De lo cotidiano

Bitácora de Dalina Flores

La invisibilidad de la “magia de la lectura”

La semana pasada escuché, en vivo y por redes sociales, la algarabía que causó la presentación de resultados de la Encuesta Nacional de Lectura realizada por CONACULTA, en la que aseguran que los mexicanos leemos 5.3 libros al año (aun si fuera fidedigna esta estadística, la realidad sería muy triste: 5 libros en todo el año es muy poco). Me ha llamado la atención el ahínco con el que promotores, lectores y escritores abanderan el nuevo resultado: en un abrir y cerrar de ojos casi duplicamos nuestros niveles de lectura; pasamos, en un santiamén -menos de 5 años, de 2.8 a 5.3, lo que se ve, en papel, muy lindo. Es evidente que la tarea de los mediadores, profesores, maestros, padres, medios de comunicación, escritores, editores, libreros, publicistas, etc., ha rendido frutos.

Particularmente, la famosa encuesta me deja sorprendida y con muchas preguntas. En primer lugar no entiendo cómo desde criterios muy particulares, distintos a los de la UNESCO, el organismo cultural mexicano compara a otros países con resultados similares (según esto ya estamos a la altura de Chile). Por otra parte, no entiendo cómo sus resultados por cada rubro supera el 100% (no es sarcasmo, en serio: no lo entiendo. Por ejemplo en la pregunta sobre quién ha sido fundamental en contagiar el gusto por la lectura –una de las preguntas menos problemáticas- los resultados dicen: padres 43.8%; maestros 60.5%. De acuerdo con mis matemáticas básicas, eso hace un total de 104.3% que no entiendo. Y se pone peor con otras preguntas que suman más de 200%).

La realización de una encuesta, como sabe cualquier investigador que se haya aventado el riesgo de indagar en lo cualicuantitativo, es un proceso muy difícil sobre todo en la parte del diseño; más que difícil, es complejo; y esa complejidad no la veo en la definición de la muestra ni en la determinación de las preguntas. De hecho, me parece que sesgan de una forma significativa todo el trabajo de investigación. Sin embargo, no es sobre metodología de lo que quería hablar, sino de la naturaleza de las “verdades” que de pronto empezamos a reproducir (los libros más leídos, junto a Juventud en éxtasis y Pedro Páramo o Crepúsculo son Don Quijote y El principito, ¿really?, he hecho esta pregunta a mis alumnos de letras y si acaso -y a vuelo de pájaro- puedo decir que han leído el Quijote, completo, sólo 10 alumnos (en más de 10 años de dar clases de Literatura).

El asunto de la cantidad de libros que ahora leemos como por arte de magia es tan absurdo como las divertidas discusiones que tienen los niños pequeños sobre la grandeza y heroicidad de sus padres: “mi papi es más fuerte que el tuyo”, “no, el mío es más fuerte y más guapo que el tuyo”. En cuestión de lectura resulta casi igual: “mis mexicanos leen más libros que tus peruanos”, “ah, no: los brasileños leen más que los mexicanos”. Y yo me pregunto: ¿realmente importa? El argumento no tendría que ser de números, sino de efectos de la lectura. Qué podemos esperar de una sociedad que lee novelas como Crepúsculo o las 50 sombras de Grey: una colonización impresionante de un sistema machista y su legitimación; o de una sociedad que no lee libros ni su realidad y por lo mismo no es crítica, como dice Freire. Pueden presentarnos doscientas encuestas donde los resultados digan que de la noche a la mañana nos convertimos en lectores, pero yo sigo viendo una apatía creciente y una estandarización de nuestros valores y necesidades. Sigo viendo una población abúlica y egoísta. Si se leyera literatura, en serio, no tendríamos el presidente que tenemos  y no permitiríamos que la impunidad ni la injusticia se siguieras apoderando de nuestro futuro.

El libro de la negación o contar lo inefable  

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Hemos asociado el término inefable con la belleza; con aquella emoción que surge de la contemplación de situaciones o condiciones sublimes, cuya esencia es tan intensa que nos deja sin palabras. Ese silencio es la prueba de que hemos sido tocados por los dioses, por entidades etéreas e incomprensibles que están más allá de nuestra materialidad; ante la belleza y la conmoción que nos provoca, nos convertimos también en dioses.

Pero no todo lo inefable tiene esta condición de sortilegio. Existe, en la naturaleza de los seres humanos, también una proclividad hacia la destrucción, hacia la ignominia que nos coloca en las múltiples dimensiones del mal. Y aunque quisiéramos que el arte sólo se nutriera de belleza, su condición de universalidad lo lleva a ser el proceso más incluyente de las manifestaciones humanas. Ricardo Chávez señala, en su prólogo a El libro de la negación: “Esta historia es la peor del mundo, por lo tanto, es terrible.” Y también nos lanza una advertencia: “Para aquellos que no gusten de las historias trágicas, este libro tiene un final feliz en alguna página cercana al final. Les recomiendo no seguir adelante después.” De inmediato imaginamos que la tragedia nos hará sufrir un poco, pero que lo superaremos al saber que sólo es ficción. Además, haciendo gala su experiencia como psicólogo, de forma inversa nos reta a llegar hasta el final. Ya lo han comprobado muchos investigadores: la curiosidad no sólo mato al gato, también a las personas. Y allá vamos, creyendo estar a salvo, a leer con entusiasmo la historia.

Antes del entusiasmo de la lectura, diré que llegué a El libro de la negación a través de una afortunada recomendación tan exhortativa que me llevó a hacer malabares para poder asistir, con una de mis mejores amigas desde la infancia,  a su presentación en la FILIJ del año pasado. Me impresionó escuchar a un escritor lúcido y desafiante respecto a sus ideas sobre el mal y la necesidad de contarlo para conjurarlo, así es que en cuanto tuve el libro en mis manos, me puse a leer, y no terminé hasta que aterricé en Monterrey. Lo único que recuerdo es que me quedé sin palabras, pero no por eso sin ideas; al contrario: mi cabeza era una olla de alacranes. Alacranes, no grillos. Me sentí indigna (no indignada –o quizás un poco), me sentí avergonzada de ser persona;  apenada de creer que tengo un ingrediente –inteligencia, sensibilidad, emociones, espiritualidad- no sé, que me convierte en algo distinto de un demonio.

