias tienen que ver más con que Sergio Mendhoza no vaya solito a ver a doña Santa, que con lo que prepararé para comer si ya no me queda nada en el refri. En otra parte ya he dicho lo maravilloso que fue ser abducida por el universo Malpica. Conocer a Sergio Mendhoza fue un golpe que marcó una transición en mi historia como lectora, pero también como docente y crítica de la literatura (sí, también hago crítica aunque parezca que sólo soy una señora que lee libros para chavitos).

El protagonista de la saga, Sergio Mendhoza, a lo largo de los cinco libros, se enfrenta a un proceso de crecimiento/aprendizaje, en apariencia, parecido a lo que se plantea en muchas otras novelas juveniles del tipo bildungsroman, pero de una forma hiperacelerada y con implicaciones afectivas donde la trama integra elementos del contexto actual de los adolescentes del siglo XXI, con otros fantásticos que están arraigados en los mitos y tradiciones súper añejas sobre el mal: demonios y brujerías conviven con la versatilidad de los pequeños héroes que, además, son súper modernos. El proceso de madurez o aprendizaje de Sergio es tan complejo que el autor nunca se detiene frente a la corrección política (al menos eso creo) pues lo somete a las más duras pruebas, sin anestesias, más que el acompañamiento de recursos humanos, y esto es lo grandioso de la narrativa de El libro de los héroes: los personajes son tan entrañables que tienen vida propia.

Los protagonistas están configurados con un nivel de tangibilidad tan preciso y cercano que, a pesar de presentarnos todo un universo de hombres lobo, demonios y otros arquetipos fantásticos, son muy cercanos a nuestra cotidianeidad. Incluso los podemos oler y escuchar, saber cómo suena cada una de sus voces. Ir a la cama de sus manos; enamorarnos de ellos. Y también odiarlos un poco cuando, al enfrentarse a sus propios demonios, maximizados por las situaciones en que la trama los sumerge, son temerosos, injustos o egoístas; pero los volvemos a amar en el momento en que podemos acompañarlos emocionalmente cuando toman sus decisiones, pues, en todas ellas, somos interpelados por las voces de nuestra propia conciencia.

Y es esa conciencia laberíntica del bien y del mal lo que nos lleva a leer con una mirada que trasciende la anécdota general de la historia, para detenernos en los símbolos, procesos y arquetipos sobre los que se construye la verdadera heroicidad: la figura de Farkas, ese inusitado personaje que posee una inteligencia insuperable, pero también un aparente don de ubicuidad que le permite no sólo saber los hechos sino también las emociones que circundan y emanan de los otros personajes. Su aparición está llena de misterios y a lo largo de las cinco entregas vamos desentrañando secretos que nos conducen a armarlo como si fuera un rompecabezas.

Todas sus acciones, independientemente de lo que parezcan aludir, tienen explicaciones tan detalladas que van enhebrando con solidez la trama a lo largo de los cinco libros. Hacia las dos últimas entregas, la figura de Farkas se erige como su eje central; donde el dolor y la lucha ancestral por la justicia se nos revela tras sus decisiones y actos. De alguna manera, quizás un poco precipitada, me atrevería a asegurar que El libro de los héroes es una narración milenaria sobre la eterna lucha del bien contra el mal, representada en la construcción simbólica del licántropo, y por ello, esta saga es realmente La saga de Farkas y sus bizarras (ver la primera acepción del término) complejidades.

            Los dos primeros libros son una delicia en cuanto a ritmo narrativo; ambas historias se desenlazan vertiginosamente y por ello es difícil para el lector abandonar ese universo; sin embargo, los asuntos filosóficos y éticos empiezan a desplegarse con mayor precisión a partir del tercer libro, por lo que, al final, hay un equilibrio entre el ritmo narrativo y los espacios para la reflexión y la confrontación de los lectores ante sus propios demonios. Llegar al final de la historia, no lo mentiré, me fue muy doloroso por dos razones (principalmente): el destino terrible de mi personaje favorito y la idea de saber que se ha cerrado el portal con el que podía eludir mis ocupaciones diarias para ser parte de esta ficción.

A pesar de mi tristeza, que sí me ha dejado como un huequito en el corazón, no dejo de sentir una enorme alegría y agradecimiento para con el generoso autor. Cuando, luego de confesarle mi adoración a Nocturno Belfegor me contó que tal vez la editorial no estaba tan convencida de realizar una tercera entrega, el pequeño grupo de lectores que tenía en Monterrey tuvimos el atrevimiento, no sé cómo pudimos, de hacer un berrinche que llegó en una carta al entonces editor, Daniel Goldin. No sé si en algo haya ayudado nuestra histeria, pero para el 2013, con imagen renovada, ya teníamos en nuestras manos El llamado de la estirpe. Mi agradecimiento para la editorial y para el autor no tiene límites porque en la contraportada pusieron una frase que nosotros habíamos enviado en nuestra carta y porque nos invitaron, a Luna y a mí, a presentar el libro en la FIL de Monterrey. Tuvimos que esperar casi tres años (no saben cuánto odié que Océano le haya dado prioridad a Más gordo el amor, sobre El destino y la espada) para presentar el cuarto libro, al lado de dos biblionautas fundamentales: Susana y Salma.

Finalmente, y cumpliendo una arriesgada promesa, el autor nos entregó la totalidad de la historia justo en 2017, casi a una década de haber empezado a fabular esta historia y, con todo nuestro agradecimiento de fans y lectoras, las biblionautas tuvimos la fortuna de acompañar, otra vez, en este cierre durísimo al autor.

No voy a negar que tuve miedo: mi lectura de Principio y fin estuvo repleta de incertidumbre y vacilaciones: me urgía saber el destino de mis personajes, pero todo apuntaba a que sería terrible, entonces, pensaba que mejor no quería saber; pero volvía a querer saber porque tenía fruición por saberlo; aunque al mismo tiempo, no quería que se acabara. Es como seguir negándome a leer el punto final. No quiero que desaparezca ese universo; no quiero dejar de escuchar a ese hombre con rasgos duros y precisos que se aparece en mis sueños, y me pregunta cuánto miedo puedo soportar, pero al mismo tiempo me seduce para que me arroje a enfrentar demonios con un valor que antes no conocía. La alegría y el dolor de cerrar un ciclo me inundan porque puedo darle una sepultura digna a mis héroes, pero también sé que, quizás, estoy cancelando para siempre una puerta que me dejó, alguna vez, imbuirme en universos inesperados a los que ya no he de volver.

Diario de lectura: un acercamiento lúdico-afectivo a la literatura

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Este es el texto de la ponencia que Xitlally Rivero y yo expusimos en el III Congreso de investigación e innovación educativa, en diciembre de 2016 en la Ciudad de México y que, a petición de algunos interesados, ponemos a su disposición en este espacio.

La innovación educativa se ha venido asociando a la inserción de elementos tecnológicos digitales que facilitan los procesos de interacción entre estudiantes y profesores; sin embargo, se corre el riesgo de desatender los procesos afectivos que, como en toda relación interpersonal, surgen en esta interacción alumno-maestro. Por ello, la aplicación del diario de lectura como una herramienta de evaluación alternativa del proceso de lectura de textos literarios tiene como objetivo vincular una actividad intelectual hermenéutica con una perspectiva que privilegia la emoción estética, la afectividad y las relaciones sociales interpersonales. Esta actividad es paralela a la actividad de lectura literaria y ensayo argumentativo derivada del proyecto Pasión por la lectura, de la materia de Análisis y expresión verbal, que se imparte en los primeros semestres del nivel superior en el Tecnológico de Monterrey.

 

A medida que la vida se mediatiza, los jóvenes se olvidan de alimentar el gozo estético y las actividades lúdicas por privilegiar acciones prácticas que les proveen satisfacciones materiales a corto plazo. Su paso por la formación superior, muchas veces constata esta visión y los conduce a desarrollar habilidades utilitarias, definidas por las herramientas que los rodean y que tienen un gran impacto tecnológico. Por ello es fundamental sensibilizar a nuestros alumnos para que sean capaces de ver el mundo desde múltiples perspectivas. De ahí nuestra necesidad de revolucionar la forma de acercarnos al aprendizaje y de transmitir habilidades y conocimientos dentro de nuestros salones de clase.

Adicionalmente, hay que señalar que el desarrollo de habilidades utilitarias se extienden también a las actividades relacionadas con la escritura, tanto en las materias de lengua como fuera de ellas. A este respecto, Hidi y Boscolo (2006) señalan que más de un 60% de la escritura en contextos académicos se refiere a una función transaccional o informativa, un porcentaje menor pertenece a textos con función poética y, para los textos con función expresiva, los porcentajes son todavía menores. Esto evidencia lo limitada que es la escritura académica no sólo en cuanto a las funciones mismas de la escritura sino, más relevante aún, sobre su capacidad como herramienta para favorecer el razonamiento y la exploración de ideas por parte de los alumnos.

El diario de lectura favorece que el alumno exponga sus propias ideas y emociones para que, paulatinamente, construya una postura propia frente al texto, y le permite concibir la tarea de escribir desde una perspectiva íntima y no necesariamente académica. En virtud de que la literatura es una manifestación artística que no sólo favorece el desarrollo de las capacidades comunicativas del ser humano, sino también las expresivas, es un instrumento muy flexible y dinámico para promover la formación integral de individuos respetuosos, responsables y propositivos.

 

El problema de la motivación para la escritura ha sido abordado desde diferentes ángulos (Hidi y Boscolo, 2006). Por un lado, se ha dicho que los estudiantes en general se sienten menos motivados a escribir sobre un tema en un formato específico cuando estos son asignados por el profesor que cuando se trata de exponer sus propias ideas sobre un tema que le parece relevante al alumno. A ello hay que agregar que, para los estudiantes, está siempre presente el hecho de que será el profesor quien evalúe su texto; por ello “the “will” (or lack of will) to write is closely connected to a writer’s self-perception of ability” (Hidi y Boscolo, 2006, p.2). Si el estudiante tiene una percepción negativa de sí mismo como escritor, muy probablemente mostrará menos motivación para la escritura.

El interés por escribir puede alentarse ofreciendo la posibilidad de usar la escritura de un modo inusual y lúdico, que les permita descubrir y practicar tanto aspectos atractivos y novedosos sobre la escritura como retos que no encontrarían en tareas tradicionales: “by experiencing and enjoying new aspects of writing, a student feels more competent and able to face the difficulties of writing.” (Hidi y Boscolo, 6). A este respecto, vale la pena mencionar que la libertad que representa el diario de lectura es, a un mismo tiempo, un aspecto atractivo y retador para los alumnos.

Para Vigotsky (2001), el acercamiento a la literatura permite desarrollar la imaginación, por lo que no debería implementarse con restricciones. La lectura literaria es un proceso mental que implica que se ejerzan varias facultades: la concentración, la creatividad, la capacidad de deducción, de análisis, de abstracción, de proyección de sentimientos y los procesos de inferencias, entre otros. El contacto con textos literarios permite abordar la lengua desde sus dos ámbitos más importantes: la comunicación y la expresión; a través del diario de lectura, se retoman estos ámbitos en la propia escritura.

 

            Desde el semestre agosto-diciembre de 2013 se llegó al acuerdo de incluir la lectura de, por lo menos, una obra literaria como contenido de la materia Análisis y expresión verbal, por lo que cada profesor debía seleccionar el o los textos que trabajaría con sus alumnos. Como actividad estandarizada, se diseñó la redacción de un texto argumentativo colaborativo. Como actividades no estandarizadas, cada uno de los profesores hemos seguido diferentes rutas para acercar a nuestros alumnos a una experiencia lecto-literaria real; así, hemos trabajado la elaboración de memes sobre los personajes, videos de promoción (trailer) de las novelas y entrevistas a personajes peculiares de las ficciones, entre otras; sin embargo, hemos podido percibir que la tarea que los estudiantes han llevado con mayor éxito, debido a la forma en que repercute en la calidad de su lectura y los puentes que construye con respecto a su vida personal, es el Diario de lectura pues, a través de su escritura, nuestros alumnos reflexionan de una manera más pausada y asertiva en torno a los hechos ficcionales y, a su vez, éstos funcionan como detonadores para ampliar las cavilaciones sobre sus propias vidas. A continuación presentamos los puntos esenciales de la innovación del diario de lectura:

  1. El diario de lectura cumple ciertas funciones epistémicas que no son fácilmente visibles en otras actividades, pues no sólo contribuye a la relación entre nuevos saberes y otros ya conocidos sobre la lectura o sobre el mundo, sino sobre los alumnos mismos como lectores y escritores. Esto tiene dos grandes implicaciones:
  2. Al no adscribirse a un género rígido, les ofrece una libertad íntima que permite que los alumnos se conciban a sí mismos como lectores y como escritores, capaces de decir algo personal y único sobre su lectura.
  3. La escritura libre del diario facilita la introspección, lo cual, a su vez, se traduce en una resignificación no sólo del texto leído o del mundo externo sino también de la subjetividad de quien escribe.
  4. Contribuye a mostrar la lectura y la escritura ya no como actividades separadas sino como un híbrido.
  5. Valora el componente emocional-afectivo de la relación entre profesor-alumno, y entre lector-texto leído.
  6. Al ser escritura elaborativa (Castelló, 2007), es decir, centrada en el lector, permite la evaluación del proceso y, por lo tanto, facilita la evaluación de competencias. 

Durante la cuarta semana del curso, los alumnos son integrados en grupos de cuatro personas. Cada grupo elige un tema, de entre cuatro o cinco opciones, que está integrado por cuatro novelas. Así, a cada alumno se le asigna una novela. De manera individual, cada integrante lleva una bitácora en la que registra su proceso de lectura de acuerdo con la novela elegida. El formato del diario es libre: puede ser desde una libreta elaborada artesanalmente, una pequeña libreta, un documento compartido, un archivo en padlet o cualquier otra herramienta con la que el alumno se sienta cómodo.

La instrucción es que en su diario registren emociones, preguntas, inferencias y relaciones intra y extratextuales que surjan a partir de su lectura y su experiencia con el mundo. Se ofrecen preguntas como guía, pero no es necesario contestarlas todas y pueden agregarse otras. Algunas de estas preguntas son: ¿Qué sentiste al leer este pasaje? ¿Te sientes identificado con algún personaje? ¿Cómo relacionas lo que estás leyendo con tu propia experiencia con el mundo? ¿Te recuerda a otras lecturas, a otros autores? ¿Lo relacionas con alguna obra artística de otro género (pintura, escultura, cine…)? Se pide una entrada, en promedio, por semana, a partir de la quinta semana del curso y hasta antes del inicio de las presentaciones orales de la actividad de Pasión por la lectura.

Conforme hemos ido revisando los productos elaborados por los estudiantes, podemos darnos cuenta de que vincular lo afectivo y emocional con una experiencia académica menos rígida resulta muy productivo y eficaz para la escritura y la argumentación. Aproximarse a la lectura literaria y a la escritura, de forma libre, le permite a nuestros estudiantes mayor libertad de interpretación y de juegos lingüísticos, implica que el acercamiento del joven lector a la literatura lo lleve a poner en relación no sólo la función comunicativa del lenguaje, sino también la expresiva.

 

Los resultados pueden abordarse desde dos grandes momentos: por un lado, cuando el joven lector se percata de que su lectura se dimensiona a partir de sus propias experiencias, o de las referencias que puede reconocer, y, por otro, cuando el alumno encuentra a la actividad de escritura significativa por sí misma.

Como consecuencia del primero, se establece un pacto que robustece la experiencia lectora, como se observa en algunas entradas de los diarios:

“El espíritu de mis padres sigue subiendo bajo la lluvia”

Entradas del 29 de marzo al 2 de abril
“[…] el narrador del libro se entera que su padre está enfermo por lo que tiene que ir a Argentina a visitarlo desde Alemania. El libro cuenta que el protagonista encuentra a su padre en el hospital recostado en una cama sin poder comunicarse con nadie…
Cuando leí esto e sentí muy emotivo ya que la historia conecta con la psique familiar que todos tenemos dentro y la relación hijo-padre que tengo con mi padre […] hay varios detalles que aborda el autor acerca del pasado de su padre. Pron escribe que el protagonista encuentra una especie de carpeta de su padre con el título Burdisso, apellido de la familia, y quiere averiguar quién fue su padre […] Me di cuenta de que muchos de los detalles que cuenta el libro tienen relación con la vida de Pron, ya que se sitúa en Argentina […] durante la dictadura militar […]”

En el diario, el estudiante registra una somera investigación con datos sobre la dictadura militar en Argentina y agrega detalles sobre la vida del autor y, con ello, llega a la conclusión de que el autor realmente es el protagonista de la historia.