El libro de la negación aborda la violencia física que los adultos hemos ejercido a lo largo de la historia sobre los niños precisamente por ser frágiles e ingenuos (lo que de entrada espanta: los hemos violentado porque nos tienen confianza). Mientras el niño narrador nos cuenta sobre sus padres (y el dilema que tienen acerca de los temas que deben o no leer los pequeños), y sus incursiones secretas en la lectura de una novela que su padre escribe y escribe sobre la violencia, el autor hace un recuento histórico de los episodios en que la humanidad se ha volcado, con saña y alevosía, sobre nuestros niños.

No es una lectura fácil, mucho menos si pensamos que es una literatura para niños; rompe totalmente con la intencionalidad pedagógica y moralizadora que, hasta cierto punto, prevalece en las historias para los más pequeños. No nos ofrece un texto balsámico. Al contrario: nos desnuda desde adentro. Es necesario leer dos veces para percibir de forma rotunda la intencionalidad y los efectos de sentido de su propuesta. Durante la primera lectura todo es un indicio, incluso la naturaleza de la voz que narra la historia; pero cuando la anagnórisis se apodera de las ideas, ese momento culminante del drama en que al lector o espectador le caen los veintes de la historia, nos enfrentamos a la indefensión. Y cuando me refiero a que es difícil de entender, no quiero decir que la trama no sea clara, sino por su efecto devastador.

Debo confesar que a Ricardo Chávez Castañeda sólo lo conocía por referencias, sobre todo las asociadas a la generación del crack que surgió en nuestro país en los años noventa, pues había sido uno de sus precursores. Y debo confesar que los autores que se ubican en esta tendencia no me gustan tanto porque, lo poco que he leído, además de su manifiesto, me parece artificial y, hasta cierto punto, pretencioso. Sin embargo, cuando supe de El libro de la negación, me sentí entusiasmada porque es una propuesta incluyente (prefiero nombrar así, por lo pronto,  a lo que se ha llamado literatura infantil y juvenil), es decir, es un libro para todo tipo de lectores. Sin embargo, algunos adultos que lo han leído, consideran que no es apropiado para los niños porque les muestra una realidad muy dolorosa. Creo que esta polémica es uno de los méritos más interesantes del texto, ya que propone un diálogo permanente que trasciende el papel y, precisamente, esta aparente discusión es una forma de tender puentes.

Pero estos puentes se convierten en terrenos resbaladizos porque surgen de un texto que nos confronta y nos acusa. Y lo peor: nos lleva a un laberinto de preguntas del que no podemos escapar. La continua reflexión permanece para siempre. Una vez que El libro de la negación ha sido abierto por el lector, éste se condena a no poder cerrarlo nuca; se erige como una pregunta constante que a la vez nos inculpa. Por eso tenemos que indagar, en nosotros y en el mundo, las explicaciones que nos salven.

Uno de los elementos fundamentales del libro, además del tratamiento del tema y su estructura -que irán descubriendo a medida en que lo lean- es el diseño de Alejandro Magallanes; sus imágenes son un llamado a la emoción sombría. Podríamos seguir nombrando elementos que se conjugan para hacer de esta publicación, editada con la belleza que caracteriza los ejemplares de El Naranjo, un libro imprescindible, pero nos llevaría muchas cuartilla. El placer de lo terrible lo encontrará cada lector en su propia mirada.

¿Quién es Imanol Caneyada? (Apuntes sobre Hotel de Arraigo)

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Hace poco más de un año, había escuchado su nombre porque amigos en común me recomendaron una novela que el escritor sonorense presentaría en la pasada Feria del libro: Las paredes desnudas. Leí la sinopsis y me entusiasmé por asistir a la presentación, pero se empalmaba con otro evento que tenía con Biblionautas. A ese otro evento estaba invitado también Antonio Malpica, un amigo con quien comparto muchos gustos literarios y me dijo que si no había leído a Imanol, no tenía idea de lo que me estaba perdiendo. Me urgió: tienes que leerlo. De pronto pensé que quizás su afirmación era exagerada, sin embargo, él suele ser poco enfático para recomendar lecturas. El caso de Imanol fue diferente: insistió como tres veces. En eso estábamos cuando el escritor en cuestión, Imanol, se acercó a Toño, y éste me lo presentó. Vi a un hombre muy guapo (para estar a tono con los comentarios de sus fans) sí, pero también muy amigable. Lo primero que me dijo es que mi blusa estaba muy bonita. Y con lo simple que soy, me quejé: mira, se acaba de romper. O sea, una plática totalmente antiliteraria. Sin embargo, después de unos pocos minutos de charla, me sentí cautivada por su inteligencia, su mirada crítica y a la vez respetuosa. Un hombre sin aspavientos pero contundente. Cuando nos despedimos, luego de cenar, sentí que lo conocía de toda la vida y entonces sí fue imperante la necesidad de leerlo.

            Apenas terminó la Feria, me dispuse a conseguir sus novelas. Estuve un par de semanas recorriendo librerías y nada. Finalmente, en una tienda del buhíto, encontré Espectáculo para avestruces. La devoré. Fue un golpe inmediato que me dejó atónita. Encontré una narrativa ágil, una mirada profunda y filosa para retratar los aspectos más sórdidos de la naturaleza humana, y una pluma aguda, rigurosa y clara. Me pregunté otra vez: ¿quién es Imanol Caneyada?, por qué detrás de la gentileza y hasta desparpajo de su charla, hay una pluma tan punzante y dolorosa: su narrativa tiene la fuerza de cimbrarnos con golpes de una realidad tan profunda que nos confronta con nuestras propias emociones y formas de ver la vida. Incluso con nuestra escala de valores.

Hotel de arraigo, novela editada por Suma, del grupo Random House, refrenda de muchas maneras la esencia de la escritura de Imanol, quien tiene una carrera ya muy larga en la crónica y el periodismo narrativo. Con la crudeza característica de su forma de contar, en esta novela, el autor nos involucra en una historia que parte de un concepto legal que es cuestionable por abusivo, pero que en nuestro país tiene vigencia: el arraigo.

La figura jurídica de arraigo se contrapone totalmente a la presunción de inocencia de un inculpado, pues parte de que hasta que no se compruebe su culpabilidad no puede ser libre. El estado supone que si un presunto culpable no es ‘detenido’ podría darse a la fuga, entonces, las personas acusadas tienen que pasar un tiempo privados de su libertad, pero sin estar presos, sólo ‘arraigados’ para que en ese lapso se determine si es culpable o no.

Lo terrible en el estado mexicano y su forma de impartir justicia es que dicha actividad se utiliza como un recurso para ‘arrancar’ declaraciones a los detenidos a través de estrategias del todo ilegales como la tortura. De esta manera, las cárceles mexicanas están repletas de delincuentes que confesaron un delito a pesar de que ni siquiera se encontraban cerca del lugar de los hechos. El autor, entonces, crea una ficción para que el lector se cuestione, en primera instancia, sobre la impunidad que rodea a todos los que conforman la estructura de ese ejercicio irracional del poder.

En medio de ese contexto, se desarrollan personajes que, por muchos motivos, muestran su decadencia y al mismo tiempo, a través de su psicología, percibimos una esencia natural muy cercana a nosotros mismos. En esta novela, donde los acontecimientos se suceden sin darnos espacio para respirar, llaman la atención dos aspectos particulares: la paulatina descomposición de un escenario donde pareciera que, a pesar de la violencia, nadie corre riesgos, y el planteamiento trágico que late en toda la historia, incluso cuando llegamos a pensar que alguno de los personajes podrá redimirse.

El autor echa mano de un recurso que, aparentemente, es simple: la cotidianidad, pero llega a ser tan asfixiante por su naturaleza oscura y violenta, que nos conduce por una historia donde percibimos una gama muy amplia de relaciones interpersonales. Algunos personajes pertenecen a los grupos más altos del poder, en esa colusión en que se ha convertido nuestra vida sociocultural actual, donde empresarios y políticos están al servicio de la oligarquía, mientras otros personajes nos llevan a vivir la realidad de grupos menos favorecidos, pero dispuestos a todo para salir de la inercia de su rutina.

Las descripciones súper detalladas del crimen como industria dejan ver claramente el oficio periodístico de un escritor que se ha metido hasta las cloacas más descompuestas de la sociedad actual, donde la corrupción enraizada en la genética del mexicano es una moneda de cambio muy usual. A través de su narrativa, Caneyada nos pone en contacto con un mundo que quisiéramos creer lejano.

Las acciones se desarrollan en una ciudad –sin nombre- del norte del país, donde es fácil reconocer fórmulas de la nomenclatura mexicana en sus calles y avenidas, que incluye a nuestros héroes o procesos históricos, pero no es un lugar específico. Podría tratarse de Hermosillo, Tijuana, Juárez o cualquier otra ciudad fronteriza, y en ella acompañamos a personajes que podrían ser como cualquiera de nosotros:

Arnulgo Lizárraga, el experimentado policía judicial que pertenece a un escuadrón antisecuestros y que, de una manera casi natural y hasta encantadora, está vinculado con el crimen organizado, nos introduce en una cotidianidad casi nauseabunda, llena de superficialidades familiares donde la moda y el gym dictan sus necesidades. Llegamos a conocer tanto la vida interna del personaje que en un momento sentimos empatía y pena por lo que le pasa, pues de pronto él se convierte en su propia víctima. Casi sin darnos cuenta terminamos justificando sus acciones a pesar de que impliquen la traición a un código de honor.

Por otra parte, como en una especie de búsqueda de equilibrio, nos involucramos en el devenir de Gabriel García, un juniorcete que lleva una vida superficial y descontrolada; con una ausencia total de rumbo, pues su padre se limita a proveer en exceso bienes materiales, dedicándose a sus negocios y a sus propias necesidades afectivas, mientras su madre intenta llenar sus vacíos a través de la religión.

Ambos personajes sufren cambios radicales en su estabilidad a partir de un secuestro. Esta experiencia es definitiva en sus vidas y nos transporta, como lectores, por un precipicio donde la caída es irremediable.

Pareciera que, en algún momento, el autor tratara de ser benevolente con sus personajes y arroja un atisbo de esperanza en su devenir; sin embargo, la colisión de las fuerzas puestas en tensión no tiene vuelta atrás: el destino también es víctima de un determinismo impuesto por lo irracional de la realidad y las decisiones de los propios personajes.

Como en una tragedia griega, la experiencia literaria se convierte en la catarsis donde podemos depurar nuestras emociones y sentirnos apabullados frente a una realidad confrontativa, donde la inocencia, que apenas se vislumbra, se quebranta frente a la descomposición que va en ascenso y es imparable. El autor no tiene misericordia por nadie, mucho menos por el lector, lo cual se agradece. No hay elementos edulcorantes en la trama pues ésta es como la vida; sin embargo, es una vida que desde el podio de nuestra aletargada visión clasemediara y trabajadora no nos atrevemos a mirar.

El realismo de su propuesta no tiene que ver con el retrato superficial de la realidad, sino con un minucioso análisis y descripción de las emociones y la psicología de personajes que podrían parecernos detestables por su contexto: el crimen; sin embargo, la pluma de Imanol los hace enteramente humanos, con pasiones tan humanas como las que padecemos cada uno de nosotros.