En la entrada del 3 de abril agrega un comentario en el que establece la relación de otra actividad del curso (en la que tienen que escribir un artículo académico, luego de un proceso heurístico) con la novela que está leyendo:

“La novela de Pron me está gustando mucho, una de las actividades (del curso) que nos asignaron es la redacción de un ensayo y el libro trata acerca de mi tema: criminología y balística. Pron (en la novela) escribe que la investigación policial acerca del asesinato de Burdisso se fundamenta en fotografías, testimonios y pruebas, que es en lo mismo que se fundamenta el proceso criminológico”

 

Más adelante, agrega:

 

“El día de hoy no tuve oportunidad de leer (la novela) ya que estoy leyendo otros libros y decidí dedicarles tiempo:

Breve historia del tiempo, de Stephen Hawkings

Cash flow –Robert Kwjorck

 

La entrada del 5 de mayo, casi un mes después, dice:

“Me di cuenta que el título del libro es el núcleo de la novela ya que el tema principal es la herencia de nuestros padres. Por eso “El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia”. Considero que hay que involucrarnos e investigar más de dónde venimos”

 

El 6 de mayo agrega:

 

“Pensando en la reflexión de ayer, consulté con mis papas (sic) mi árbol genealógico (nunca lo había hecho), encontré que mis bisabuelos fueron inmigrantes españoles que llegaron a México y que mi bisabuela materna era de origen sirio-libanés. A mi abuelo paterno le cambiaron el nombre al llegar a México y mi bisabuela materna conservó sus apellidos árabes (Noval Abraham), pero mi abuela y mi madre ya no.
[…] A través de su novela me di cuenta de quién era y encontré el origen de mi familia. Ahora sí que el “espíritu de mis padres sigue subiendo bajo la lluvia”.
La lluvia es el tiempo

 

Es evidente que la experiencia lectora del estudiante lo llevó a entretejer otros textos para aterrizarla en su propio contexto, sin que ello fuera un presupuesto de la novela o una indicación explícita requerida por la actividad.

Nos ha sorprendido muy gratamente que los comentarios de los alumnos, en sus diarios, están dirigidos a su apreciación emocional y a su evaluación de la cultura, como se observa en la siguiente entrada del diario de un alumno sobre la finalización de la lectura de El niño con el pijama de rayas (31 de octubre de 2015):

 

“Hoy terminé el libro y estoy en completa y total depresión L ¡Qué historia tan más triste! Miles y miles de personas muertas y todos ellos inocentes. Me mató el hecho de que Bruno muriera también sólo por querer cumplirle a su amigo esa última promesa de amistad […] mientras leía el final y el epílogo (otro golpe seco a mis sentimientos) sentía mucha tristeza dentro de mi, no sé cómo pudo ser posible un acontecimiento de tal magnitud, sentí el dolor de los papás de Bruno, debe ser horrible perder un hijo y más de esa manera.

Esta historia me dejó muchos aprendizajes, tanto históricos como personales. En la parte del conocimiento histórico, generó en mí las ganas de seguir investigando acerca de los horrores que cometió Hitler […]. En el ámbito personal, engrandeció la percepción que yo tenía del valor de la amistad y el amor, sentimientos que se sobreponen ante cualquier cosa y ante cualquier situación.”

 

Con respecto al segundo momento, en el que el alumno encuentra significativa la actividad de la escritura por sí misma, vale la pena destacar que, además de mostrar la forma en que la lectura lo afectó emocionalmente y sus intenciones de seguir leyendo e investigando al respecto, este diario finaliza con un comentario de agradecimiento a su profesora por la actividad: “Gracias Maestra (sic) Dalina por este proyecto de Pasión por la lectura, fue fantástico”

 

Hemos podido observar, a partir de la elaboración de Diarios de lectura, que nuestros alumnos, como lectores, se aproximan al texto con un cierto propósito, ciertas expectativas o hipótesis que guían sus elecciones desde el residuo de experiencias pasadas. El significado emerge en ese continuo dar y tomar del lector con los signos impresos en la página.

En cuanto a la escritura, vale la pena añadir que para algunos de los alumnos, el no encontrar reglas específicas del tipo que encuentran en tareas tradicionales, tales como la extensión, el tono, el formato y la frecuencia, les plantea serios problemas porque implica que son ellos quienes deben tomar decisiones sobre su proyecto de escritura. Pero luego de enfrentarse a una primera o segunda entrada se sienten más capaces de tomar estas decisiones y, sobre todo, se notan mucho más dispuestos para solventar los problemas de escritura cuando se enfrentan a ellos.

El diálogo con la obra literaria funciona como el elemento que dispara la receptividad del lector en la medida en que éste lo relaciona con su mundo. Este gozo es el placer de vivir el arte sin la necesidad de hacerlo utilitario.

 

Referencias

Castelló M. (2007). El proceso de composición de textos académicos. En Escribir y comunicarse en contextos científicos y académicos: conocimientos y estrategias. España: Graó, pp. 47-82

Hidi, S. y Boscolo, P. The Multiple Meanings of Motivation to Write. En Writing and Motivation. The Neatherlans: Elsevier, pp. 1-16

Rosenblatt, L. La literatura como exploración. México: F.C.E.- Espacios para la lectura.

Vygotsky, L. (2001). La imaginación y el arte en la infancia. México: Ediciones Coyocacán.

¿Qué deben leer mis alumnos?

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Leer es mucho más que una experiencia intelectual; cuando lo hacemos, involucramos capacidades que van más allá de los procesos cognoscitivos; por ello deberíamos aprovechar la oportunidad de tener siempre un libro a la mano. En cada lectura, es bien sabido, viajamos, padecemos, vivimos. Nos confrontamos. Y también elegimos. Aprendemos a ser libres y a encontrar nuestros propios caminos en, y a través de, esas elecciones.

La realidad de la escuela y de otros campos (no quiero decir instituciones) culturales, respecto a la elección de nuestras lecturas, es que no nos permiten ser autónomos, lo que podríamos considerar como un arma de dos filos: por un lado, los maestros o promotores (quienes tienen –o deberían tener, más experiencias lectoras) pueden ser un acompañamiento idóneo para estimular algunas lecturas asertivas (que, en teoría, tendrían que decantarse por las literarias); por otra parte, a veces, ese “acompañamiento” se convierte en imposición y, por ende, en un sesgo intelectual/ideológico/cultural que, algunas veces está al servicio de ideologías machistas o discriminativas, que nada aportan al desarrollo armónico de la comunidad.

Lo ideal sería que cada lector, después de transitar por un camino lleno de estímulos que promuevan su pensamiento crítico y estético, esté listo para seguir buscando con avidez aquellas lecturas que le causen más placer; sin embargo, muchos lectores (sobre todos los más jóvenes) se limitan a leer recomendaciones que en algún momento se ponen de moda y que, por lo mismo, también condiciona su percepción sobre esa lectura. Sería maravilloso que nuestras elecciones nos llevaran a ser retados; que cada lectura nos permitiera involucrarnos en un continuo proceso personal de reflexión y autocrítica. Encontrar este tipo de estímulos no siempre es fácil pues incluso un avezado lector suele caer en la tentación de realizar lecturas fáciles y “cachetonas” (así suelo nombrar a todo lo que implica una postura acomodaticia); ¿a quién no le gusta comer pizza?

Este breve texto ha surgido porque, en los últimos años, encuentro que mis amigos, alumnos y exalumnos, que se aventuran en el apasionante universo de la docencia en lengua y literatura, suelen preguntarme por libros recomendables: “¿qué me recomiendas para mi hijo de seis años?”, “¿qué puedo poner a leer a mis alumnos de segundo de prepa?”, “necesito una novela cortita, porque mis estudiantes no leen mucho, pero que no toque temas fuertes, porque mi colegio es de tal religión”, “quiero leer con mi hijo adolescente algo que le enseñe a no ser un respondón”… Algunas veces, también, en charlas o conferencias que he impartido a maestros, la solicitud común suele ser: “¿podría darme una lista con los libros que deberían leer mis estudiantes de secundaria?”.