¿Quién es Imanol Caneyada?, sigo preguntándome. Y la respuesta me deja esperando muchas novelas más. Imanol es un escritor imprescindible cuya poderosa narrativa nos lleva a hacernos muchas preguntas. Preguntas que, quizás, al intentar responder, nos lleven a cambiar el mundo. O, por lo menos, a ver escenarios que quizás no habíamos imaginado.

Como andar en bicicleta

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Lo que nos ha permitido permanecer y crecer como civilización es nuestra capacidad para comunicarnos. A lo largo de la historia, el ser humano ha ideado formas de que este proceso sea más complejo, pero también más eficaz.

Si bien la comunicación escrita, en cada una de las lenguas gráficas que existen en este planeta, se apega a una serie de reglas arbitrarias, esta estructura es fundamental para que el sentido (tan amplio y tan ambiguo) de las ideas que genera el pensamiento puedan expresarse.

El controvertido filósofo Ludwig Wittgenstein asegura en su Tractatus: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” y esta aseveración ha generado todo tipo de discusiones entre filósofos, sociólogos, psicólogos, lingüistas, etc., porque pareciera que alguien cuyo lenguaje es limitado, tendrá también un mundo limitado. Sin embargo, si nos remitimos a la analogía del vaso medio lleno o medio vacío, y partimos de la idea de que la lengua, como uno de los sistemas lingüísticos que tenemos, no es la forma física del pensamiento, pero sí un recurso para construir y reconstruir nuestros universos, también podríamos reconocer la verdad que encierra: entre mayor sea el dominio de la herramienta que tenemos para proyectarnos, mayores serán las experiencias vitales que tendremos y que podremos construir. De ahí la necesidad imprescindible de ser un usuario de la lengua creativo, inteligente, informado y competente. Y sólo podemos hacerlo entre mayor sea nuestro conocimiento de ese sistema.

Paradójicamente, en la enseñanza tradicional de lengua, en todos los niveles escolares, los programas enfatizan la necesidad de tener una asignatura de español, pero no siempre se logran los resultados esperados. Como docentes de nivel superior, nos percatamos continuamente del alto déficit que tienen nuestros alumnos para redactar, argumentar y ser claros con sus ideas. Es decir, la enseñanza sistemática de la lengua, a lo largo de más de 12 años de formación, no ha otorgado a los estudiantes las herramientas para tener una comunicación efectiva.

Son muchas las variables que generan esta tendencia, una de las principales es que los libros de texto y manuales que se utilizan para esta tarea se asocian con aspectos gramaticales muy duros, (algunos de ellos son manuales españoles –yo aprendí con los de Manuel Seco y Samuel Gili Gaya) con rudeza lingüística y terminología especializada que, lejos de acercarnos al fenómeno, nos hacen odiar la escritura.

Cuando era adolescente me encantaba escribir (creo que a todos nos encanta a esa edad), pero no nos gusta la ortografía, ni las reglas y prácticamente queremos escribir tal y como hablamos (¿sí saben cómo? – de hecho, es un recurso del estilo que es muy difícil de poner en papel), no necesariamente como rasgo de estilo, sino por su inmediatez y nula revisión. Lo que decimos, una vez que ha sido dicho, no se puede corregir. Y creemos que escribir es igual. Para nada.

Considero, igual que muchos profesores de lengua, que lo que hace a un escritor magistral no es la textualización, sino la planeación y la revisión del escrito. Para hacer lo primero, escribir, no necesitamos más que conocer las letras, cómo forman palabras y saber trazarlas o elegirlas de un teclado. Pero para planear y corregir un texto necesitamos desarrollar habilidades superiores que se adquieren a través de nuestra capacidad de reflexionar sobre el proceso que implica la escritura. Es decir, una función metacognitiva asociada a la metalingüística.

Visto así, con estas palabrejas, podríamos creer que ya empezó a descomponerse el asunto, pero no. Realmente lo que quiero decir es que es indispensable la conciencia de lo que queremos decir, la conciencia de las ideas y de la forma en que las queremos comunicar; para ello necesitamos conocer las estructuras y reglas de cada una de las lenguas en que queramos comunicarnos. Lo bueno y divertido es que son pocas (las reglas) y si nos acercamos a ellas a través de textos dinámicos e inteligentes, la experiencia puede ser muy placentera, y no sólo eficiente.

Escribir es como andar en bicicleta: una vez que dominamos la técnica, después lo hacemos muy bien sin darnos cuenta de cómo lo hacemos; pero también, la única manera de aprender a hacerlo es haciéndolo (escribir y andar en bici). Y qué mejor si en nuestra práctica diaria contamos con las herramientas ideales para progresar en nuestro proceso de escritura. El manual de escritura que Robertha Leal-Isida y Dolores Sáenz han ideado, con ejercicios guiados, información fundamental y explicaciones adecuadas y sencillas, nos da las herramientas para que nuestras aventuras escriturales sean muy eficaces.

Escritura funcional. De la oración al párrafo tiene una ventaja muy evidente sobre la mayoría de los libros, cuadernos de trabajo y manuales de Redacción: el equilibrio entre su lenguaje aparentemente claro y sencillo, hasta jovial, y la fundamentación de sus explicaciones sobre las formas gramaticales y sintácticas que proponen.

Por otra parte, inmiscuirse en este texto significa ponerse a jugar un poco. Muchos de los ejercicios que ellas proponen son como rompecabezas o sudokus que el lector tiene que ir completando con base en su propia reflexión y propuestas lingüísticas. Las autoras se dirigen directamente a un “tú” lector y lo invitan a seguir los ejercicios y después de la realización, lo conducen a encontrar las características del proceso de escritura que se trabaja. Para hacer que la conciencia lingüística sea más clara, las autoras analizan muestras de textos multidisciplinarios publicados, es decir, se sirven del análisis de la ‘lengua viva’, puesta en escena, para explicar cómo funcionan las diversas estructuras, y con ello aportan al lector/practicante información que incrementa su cultura general.