Y entonces todo se complica porque, si bien es cierto que me encanta hacer listas, recomendaciones, reseñas de todo tipo de libros (para niños, adultos, mujeres, personas trabajadoras, mascotas, etc.), y que también conduzco un programa de radio donde hablamos sobre libros y las razones por las que se deberían leer, o que impartimos charlas y talleres con esta orientación (próximamente tendremos la conferencia ¿Por qué y para qué leer con tus hijos?), la verdad (si acaso existe alguna) es que, si son maestros o promotores de literatura, sólo podría recomendarles dos cosas:

1. Ser un verdadero gran lector. Disculpen el énfasis en “verdadero” y en “gran”, pero es necesario hacer hincapié en ambos adjetivos. Como bien ha dicho Freire, no sólo se leen las palabras, se lee, en general, el mundo; y ser un verdadero lector implica estar dispuesto a abrir todas nuestras formas de percepción a ese proceso lector. Leer con todo nuestro cuerpo; leer con las entrañas y con nuestra inteligencia. Leer colores, sonidos y ausencias. Por otra parte, en este caso sí me refiero a la “grandeza” del lector en el sentido de “cantidad”: tenemos que leer muchísimo, ávida y reposadamente (aunque parezca contradicción, ambos adverbios no son excluyentes), para construir los muros más sólidos de nuestras bibliotecas. Tenemos que leer literatura clásica, contemporánea, juvenil, infantil, experimental, poesía, teatro, novela, cuentos, minificciones, ciencia ficción ¡uf!, mil etcéteras en cuanto a género, estilo, tendencia, escuela… para formar nuestro acervo personal, del que se podrán desprender, en automático, todo tipo de recomendaciones.

2. Amar, interactuar, conocer entrañablemente a todos los integrantes de la comunidad de enseñanza-aprendizaje que los rodea. Leer -y enseñar a leer, como también ha dicho Freire, es, antes que nada, un acto de amor. Este proceso conlleva involucrarse con los otros; sentir interés por el otro, por sus opiniones y sus sentires, para ser capaces de ponernos en sus zapatos, para dirigir un poco nuestra mirada desde su propia perspectiva y tratar de entender por qué el mundo se ve como ellos lo miran. Es importante señalar, como siempre le digo a mis alumnos, que, en el ámbito escolar, debemos ser muy claros con la idea de tener interés y afecto por los otros, pues nuestros alumnos merecen todo nuestro cariño y cuidado, pero de ninguna manera son nuestros amigos. Ese es otro boleto. Lo importante es que interactuar realmente con los otros involucrados en el proceso de formar lectores es lo que nos dará la pauta para saber qué podemos, o incluso debemos, recomendarles.

En medio de la diversidad que nos rodea, y casi a punto de caer en la oquedad infinita del relativismo, no existen recetas infalibles.  De todos modos, en cualquier caso, lo que tiene más probabilidades de éxito siempre es el diálogo. Experimentemos, arriesguémonos a conocer universos, a exigir propuestas inteligentes, lúdicas, emotivas. Escuchemos a los otros y confrontemos su horizonte de expectativas e interpretaciones con las nuestras, para poder ir salpicando, con extrema alegría, las lecturas que son parte de nosotros mismos. Es decir, cuando yo recomiendo una lectura, voy dejando trocitos de mí que están llenos de significado y sentido; quien recibe mi recomendación está invitado a sumarse a ese sentido y a ser parte de mi mundo.

Mis criterios (en los que baso mis juicios y aprecios) pueden orientar a mis amigos, alumnos y exalumnos, para convocarlos, invitándolos a compartir mis experiencias y universos ficcionales que se verán ampliados con cada una de sus particulares perspectivas de lectura. Podemos construir una interesante comunidad de lectores; sin embargo, para que sea posible invitar a otros, es necesario transmitir nuestros propios juicios y pasiones (no los de alguien más, sin haber pasado por el filtro de la apropiación de la experiencia individual de lectura).

En definitiva: sólo tenemos que leer (y ser felices en ese proceso), y amar al mundo. Nada más. 

Las etiquetas y la literatura para todo público

El boom de la literatura infantil y juvenil en México ha significado una serie de apreciaciones que va más allá de su esencia literaria (si hablamos de “literatura”, en teoría, tendríamos que ocuparnos de esas características; sin embargo, la complejidad de su naturaleza nos lleva a cuestionar/reflexionar sobre sus implicaciones sociales, políticas, económicas, etc., de tal manera que casi siempre terminamos discutiendo asuntos que no son compatibles y se generan estériles intercambios de opinión). Sin embargo, me parece que es necesario abrir el debate en torno al “etiquetado” que llevan a cabo algunas editoriales (también escritores, promotores, mediadores, etc.) para “organizar” la venta de sus libros pero que muchas veces empobrece los criterios de selección y lectura.

En primer lugar, me parece un tanto ocioso, por reduccionista o condicionado, que las producciones literarias, del tipo que sea, se acompañen de un adjetivo relacionado con la ¿edad? del lector, ¿hasta cuándo se considera que un lector es un niño, o que un niño es un niño?, ¿9?, ¿10 años? Incluso las nomenclaturas derivadas de las experiencias lectoras asumen condiciones a priori asociadas con la infancia, por ejemplo: “para primeros lectores”, por su diseño particularmente, es una colección dirigida a niños, como si no hubiera adultos que se encuentran en ese estatus lector. O “para grandes lectores”, ¿cómo podríamos saber si un chico de 14 años, por ejemplo, es un gran lector si ha leído más de 100 libros del “género” young adult, o si un gran lector es un chico que ha leído 20 clásicos?, ¿o un chico que lee textos científicos? Sé que el asunto va más allá de la cantidad y de la calidad, pero por eso mismo, me parece que la adjetivación o el etiquetado es uno de los principales problemas asociados con la llamada LIJ.

En segundo lugar, no entiendo por qué la sigla LIJ se ha acuñado casi como acrónimo, al ubicar en la misma categoría a los libros que se escriben para niños y los que se escriben para jóvenes. En este sentido, considero que las etiquetas, más que ayudar a la venta de ciertos productos para un tipo específico de consumidor, interfieren en el proceso de selección de la experiencia literaria pues es común (lo he vivido muchas veces con muchos lectores) que las expectativas no correspondan al libro que eligieron. Incluso, un tanto en broma, la escritora brasileña Nilma Lacerda, en su ponencia Una infancia para los libros, cuestiona si literatura infantil se refiere a una literatura inmadura, como si los libro fueran los infantiles.

Creo, en todo caso, como dice Toño Malpica, que la literatura infantil incluye a los libros que hasta los niños disfrutan y, en ese sentido, es literatura para todo público, pues no está o no debería estar condicionada por la edad del lector. La literatura, en todo caso, tendría que ser sólo literatura; sin embargo, nos encontramos con otra disyuntiva cuando hablamos de sus intereses y sus funciones (de la literatura que también leen los niños) ya que su naturaleza se debate entre lo estético y lo pedagógico (y preferiría dejar fuera de esta discusión los contenidos eminentemente moralizantes).

A pesar de que muchísimas editoriales actualmente enfatizan la función didáctica de la literatura para niños, me parece que lo primordial es, para considerar un texto como literario, que su propuesta estética apuntale el pensamiento crítico, el gozo y el sentido ético respecto a la configuración de la comunidad, a través de recursos lúdicos, como la polisemia o la plasticidad (maleabilidad) del lenguaje para lograr efectos intelectuales y emocionales en el lector. En este sentido, lo más valioso del texto literario es su capacidad para llevar al lector a hacerse preguntas y no a darle respuestas.

El efecto de la esencia literaria reside tanto en minificciones como en novelas de incontables páginas, independientemente de la edad de sus lectores reales y potenciales; por eso considero que es necesario compartir nuestras experiencias de lectura de libros que no tienen ninguna intención moralizante, pero que en el camino nos dejan pensando sobre la vida, como Akuika. El cazador de fuegos, de Javier Malpica. Es una novela corta que, sin ser pedagógica o moralizante, plantea una profunda reflexión en torno a la manera en que los seres humanos prehistóricos conquistaron el fuego, a través de una serie de experiencias donde los obstáculos que, en apariencia, incapacitan o minimizan las capacidades de las personas, las llevan a desarrollar otras áreas asociadas con la inteligencia.

Pero este libro merece un tratamiento aparte, por lo que pronto compartiré mi reseña al respecto.

Libros maravillosos

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Durante el semestre que recién terminó, impartí un curso que me encantó por muchas razones: fue la primera vez que se incluyó la materia (‘unidad de aprendizaje’ para el enfoque por competencias) Literatura Infantil y Juvenil en el curriculum de la licenciatura en Letras hispánicas, de mi Facultad; la participación y evolución de mis alumnos fue increíble (sus ensayos finales son de mucha calidad); y se inscribieron estudiantes como oyentes quienes, a pesar de que no cumplieron con su ensayo final –lo sigo esperando por el bien de la humanidad-, tuvieron una participación tremendamente significativa para el desarrollo del curso.

Todos leyeron muchísimo, hicieron exposiciones en clase, diseñaron videos y escribieron al respecto. Además, como parte de nuestras actividades, teníamos una lista en Excel en la que iban agregando “estrellas” (en realidad eran asteriscos) a cada una de las lecturas (en otro post incluiré esa lista) que fueron realizando. La selección de textos incluía de todo tipo: clásicos, contemporáneos, mexicanos, universales, ilustrados, libros-álbum, etc., y de distintas calidades, por eso el nivel de discusión se tornó muy intenso y profundo.

Al finalizar, entre todos hicimos una lista con lo mejor de la LIJ que leímos durante el semestre. Nuestros criterios de evaluación y clasificación se basaron en las características que propone Jaime Alfonso Sandoval para la LIJ, las cuales son cualidades de cualquier texto literario sin más etiquetas. Nos importó reconocer libros que fueran estimulantes, provocativos, lúdicos, íntimos, contados con asertividad, que no cayeran en obviedades ni en proteccionismos. Libros cuyo presupuesto fuera la escritura para lectores inteligentes sin que importe su edad.

Nuestra lista estuvo conformada por textos que nos han dejado experiencias de lectura muy intensas pero que, sobre todo, son retadores. Libros que nos han exigido como lectores para co-construir su sentido y dimensionarlo de acuerdo con las experiencias de cada uno de nosotros. Libros que no son condescendientes; al contrario: que nos habitan para pensar el mundo de otras maneras, para repensarnos. Para dialogar con los otros. Para ver lo que no hemos aprendido a ver. Pero sobre todo, para disfrutar cada una de sus historias como si fueran habitaciones cálidas con alas.

Es preciso señalar que leímos casi 40 libros clasificados como LIJ, de autores mexicanos y  extranjeros (poquitos), pero no pudimos leer muchas obras relevantes y maravillosas que se quedaron en lista de espera, pues el semestre (realmente sólo son cuatro meses) se nos pasó volando. Hay libros excepcionales, de autores imprescindibles en la LIJ mexicana(como Raquel Castro, Jaime Alfonso Sandoval, Javier Malpica o Adolfo Córdova), que no leímos y que sin duda serán incorporados a los próximos cursos. Por otra parte, los títulos que forman parte de esta pequeña lista son los que obtuvieron un promedio de 4.5 a 5 estrellas (4 estrellas: “me encantó, es una obra literaria que vale la pena leer, su propuesta estética, estilística, lingüística es de gran calidad por estructura inteligente y cuidadosa; es un libro muy recomendable”. 5 estrellas: “es lo máximo. Uno de los mejores libros del universo. El planeta no puede seguir girando si no lo lee todo el mundo. Quiero salir y gritar con altavoces que este libro es una maravilla en todos los sentidos.”).

            Acá dejo nuestra selección que se caracteriza, principalmente, como ya lo he mencionado, por incluir textos cuya estructura es lúdica y estimulante. Además de que todos los autores son mexicanos y contemporáneos. Y que pueden ser disfrutados, de acuerdo con sus propias competencias lectoliterarias, por cualquier tipo de lector:

1.     Escalera al cielo, de Andrés Acosta, es un bellísimo poema narrativo que, con un lenguaje exquisito e imágenes íntimas, nos cuenta la relación de Atototzin, una niña muy peculiar, con su padre.

2.     Diente de León, de María Baranda, también es un poema narrativo muy hermoso donde la violencia que nos rodea es el marco para acercarnos a las emociones de Laina, una pequeña que está a punto de cumplir 11 años y que, por las condiciones de su comunidad, tiene que enfrentar la vida sola.

3.     El libro de la negación, de Ricardo Chávez Castañeda, es un relato doloroso sobre la violencia hacia los niños, planteado desde una mirada extraordinaria (en muchos sentidos), que sólo podremos descubrir al llegar al último final.

4.     Margot, de Toño Malpica, cuenta la historia de una pequeña niña que vive con su padre en un tiradero de basura y que de pronto se convierte en súper héroe (o heroína). A través de la historia nos damos cuenta de la forma en que los pequeños detalles pueden cambiar el mundo. (Fue difícil esta elección pues las votaciones se debatían entre este libro y Soldados en la lluvia del mismo autor).

5.     El libro salvaje, de Juan Villoro, es una novela casi autobiográfica de la infancia del autor, que de alguna manera se convierte en un espacio para la reflexión sobre la lectura, los libros y las relaciones que sostenemos con ellos y con otros seres humanos.

6.     Las sirenas sueñan con Trilobites, de Martha Riva Palacio cuenta una terrible historia sobre el abuso, la muerte y la esperanza. Al lado de Sofía nos damos cuenta de la vulnerabilidad de los niños y de la complejidad de su universo interior (igual que con el libro de Malpica, las votaciones estuvieron muy reñidas entre esta novelita y Buenas noches, Laika, de la misma autora).

7.     Puerto libre, de Ana Romero, es un extraordinario relato sobre la travesía de una familia que tiene que alcanzar a un padre migrante en Estados Unidos, pero que se acompaña de pequeños recortes narrativos (como si fueran fotos) con los cuales se dimensiona la terrible y cotidiana realidad de quienes han tenido que partir.

8.     Desde los ojos de un fantasma, de Juan Carlos Quezadas, narra de una forma íntima y entrañable la difícil transición de una ciudad –Lisboa- que se desdibuja. A medida en que la globalización la engulle, la comunidad en que vive Sara, la protagonista, está a punto de perder su identidad. Sólo el arte, quizás, pueda salvarla.

  La intención de esta breve lista de sugerencias, con esto de que a final del año siempre nos da por hacer listas, es que se den una oportunidad para conocer la literatura infantil y juvenil mexicana contemporánea, si es que aún no lo hacen, y que, además, en estas fechas de generosidad, compartamos el universo de estos maravillosos libros con nuestras personas preferidas. Garantizo que no se arrepentirán. Son el mejor regalo del mundo.

Las posibilidades de la interpretación como modelo para la exégesis literaria

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Han pasado semanas desde que le fue conferido el premio Nobel de literatura a Bob Dylan y aún no sabemos si el rockstar lo aceptará. Algunos críticos a quienes ha molestado el dictamen de la Academia sueca aseguran que es un premio inmerecido por muchas razones; la principal de ellas es porque el músico no es escritor (formal), pero sobre todo porque, siendo una figura pública tan relevante en la cultura popular occidental, realmente no necesitaba ninguna plataforma que diera empuje a su obra. Como hemos constatado en otras ocasiones, el Nobel ha servido como una plataforma para visualizar la obra de escritores que no son leídos fuera del ámbito estrictamente literario o regional (Gustave Le Clezio, Herta Muller o Doris Lessing no se leerían tanto en el mundo hispánico si no fuera por sendos reconocimientos).

El poeta Antonio Arana asegura que Dylan, en un acto de congruencia, rechazará el premio pues siempre se ha manifestado como un crítico del sistema y del poder. Sin embargo, más allá de lo que haga el propio compositor, el reconocimiento a sus letras, por parte de la Academia sueca, pone de manifiesto las nuevas realidades que configuran la estética y los mecanismos de producción, recepción y circulación del Hecho Literario. Y esta realidad es precisamente en la que se enmarca y fundamenta el trabajo de investigación que ha realizado Susana Ruiz y que se publica, para beneficio de todo estudioso de la literatura, como La obra literaria abierta: del soporte digital al impreso.