Debo confesar, con riesgo de parecer ñoña, que la parte que más me gustó es la que nos muestra la función de las subordinaciones. Me divertí mucho encontrando los equivalentes adjetivos, o la sustantivación de los objetos directos estructurados como oraciones subordinadas. También es divertida y funcional la sección en que nos invitan a reconocer los usos adecuados e inadecuados del gerundio; pero sobre todo, el apartado que aborda los marcadores discursivos así como la organización y estilos de los párrafos.

El libro que nos ofrecen Leal-Isida y Sáenz no es un mero curso de gramática, sino un estímulo guiado para trabajar incluso de forma autodidacta, pues incluyen explicaciones muy puntuales y pequeñas rúbricas de autoevaluación. Los contenidos van desde la estructura y función de las palabras, las oraciones simples y compuestas, la concordancia, el párrafo, el texto, hasta los niveles morfológicos, como la acentuación y la ortografía). Por lo anterior, podría asegurar que las autoras establecen con éxito y pericia una conexión entre la morfosintaxis y la creación de textos, como escritura funcional.

Hace un momento dije que me encantaba escribir cuando era adolescente. En la secundaria, tuve mis clases y un maestro maravilloso, a quien decíamos Chavo porque se llamaba Salvador, nos hacía escribir muchísimo y nos pedía que no nos fijáramos en la ortografía. Después, él nos hacía comentarios sobre el contenido y subrayaba las frases que creía que tenían problemas; luego nos pedía que nosotros mismos nos diéramos cuenta de por qué no funcionaban. Esa práctica tan aparentemente insignificante, detonó mi gusto por analizar el lenguaje, pero más allá de eso, nadie me enseñó realmente cómo escribir, hasta que lo medio inferí en mi Curso Superior de Español, en la Facultad. Este libro, por tanto, ofrece a los que se inician en el gusto por la lengua y la escritura una guía práctica para que el proceso de reflexión y apropiación de la lengua escrita sea progresivo y ameno, de manera que logren una escritura poderosa y dinámica (y eviten las dobles adjetivaciones, por ejemplo).

Flanes Dalí

Una vez me puse a espiar a Luna e Ía mientras preparaban un pastel. Hicieron un batidero de antología, cual debe de hacerlo todo buen pastelero adolescente, pero el secreto que descubrimos es que, justo antes de ponerlo al fuego, Ía dijo: “un momento, falta lo importante: el amor”, y le mandó un besazo, tronado y toda la cosa, a la masa cruda. El resultado: uno de los mejores pasteles que he comido en la vida.

Después, cuando Luna y yo preparamos algo, hemos constatado que si no le lanzamos beso tronado a la comida antes de entrar al fuego, no queda tan rica como cuando sí lo hacemos. Conclusión: el ingrediente secreto es el amor.

Y también es más divertido y amoroso cocinar acompañado. Recuerdo que cuando era joven, no sé, de prepa, ¿o era en la secundaria, Nené?, ¿te acuerdas?, necesitábamos dinero para mi viaje de graduación… ¿o para que te fueras a Alemania? La verdad es que no lo recuerdo, lo que sí recuerdo, y con mucho cariño, es que nos pusimos a hornear pasteles para venderlos y nos quedaban muy ricos, aunque yo nunca pude hacerlos sola. Lo que sí aprendí muy bien fue a hacer un flan napolitano cuya receta nos pasó Ana Chen. Con el tiempo ha tenido un par de variantes pero porque descubrí que eso de la cocina alcurniosa no le va muy bien a mi paladar.

La receta original sólo lleva las yemas de los huevos y queso crema; pero a mí me gusta más la textura porosita y explosiva que le dan los huevos enteros y el queso manchego. Así es que, por primera vez en la vida, les daré la receta de mis riquísimos flanes dalinescos (si tienen dudas de su sabrosidad pueden pedir informes con mis hermanos o con mi amiga Sux). Además de que su preparación es megafácil, la inversión es mínima; acá les van los ingredientes:

·      4 cucharadas soperas de azúcar

·      4 huevos enteros

·      1 lata de leche condensada azucarada (pueden usar la versión light y no hay mucha diferencia)

·      1 taza de leche (de la que quieran)

·      100 gramos (o lo que tengas de queso manchego)

Una vez que tenemos todos los ingredientes a la mano, colocamos las 4 cucharadas de azúcar, esparcidas a todo lo ancho de la superficie de un recipiente de aluminio tipo flanera (funciona en cualquier olla, la verdad, pero si tienen flanera es más fácil) y lo ponemos directamente sobre la flama alta de la estufa, de tal manera que se caramelice. Una vez que el azúcar está quemada (en el tono que les guste que tenga la cubierta del flan), retiran el recipiente de la lumbre y dejan que la melcocha se endurezca (en un par de minutos).

Mientras el azúcar derretido se pone durito, arrojamos, con estilo y desenfado, todos los ingredientes en la licuadora. Doña Mí se enoja mucho cuando le digo: sólo revuelves todo y listo, pero es la verdad: echamos en la licuadora los 4 huevos, la lata de leche condensada, la taza de leche y el trocito de queso en cachitos, y los licuamos durante un par de minutos. Se deposita la mezcla sobre la flanera (cuyo fondo ha sido recubierto de azúcar caramelizado) y, antes de ponerlo durante una hora dentro de una vaporera en baño maría, se le lanza el beso más tronado de la comarca. Listo.