En primer lugar, la investigadora presenta una serie de definiciones urgentes y necesarias para comprender la nomenclatura de las manifestaciones literarias, entre ellas, el concepto que retoma de Eco, Barthes y Pavic quienes coinciden en considerar la obra abierta como un tipo de texto literario que está en continua actualización a partir de las múltiples interpretaciones que pueden hacer de él sus lectores y que no sólo se materializa en el papel, sino también en otras formas que viajan a través del ciberespacio; es decir, la obra abierta requiere de la participación directa y activa del ejercicio intelectual y, a veces, físico del lector, para generar sus múltiples sentidos.

Es fundamental entender, a través del libro, que el fenómeno literario actual presenta características que si bien podrían considerarse innovadoras por los recursos dinámicos que explora, éstos no sólo están presentes en los textos que podemos ver en internet, sino que son parte de una estrategia de composición que involucra las competencias lecto-literarias del lector de una forma lúdica y situacional específica y, para explicarla, la teoría literaria tradicional no ofrece luces suficientes. En este libro podemos encontrar una guía muy detallada sobre estos recursos y cómo se desdibujan las líneas que les permiten existir en soportes tradicionales y digitales, sin que esto determine su naturaleza. Es decir, su esencia y dimensionalidad tiene que ver con su composición más que con la plataforma que lo sostiene.

De hecho, el epígrafe de Borges con que introduce su trabajo ya plantea el enfoque complejo de su abordaje teórico y, como sabemos, los extraordinarios cuentos que escribió el argentino fueron anteriores al mundo digital que hoy satura las formas de comunicación:
“En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts’ui Pen, opta -simultáneamente- por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela” (de El jardín de los senderos que se bifurcan).

De esta manera, entendemos, junto con la autora, el diálogo constante establecido entre la cultura escrita y la digital que hoy permite construir paradigmas literarios alternos al tradicional. La tecnología, como señala Susana Ruiz, ha generado formas textuales híbridas que podrían enmarcarse (o no) en lo literario, pero que definitivamente dimensionan las posibilidades de la escritura. De ahí que sea tan necesario, como ella señala: “el estudio de las nuevas formas [así como] la apreciación de las obras prerrevolución electrónica con parámetros distintos, a la luz de estas nuevas tecnologías de lectura y escritura”(13). Al respecto, me gustaría retomar los puntos sobre los que la autora reflexiona en torno a las nuevas propuestas críticas:

  • Cómo cambia el producto literario: ¿qué cambios experimenta el texto cuanod se traduce en formato hipermedia?
  • Cómo cambia el repertorio literario: ¿qué consecuencias implica esa conversión desde el punto de vista de formas, temas y géneros literarios, contemplando la posible relectura de un corpus pasado y su reconsideración historiológica?
  • Hacía dónde evoluciona el concepto de consumidor: ¿qué cambio de rol soporta la figura del lector y qué protocolos de recepción imponen?
  • Hacía dónde evoluciona el concepto de productor: ¿qué transformaciones operan en los procesos de creación literaria, en la figura del autor y en los modelos de producción?
  • Cómo cambian la estructura institucional y las conductas de mercado: ¿qué nuevas asignaciones asumen los entes institucionales y cómo afectan al funcionamiento general del mercado? (13)

Además de responder los planteamientos anteriores, una de las aportaciones más valiosas de este libro es la compilación y clasificación de teorías que la autora identifica como “teorías para la literatura digital” que permite a los lectores, tanto a los expertos en teoría y crítica literaria, como a los legos, adentrarse en la exégesis de estas nuevas producciones asociadas con lo literario. Asimismo, la autora reflexiona y aborda textos literarios a la luz de estos fundamentos teóricos que nos permite reconocer en la literatura recursos que están más allá de su soporte.

Como una muestra de su extraordinaria capacidad para organizar las ideas, la autora establece, en el primer capítulo, las características de las obras abiertas, además de definir conceptos concernientes a la literatura electrónica. En el segundo capítulo, desarrolla, con algunos apoyos en la teoría del caos, el concepto de hipertextualidad en textos electrónicos y tradicionales. En el tercer capítulo propone un modelo de análisis, a partir de cuatro perspectivas: la materialidad, la estructura, la textualidad y el sentido de las obras literarias que, en el cuarto capítulo, es puesto a prueba con el análisis de tres novelas: Juego de cartas, de Max Aub, Nocilla dream, de Agustín Fernández Mallo y Beside Myself, de Jeff Gómez. Y, lo que es básico para todo crítico literario o estudiante de letras: el imprescindible glosario de términos que nos evitará pasar largos periodos tratando de explicar y nombrar algunos de los fenómenos más recurrentes en la producción literaria actual, entre ellos: arte reversible, blogosfera, ciberespacio, cibertexto, ficción interactiva, hiperficción, hipertexto, hipernovela, literatura enriquecida, libro electrónico, etc.

Y, como cereza para el pastel, la generosidad de la autora nos presenta, como apunte final, un repertorio de obras abiertas, con su respectivo comentario crítico, que proveerá a todo estudioso de la literatura una oportunidad valiosísima para la lectura gozosa y la académica, entre las que entre las que se encuentran obras de Cortázar, Calvino, Pavic, Nabokov, etc.).

Sin duda, acercarnos a la propuesta teórica que nos ofrece Susana Ruiz en este maravilloso libro (en muchos sentidos: es profundo pero ameno; amplio, por su fundamentación teórica, pero claro y específico por los ejemplos de análisis que presenta) es fundamental para comprender la dinámica actual de los medios electrónicos y tradicionales así como su probable evolución y, quizás con ello, podamos entender, aunque sea un poco, cuáles son algunas de las variables que se conjuntaron para otorgarle a un músico el premio Nobel de Literatura.

La lectura como vínculo familiar

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Una práctica común en muchos medios es la apología hacia la lectura. En los programas actuales de promoción y fomento a la lectura encontramos con frecuencia frases que exaltan, entre muchas bondades, su función como vehículo de acceso a la información, al conocimiento y a la cultura; sin embargo, es importante reconocer que la esencia de la lectura va mucho más allá de la simple intención didáctica o informativa: cuando leemos para nuestros hijos (a pesar de que ellos ya sepan decodificar el sistema lingüístico) o cuando ellos nos leen, se establece un vínculo que, lejos de unificar criterios (no es lo que se pretende, pues lo más importante de la lectura es formar lectores críticos que forjen sus propias concepciones e interpretaciones del mundo) condiciona el nivel y la calidad de comunicación que existe, o empezará a existir, entre los adultos y los niños.

De acuerdo con Felipe Garrido, los niveles de lectura por los que transita un verdadero lector son básicamente tres: el primero de ellos es cuando lo alfabetizan, es decir, cuando aprende a descifrar el sentido que tienen las palabras; después de éste, pasa a la etapa en que la lectura es una herramienta para adquirir los conocimientos que podrá aplicar respecto al mundo, con una finalidad objetiva y utilitaria; estos dos niveles se adquieren en la escuela a partir de la alfabetización y de ejercicios específicos de “comprensión” de lectura. Desafortunadamente la mayoría de los estudiantes (de cualquier nivel escolar) se quedan sólo en estos niveles, generalmente a causa de una errónea o deficiente conducción en el fomento del hábito. Es aquí donde el papel del padre de familia es preponderante para poder desarrollar en los hijos la facultad de realizar lecturas que sean, al tiempo, placenteras y críticas.

El tercer nivel de lectura estriba en eso: lograr que el individuo lea por el gusto de hacerlo; por el gusto de encontrar la armonía, las imágenes, los sonidos de la poesía; por el placer de adentrarse en una novela de ficción, por conocer las personalidades tan complejas que existen en la literatura; y no sólo eso, sino que, a partir de esta lectura que no nos implica “obligación” como en los niveles anteriores, el lector pueda inmiscuirse más profundamente en el texto, para descubrir el mensaje subyacente (subtexto) con que el autor, voluntaria o involuntariamente, se posiciona frente al mundo.

Indiscutiblemente para lograr este nivel de “recepción” se debe realizar un trabajo arduo y compartido. No sólo los maestros tienen la responsabilidad de contagiar el gusto por leer; los padres de familia tenemos que hacer un frente común con los docentes y otras instituciones (como los medios de comunicación) para que nuestros hijos puedan ser los lectores que nuestra comunidad requiere: individuos críticos con capacidades intelectuales, emocionales, espirituales y físicas que contribuyan a la gestación de una sociedad incluyente y respetuosa.

Sé que resulta fácil decir que nosotros, los padres, somos los responsables directos de que nuestros hijos lean pero, a la hora de las verdades, son muchas las dudas que nos asaltan respecto a la forma o las estrategias que deberíamos utilizar para alentarlos en esta práctica (además de que necesitamos disponer de un tiempo específico que muchas veces nuestras labores diarias no nos permiten). Más allá del tiempo que tengamos disponible, o de las actividades diseñadas de manera compleja (como se supone que lo hace la escuela) para involucrarnos en actividades que promuevan la lectura, lo más importante (y que nunca falla) para formar hijos lectores es amor hacia ellos. Si partimos de este principio, nos daremos cuenta de que las actividades que a continuación proponemos no sólo son rápidas y fáciles de llevar a cabo, sino que son prácticas que hacemos casi a diario, o deberíamos hacer, para comunicarnos con nuestros pequeños, conocerlos y saber qué es lo que les preocupa de su mundo:

  • Recupera o empieza a desarrollar el hábito de leer por gusto. Date un tiempo aunque sea de quince minutos por la noche o a cualquier hora para leer algo que te guste (que no sean revistas especializadas o el periódico), ya que los niños generalmente aprenden por imitación.
  • Trata de llevar a tu hijo a hojear (no es necesario comprar) o comprar libros, por lo menos una vez al mes. Las librerías de la ciudad tienen área para niños en las que se pueden divertir mucho, o bien, en las áreas de libros de los supermercados también se encuentran opciones interesantes de literatura infantil.
  • Empieza a leer cuentos infantiles para que puedas tener diálogos en común con tus hijos. Lee literatura infantil para tu propio gozo. Actualmente, la industria editorial se ha preocupado por ofrecer, a los lectores de cualquier edad, literatura infantil con altos estándares de calidad literaria. Además, esta experiencia te permitirá tener referencias comunes con tus pequeños.
  • Realiza “tours” con tu hijo y algún amiguito suyo a las bibliotecas públicas que hay en la ciudad, en las que pueden leer libremente mientras tú también lo haces (Fray Servando Teresa de Mier, en la Macroplaza, la del parque España, la de la Casa de la Cultura de Nuevo León -5to. Piso- en estos lugares no sólo se divertirán leyendo sino que podrán descubrir otras opciones culturales).
  • Cuando el niño realice algún dibujo, traten de crear juntos una historia para ese dibujo y ayúdalo a escribirla al pie de la ilustración. La espera en una fila o el trayecto en el coche pueden ser un buen pretexto para crear juntos una historia, aunque no tengan donde escribir o dibujar.
  • Trata de que el ritual de “buenas noches” incluya la lectura en voz alta de algún cuento pequeño o capítulos de los más extensos o una selección de poesía infantil (cien por ciento recomendable para niños desde los 18 meses de edad). Incluso puedes extender esta costumbre a la hora de la comida. Puedes sorprenderte de todos los temas que se desgranan a propósito de la lectura de un poema, cuento o un fragmento de novela, que nos permiten dialogar en familia mientras realizamos la gozosa tarea de alimentarnos.
  • No olvides traer libros siempre contigo. Para ti y para los pequeños. Esto les hará los trayectos muy apasionantes. Pueden leer incluso libros extenso en recorridos largos.

Lo mejor de estas recomendaciones es que los niños y los adultos empezaremos a relacionar la lectura con aspectos emocionantes y afectivos que se desarrollan durante nuestro diario convivir. El libro, entonces, se convierte en un objeto mágico cuyos poderes, además de despertar nuestra imaginación, nos activarán fibras emocionales para tejer nuestro apego a la familia.

Palabras como acciones (segunda parte)

La mayor preocupación de los adultos que conforman una comunidad capaz de cuestionar las prácticas culturales enajenantes tendría que girar en torno a la búsqueda de un modelo integral para la educación de nuestros niños, en vías para la construcción de un entorno de respeto, cordialidad y aprecio hacia el otro. Para ello es fundamental la palabra. Desmitificarla y usarla en todos sus niveles y para toda diligencia.

Con las palabras construimos el mundo y le asignamos diferentes cargas ideológicas que determinan nuestras prácticas, así es como hemos arraigado la violencia de todo tipo contra las mujeres en particular (y contra los grupos vulnerables en general). La literatura continuamente nos ofrece muestras de estas relaciones; en Los esclavos, por ejemplo, Alberto Chimal muestra un panorama muy actual y doloroso acerca de las diferentes formas de control que algunos individuos ejercen sobre otros, de manera que el ser humano, al someterse pierde su dignidad y su capacidad para tomar decisiones. Sin embargo, la realidad nos golpea con situaciones no ficcionales en las que la violencia se convierte en una forma de vida que normaliza la enajenación. En este sentido, es nuestra responsabilidad ayudar a los pequeños a construir un contexto que defienda y garantice su dignidad y su autonomía. Y esa tarea se logra a través de las palabras.

A través de ellas podemos educarlos para no ser víctimas; sin embargo, asumir la palabra como libertad implica muchos riesgos y requiere de romper con tradiciones muy acendradas. Tenemos que contrarrestar los duros efectos del secreto y el tabú respecto a nuestros cuerpos, a través de reconocernos y nombrarnos. Recuerdo que una vez me “citaron” en la guardería de mi hija cuando ella tenía tres o cuatro años. Con mucha cautela, su maestra me dijo que teníamos que cuidar la forma de hablar de la niña pues estaba usando “malas palabras” y eso podría ser perjudicial para sus compañeritos. Al principio me preocupé genuinamente pues en casa siempre hemos sido muy sueltos de lengua, pero cuando pregunté qué era lo que había dicho, la maestra me dijo, en voz muy baja: “vulva”. Después corrigió: “vulvita”. Le dije que no era una mala palabra y, tras una breve discusión, la “cita” se convirtió en un diálogo de sordos. Al final, agregó: si quiere que se exprese con propiedad, en todo caso, debería usar la palabra “vagina”. Entonces, le dije, lo más amablemente que pude, que no: la parte interna del órgano reproductor femenino, se llama vagina; pero la parte externa, a la que se refería mi hija, es vulva. De todos modos, me pidió que habláramos con la niña pues aunque no sea una “mala palabra”, no está bien que una nena tan pequeñita anduviera hablando de esas cosas. Claro que hablamos con ella. Para decirle que el cuerpo es hermoso y cada una de sus partes tiene un nombre especial.

[Podría ser, también, que el tabú en torno a los nombres de los genitales tenga que ver un poco con la cacofonía; no sé quién inventó los términos en español, pero pene, glande, escroto, vagina, vulva, son palabras muy poco eufónicas. Partes tan especiales, y generadoras de vida y placer, también deberían tener apelativos lindos y luminosos, no sé, quizás el pene debería llamarse pirindúngulo; y la vulva, ursuluz o lámpara.]

Lo cierto es que deberíamos apelar por una educación que les diera a los niños las palabras como herramientas para nombrar el mundo, hacerlo suyo, para poder enfrentar cualquier situación. Palabras y confianza para niños y niñas, pues nadie está a salvo. La fragilidad de la infancia atrae a cualquier enemigo que, de acuerdo con muchos testimonios derivados del hashtag mi primer acoso, muchas veces está en casa. No asumamos, como padres, que porque nosotros los queremos y respetamos, nuestros hijos están a salvo de la depredación intrínseca a la especie humana.

Paradójicamente, en vez de que las palabras nos otorguen la posibilidad de hacernos conscientes de nuestra propia sexualidad y los aspectos de salud y recreación que tenemos todos los seres vivos desde que nacemos, intentamos ocultar, frenar, disfrazar la realidad y, lo peor: generar falsos o peligrosos paradigmas. Por eso es necesario nombrar el cuerpo. Nombrarlo para conocerlo, y sólo lo que se conoce se puede querer. Es fundamental amar el cuerpo y no asociarlo con lo prohibido, sino con la dignidad. Y tener y querer un cuerpo propio digno, nos llevará a dignificar también a los otros cuerpos.