Si queremos darle más caché, se puede decorar, una vez que ha salido de su baño maría, con cajeta, duraznos en almíbar, fresas…

Después, todo es cuestión de jugar con sabores y texturas: se le puede agregar a la mezcla del flan una cucharada de café soluble o 5 galletas habaneras o marías, y licuar todo junto antes de ponerlo en baño María… verán como todo el mundo muere por sus flanes 😉

El tiro por la culata, o de cómo me tuve que tragar alegremente mis palabras

Algunos proyectos son tan ambiciosos que casi inmediatamente dudamos de su factibilidad. El proyecto de la Semana i* propuesto por el Tec de Monterrey como una forma de dar vigencia a la visión del modelo educativo Tec21, parecía algo más que interesante, pero también descomunal. Se suponía que cada departamento debería ofrecer, durante una semana, en la que los estudiantes dejarían de asistir a las clases programadas en sus respectivas carreras, una actividad estimulante, interactiva y retadora(taller, certificación, servicios comunitarios, etc.), que los vinculara con su entorno, para fortalecer sus competencias de egreso con las que será capaz de afrontar los retos del nuevo milenio, con liderazgo y asertividad.

            No sé cómo habrán tomado esta iniciativa mis compañeros profesores, pero a mí me pareció padrísima, sí, con ese entusiasmo que provocan los sueños (como cuando digo que cuando sea grande tendré una casa enorme en la playa y viviré con muchos perros y libros), sin embargo, también la percibí como quimera (enorme e imposible). No tenía la más mínima idea de cómo lo íbamos a lograr. No tenía idea, siquiera, de qué es lo que propondría mi Departamento. No tenía idea de que algo de lo que yo supiera hacer pudiera integrarse al proyecto.

            Por fortuna, tengo compañeras increíblemente ingeniosas y entusiastas, y de ellas surgió la iniciativa: un taller para darle herramientas a nuestros alumnos con la intención de que se conviertan en promotores de lectura. Sonaba muy bien, aunque, la verdad, yo suponía que no generaría ningún tipo de interés entre los estudiantes del Tec, pues sus opciones incluían desde viajes a Nueva York para asistir al teatro y a los museos, hasta involucrarse en activismo social acompañando a Las Patronas en su increíble y solidaria labor de alimentar migrantes. ¿A qué chico de veinte años, ajeno al mundo de las letras (¿ya dije que fueron proyectos multidisciplinarios?, no necesariamente por el proceso, sino por el público), le interesaría la LIJ? En fin. La mayoría de los profesores involucrados (al principio éramos cinco) supusimos, un poco con tristeza, que ni siquiera se abriría nuestro grupo. Aún así, nuestra planeación contemplaba una asistencia máxima de 30 personas.

            Tuvimos algunas reuniones en las que planeamos contenidos y logística aun antes de tener idea de lo que nos esperaba. La primera dificultad que enfrentamos fue que no sabíamos de dónde sacaríamos los libros con los que trabajarían nuestros alumnos. Todas tenemos pequeñas bibliotecas, pero no estábamos muy seguras de que los ejemplares que pudiéramos reunir fueran los suficientes y relevantes para la actividad. A alguien se le ocurrió (¿Mirthala, Susana?) que cada alumno inscrito llevara dos libros de LIJ como requisito de inscripción y así tendríamos ejemplares, por lo menos, para realizar una sesión. El problema sería, entonces, que los alumnos pudieran seleccionar los textos adecuados. Hicimos una lista preliminar, nos cercioramos de su existencia y la subimos a la plataforma para que los chicos inscritos la pudieran revisar a tiempo. En eso estábamos cuando se nos vino el mundo encima (por lo menos a mí), extraoficialmente nos enteramos de que se habían inscrito 116 alumnos.

¡Ciento dieciséis alumnos!

… (estoy pasmada)

Al recuperar el aliento, la sorpresa me hizo echar a andar la imaginación y me llené de prejuicios: ¿realmente 116 estudiantes de carreras diversas tendrían interés por involucrarse en la promoción de la lectura? ¿o el nombre de la actividad los hizo pensar que vendrían a otra cosa? LECTURA CREATIVA PARA TODOS (así se llamó nuestro proyecto); ¿creerían que vendrían a hacerse patos?, ¡si formarse como facilitador de lectura -¡y  literaria! (porque no iban a hacer cualquier cosa) no es como hacer enchiladas! Irracionalmente, incluso le dije a mis compañeras: ¡por favor!, ¡si hubiera en México 116 alumnos random** que quisieran involucrarse en la promoción de la lectura, este país no estaría como está! Lo que más nos preocupaba, para entonces, era cómo le íbamos a hacer para triplicarnos y poder ‘impartir’ lo que se supone que cada una de nosotras había programado. No sabíamos cuántos salones nos asignarían, aún no teníamos idea de cómo le haríamos para conseguir tantos grupos de niños de primaria para que nuestros alumnos fueran a trabajar con ellos.

En este momento en que pensé que todo sería un desastre y que ninguna de nosotras sabía a ciencia cierta cómo solventaríamos esta realidad, me di cuenta de lo imprescindible y reconfortante que resulta tener un líder con experiencia en administración y gestión de recursos. Mirthala García fue una pieza fundamental para que, poco a poco, el proyecto fuera tomando forma y tuviera resultados extraordinarios. No quiero decir que las demás no aportáramos ideas o espíritu colaborativo, pero andábamos como gallinas descabezadas (con ideas y con entusiasmo, pero medio perdidas). Finalmente, Mirthala consiguió un auditorio y otros recursos que nos hicieron sentir más seguros e integrados.