No podemos guardar a nuestros niños en una caja de cristal; no podemos estar cuidándolos sin separarnos de ellos. El jardín de niños, como se ha visto en las últimas noticias, también puede ser un lugar inseguro. Sólo cuando los pequeños sepan reconocer de qué están hechos, podrán hablar de ello y también, asumir la responsabilidad de su cuidado y dialogar con los adultos. Pero tendríamos que ser adultos capaces de llamar a las cosas por su nombre y capaces de aprender a disfrutar y sacralizar nuestros propios cuerpos.

Como padres nos asusta abordar estos temas entre adultos y mucho más con nuestros hijos, porque tenemos la herencia del tabú, pero siempre hay momentos y formas, y si desconocemos aspectos de nuestra propia sexualidad -porque fuimos criados con prejuicios y silencios- entonces, investiguemos con ellos, con nuestros hijos, para que juntos construyamos las herramientas con las que podrán defenderse y quererse.

Es necesario aprender a nombrar. Es vital tener palabras y canales de comunicación: otorgar confianza y afectividad. Mostrarle a nuestros hijos que nosotros no los juzgamos sino que los acompañamos (aunque no estemos con ellos) para que su tránsito por la vida sea menos duro. Otorguémosles las palabras como el arma más poderosa contra los depredadores. Sería un sueño posible educarlos, desde todos los frentes, para vivir.

A través del mayor número de lenguajes (del arte, del amor a todos los seres vivos, de la palabra) podemos construir con ellos nuevos paradigmas. Y a pesar de lo difícil que resulte confrontar los principios y modelos con los que fuimos “educados” (de la sumisión, la obediencia, el silencio), mostrarles que podemos modificar estas prácticas porque también hemos aprendido a querernos y disfrutarnos.

Lo más valioso que podríamos darle a un niño es la certeza de su individualidad. Tener la forma de decirle: tu cuerpo es tuyo y es necesario que lo conozcas para que lo puedas disfrutar, querer y cuidar. Porque además de poder nombrarlo, tendrían que saber que su cuerpo es el vehículo más apto para el placer. Y que el placer se ejerce como un derecho y nunca como una obligación. Tendríamos que poder decirle a todos nuestros niños: “quiérete, disfrútate, cuídate. Y yo voy a estar acá, cerca de ti, para defendernos juntos”.

Palabras como acciones (para dar autonomía y seguridad a los niños)

Primera parte

Una de las premisas de la novela Los juegos de la violencia, de Ricardo Chávez Castañeda, es que la única manera de erradicar la violencia es enfrentándose a ella para conocerla y desactivarla; como si fuera una bomba. De alguna manera, su propuesta nos lleva a concluir que para conjurar a los fantasmas es necesario nombrarlos. Y para nombrarlos es preciso perder el miedo.

Para hablar de la vida tendríamos que sepultar nuestros temores y aprender a nombrarla detalladamente. Nombrar todo. Escudriñarlo todo y definirlo para intentar entenderlo y, mejor aún, saber qué hacer respecto a todo lo que vamos descubriendo. Es decir: hablar nos tendría que llevar a seguir hablando, a seguir nombrando; a establecer una cadena de comunicación quizás tan sólida que nos permita llegar a la comunión con el otro, o por lo menos a la comprensión del otro.

Como hemos visto a través de la información que vuela en las redes sociales, la violencia está en todas partes. El movimiento feminista, en las últimas fechas, detonó una serie de agresiones desde todos los frentes, precisamente porque no hemos sabido nombrarnos. Desconocemos tanto al otro, a nuestra historia y a nuestra realidad actual, que todos creemos que tenemos la verdad en la mano (o los pelos de la burra, como dice mi marido). Hemos visto a todo tipo de artistas e intelectuales (o simples opinadores públicos) enfrascados en pugnas descomunales que evidentemente surgen de monólogos vacíos, sin intenciones de estrecharnos en un diálogo.

A partir de un discurso agresivo y descalificador, incluso las personas que, en teoría, han tenido acceso a la educación, son sensibles, preocupados por el bienestar social, se han erigido como líderes de bandos contrapunteados. La vida real aún me preocupa más. Quiero decir que si todo tipo de violencia ha surgido de personas “civilizadas” que se persiguen y queman a través de las redes sociales, no sé qué podemos esperar de toda la gente que no tiene acceso a la educación, a cultivar su espíritu a través de las artes, o de todas esas personas que viven en burbujas llenas de lujos tan ensimismados que también son ciegos frente al otro. Porque no se trata de pobreza. Qué podemos esperar de todo ese gran pueblo mexicano que ha heredado sin cuestionamientos un machismo devastador.

Esos mexicanos son los que han difundido y legitimado miles de agresiones en nombre del género (la trata de personas, la esclavitud sexual, el abuso infantil, etc.). Han promovido y aplaudido el sinsentido de la publicidad diseminada por las redes. Lady cien y la polisex son ejemplos de situaciones que quisiéramos que fueran una broma desafortunada, pero esa es la realidad de la conciencia del mexicano, subyugada por la publicidad, la corrupción y la rapiña. Las evidencias muestran un contexto sociocultural donde no estamos a salvo de nada, cuando los ciudadanos, hombres y mujeres, sucumben ante los estragos de este pseudocapitalismo pernicioso y atolondrado.

Desafortunadamente los más pequeños son los más vulnerables frente a estas prácticas depredadoras: el #miprimeracoso nos ha dejado destemplados: hemos callado tanto y con ello legitimado y dado valor a la violencia sexual contra las niñas, que lo que resulta anormal es el respeto. Con una amarga sorpresa vi que en el muro de una amiga, alguien comentó que se sentía un poco liberada después de escribir una experiencia en que fue acosada, pero que ésa no había sido la primera, pues si hubiera narrado la primera, su familia se colapsaría. Obvio porque el abusador era un pariente muy cercano. Lo más terrible es que, a partir de ahí, muchas otras amigas confesaron lo mismo: el primer acoso de la mayoría de las mujeres mexicanas ocurre cuando somos niñas y a manos de un familiar a quien nosotros o la familia le tiene mucha confianza o incluso lo respetan y lo idolatran.

Eso me lleva a pensar que tenemos que ayudar a las niñas, y por supuesto también a los niños, a que sepan defenderse no sólo ante desconocidos, sino ante cualquier persona que intente invadir su cuerpo, colonizar sus emociones, amedrentarlos o hacerlos sentir incómodos. El mayor problema es que los niños nunca han tenido voz. Los adultos nos hemos dedicado a silenciarlos desde el principio de los tiempos. Y cuando ellos se atreven a hablar, en el mejor de los casos los cuestionamos; en el peor, no les creemos pues “su mente fantasiosa los lleva a confundir o malinterpretar las situaciones”.

Hace poco un amigo hacía un llamado para la construcción de un nuevo varón que sepa respetar a las mujeres; lo hacía pensando en su propia pequeña quien aún está lejos de la ‘vida real’ que nos pone y nos ha puesto en peligro a lo largo de tantas generaciones. Sin embargo, las evidencias muestran que el peligro está en nuestra propia casa y no sólo me refiero a los agresores sexuales, sino a la descalificación que hacemos de los juicios de los niños. Es bien difícil imaginar que mi padre pudiera ser capaz de abusar de mi hija, por ejemplo, y quizás esa dolorosa situación hipotética podría llevarnos, para protegernos a nosotros mismos, a descalificar o minimizar lo que nos dicen los pequeños.

Quizás resulta difícil romper los paradigmas con los que fuimos ‘educados’ pero por el bien de la humanidad en ciernes, tenemos, como adultos, que dar herramientas a los pequeños, a través del lenguaje, pero sobre todo, a partir de la confianza. Nosotros no podemos ser jueces de nuestros niños. Debemos, al contrario, ofrecerles posibilidades para que ellos sean capaces de realizar libremente sus elecciones. Ellos deberían saber que pueden hablar de cualquier tema con nosotros y que nosotros sabremos escuchar (y respirar y comprender antes de pegar el grito en el cielo), pero sobre todo, que estamos ahí para ayudarlos. Pero para que sean capaces de hablar sobre la vida, sobre su cuerpo, sobre su intimidad, tenemos que construir con ellos un camino de confianza.

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