Cuando aterrizamos en el primer día de la Semana i todos estábamos llenos de dudas y expectativa. Los chicos estuvieron atentos al principio, pero después se inquietaron en exceso (el primer día fue de mucha teoría sobre historia y apología de la lectura, la identidad de los jóvenes y los niños, la validez de la literatura como recurso para detonar habilidades cognitivas y sociales, la función del facilitador de literatura). Tuvimos que modificar nuestra planeación y realizar una actividad a partir de El cochinito de Carlota, un libro que despertó en ellos una serie de reflexiones sobre el materialismo, la felicidad, las metas y los deseos. Todos participaron y dibujaron cerditos, anotaron sus metas y sus deseos, pero se mantuvieron inquietos. Al final, tuvimos que planear una estrategia en la que aprovechamos sus identificadores o gafetes (que hicieron en cuanto llegaron al auditorio) para distribuirlos de una manera más ordenada.

Al día siguiente pudimos comprobar que el nuevo acomodo permitió que estuvieran atentos y participativos durante más tiempo y así pudieron involucrarse en el mundo de la lectura en voz alta, las juego-estrategias, el pensamiento crítico y las preguntas detonadoras y realizar una serie de lecturas que nos llevó a discutir sobre la pertinencia de ciertos libros, temas, etc. Sus reflexiones fueron muy interesantes y dieron pie a que se plantearan preguntas muy interesantes sobre el proceso en que fueron integrando las actividades con los libros que estaban leyendo.

No profundizaré en la logística y el complicado proceso con el que pudimos resolver el reto de tener a más de cien alumnos leyendo, con sorprendente entusiasmo, literatura infantil y juvenil, durante toda la mañana del miércoles. Lo que sí puedo asegurar es que el éxito de la actividad y el nivel de empatía con que nuestros alumnos se involucraron en la lectura, diseño de juego-estrategias (desde activación hasta cierre), adquisición de material, implementación en las aulas y exposición de experiencias y resultados, dependió directamente de dos factores: una coordinadora súper organizada que nunca se dio por vencida, y la maravillosa naturaleza de la LIJ contemporánea que es sumamente placentera y rica en posibilidades de lectura e interpretación.

Al finalizar la experiencia, todos estábamos impresionados por la calidad de las actividades propuestas y realizadas por nuestros alumnos en las escuelas a las que fueron a promover la lectura literaria (ellos mismos se dieron cuenta de que pueden ser muy creativos en la forma de leer en voz alta, de jugar a propósito de un tema, al reflexionar sobre aspectos que, aparentemente, no son para niños, etc.). Sobre todo, disfrutaron mucho de los libros que leyeron y la forma en que estos libros los hicieron vincularse con sus pequeños ‘alumnos’. Hacía mucho tiempo que no sentía la felicidad de ver cómo la juventud es capaz de involucrarse en tareas quijotescas que siempre nos muestran que sí se puede cambiar el mundo, por lo menos el pequeño mundo que nos rodea.

Agradezco profundamente la iniciativa del Tec para realizar estas actividades que podrían parecer locas (a algunos alumnos y profesores así les parecieron), y al nivel de compromiso y solidaridad de mis compañeros profesores que se quisieron subir al barco y donde todos nos dimos cuenta de que este país sí puede ser otro. Gracias a todos nuestros chicos, por mostrarme que los jóvenes (no sólo los de Letras) tienen compromiso y entusiasmo, que son críticos y creativos, que tienen interés por su comunidad. Y también por tirar al suelo mis prejuicios.

* si quieren saber más sobre la Semana i, sigan el siguiente enlace:

http://www.itesm.mx/wps/wcm/connect/snc/portal+informativo/por+tema/educacion/tec_semanai18sep15

** me refiero a chicos que cursan todo tipo de carreras

Algunos apuntes sobre literatura juvenil y la narrativa de Antonio Malpica

(fragmento)

Si tomamos en cuenta que el prestigio literario se asocia, en gran medida, con aspectos ajenos a la obra, es comprensible que autores externos a las élites literarias preestablecidas (generalmente por la crítica formal y académica) no puedan lograr el reconocimiento y la difusión en las plataformas editoriales canónicas. Tal es el caso de Antonio Malpica, cuya obra ‘para adultos’ no figura en los catálogos promocionales de las editoriales de mayor presencia en librerías. Además, sus vínculos de asociación, como miembro de la LIJ, paradójicamente, lo han relegado a ser leído por un público particular y reducido, distante del especializado o académico.

En este sentido, también es necesario considerar, precisamente, el fenómeno de consumo cultural que promueven las editoriales a partir de la innovadora propuesta de lo que se conoce como literatura juvenil, pues se enfoca en la promoción de libros cuyas historias, más allá de su contenido literario, pretenden cohesionar la naturaleza juvenil a través de la repetición de discursos que tienden a la homogenización ideológica, de índole universal. Entre las lecturas más conocidas, por ejemplo, encontramos best sellers o sagas con fórmulas muy similares, donde el héroe joven se enfrenta con un sistema o un antagonista que lo oprime y del que debe liberarse. Las editoriales en México no han dejado pasar el éxito comercial de esta tendencia y abarrotan las librerías de productos cuya esencia, muchas veces, es colonizante y enajenadora, pero de gran aceptación entre los jóvenes.

Algunas de estas obras se apegan a la lógica de proveer historias instantáneas, para habitantes de un mundo que se agota en su inmediatez, como lo ha publicado recientemente el diario El país en el artículo: “literatura descafeinada para tiempos descafeinados”, donde las historias son de fácil digestión para un contexto en el que los jóvenes están urgidos por comunicarse a través de medios más rápidos, pero también más fríos. Este corpus de producciones masivas ha sido un baluarte de lo que en la industria editorial se reconoce como ‘literatura juvenil’, a pesar de que, parafraseando a Francisco Hinojosa, una cosa son los libros para jóvenes y otra, muy distinta, la literatura para jóvenes.

Se ha tratado de definir la literatura juvenil a partir de sus personajes (un joven en crecimiento) y de sus lectores; como si fuera una literatura especialmente confeccionada para que se entienda/goce/lea por individuos de ¿doce a diecisiete años? Esta clasificación parece, por lo menos, imprecisa, ya que es evidente que las edades biológicas no corresponden siempre con las habilidades lecto-literarias esperadas. Sin embargo, como practica editorial, se ha incurrido en pedir a diferentes autores, incluso a los consagrados en la ‘literatura para adultos’, que escriban historias bajo ciertas restricciones, cuyos resultados, casi siempre son más moralizadores que literarios, y, desafortunadamente, en algunos caso se ha concebido como literatura infantil o juvenil.

Por supuesto, también hay obras que, a pesar de ser consideradas como juveniles (porque los lectores jóvenes sienten afinidad con sus propuestas), los recursos lúdicos y estéticos predominan y, la mayoría de las veces ni siquiera fueron escritas ex profeso para ese público. En este sentido, la literatura ‘juvenil’ podría ser aquella que es disfrutada por cualquier lector, de cualquier edad, a partir de la adolescencia (pero no en exclusiva para ellos).

El concepto ‘literatura juvenil’ se ha relacionado directamente con una tendencia editorial que promueve y coloca ciertos textos privilegiados (con criterios poco claros) en la mira del consumo masivo y que, por lo general, presenta historias predecibles, aleccionadoras y de fácil digestión para lectores sin experiencia lecto-literaria. Estas condiciones favorecen el tránsito comercial de los títulos y, paradójicamente, también el rechazo de la crítica especializada y la académica, con lo que se ha difundido el prejuicio de que la literatura juvenil es comercial y ligera, dando pie para que algunos académicos aseguren que no puede incluirse en el canon literario formal.

Es necesario, entonces, tratar de ‘desetiquetar’ algunas obras literarias que la industria editorial cataloga como juveniles, para romper con el estereotipo de los textos eferentes y aleccionadores, o de historias trilladas y repetitivas. Si consideramos que algunos de estos textos (por supuesto que no todos y de ahí la confusión) son confrontativos, lúdicos y promotores del pensamiento crítico y la emoción estética.

En este sentido, la obra de Antonio Malpica dirigida a los jóvenes presenta recursos estéticos que sorprenden e inmiscuyen directamente al lector, como cualquier otra propuesta literaria, más en la tradición de Borges o Cortázar, que en la de las narrativas sabrosas y entusiastas de García Márquez. Es decir, es un autor que no hace concesiones a los lectores y exige una participación directa en sus tramas. Malpica es un escritor que se inició en el mundo de la literatura escribiendo teatro a cuatro manos (con su hermano, el lúcido y comprometido dramaturgo Javier Malpica) y luego siguió con la literatura infantil y la fantástica.

Desde sus inicios, y en todas sus propuestas literarias, es claro el manejo de un amplio registro narrativo, en cuanto a voces y recursos estructurales, donde predominan los juegos lingüísticos y situacionales, las referencias a las diferentes formas de comunicación actual, la invitación a la reflexión filosófica sin ser didáctica, y la aproximación a todo tipo de temas, evitando el ‘proteccionismo’ que algunos autores y editores imponen a sus textos infantiles y juveniles.

Debo reconocer que me acerqué a la obra de Antonio Malpica, precisamente, por sus libros para jóvenes: leí la novela Informe preliminar sobre la existencia de los fantasmas y, a pesar de mis reservas, la propuesta estética del autor me cautivó. Aparentemente es una novela juvenil que relata el proceso de crecimiento y aprendizaje de su protagonista, pero lo interesante es la forma en que su narrativa se convierte en argumentación que cuestiona los estereotipos, los procesos de enseñanza–aprendizaje, las múltiples diferencias generacionales, y las referencias históricas sobre la vida política y cultural de nuestro país. Es decir, los lectores deben ejercitar un proceso de ‘composición y co-creación que produce un nuevo sentido, como dice Iser: “reaccionamos ante una representación cuando construimos una nueva” (1987). Este primer proceso se construye, principalmente, a través de sus juegos estructurales y de su sentido del humor, ya que apela a las múltiples interpretaciones de un público joven y fresco, no respecto a la edad biológica, sino a su disposición lúdica.

El aspecto más importante en la narrativa de Malpica, sobre todo en la dirigida al público adulto, es su sentido del humor, siempre agudo, inteligente, a veces irónico, que se va entretejiendo en las tramas, lo que, sin duda, hace que el lector se convierta en un agente activo que participa en la construcción del sentido para interpretar, matizar y orientar la comprensión del argumento.

Crónica de un desencanto anunciado  

Para celebrar el día internacional del libro, este año implementamos la actividad “Tu palabra vale” que consistió en ‘vender’ libros nuevos, donados por la Casa Universitaria del Libro, la librería del FCE de Monterrey, la librería La Ventana, CONARTE y Biblios, espacios que comúnmente nos apoyan con el simple afán de crear más lectores. Además, algunos autores amigos de Biblionautas, entre los que se encuentran Alberto Chimal, Raquel Castro, Jaime Alfonso Sandoval, Karen Chacek, Antonio Malpica, Antonio Ramos, Ana Romero, Juan Carlos Quezadas, Jorge Alberto Silva, Sergio Téllez y Zoé, también contribuyeron enviándonos a título personal algunos de sus libros. Cada uno de los libros en venta tenía asignado un ‘precio de acción comunitaria’, es decir, implicaba que el comprador tendría que realizar la actividad a la que se comprometía como pago por su libro. Todas las actividades estaban orientadas a la integración armónica y solidaria con diferentes personas y correspondían en cuanto a nivel de compromiso o dificultad al precio comercial de cada libro.

La idea original era fomentar la práctica de intercambiar bienes culturales sin utilizar dinero; la empatía y solidaridad entre otras personas y seres vivos, pero sobre todo, estimular la confianza en el otro, basado en su palabra. Al principio, algunas personas dudaron de la posibilidad de éxito de la actividad, o de antemano auguraban que nos ‘tomarían el pelo’. Incluso me aseguraban que nadie pagaría pues, aunque tuvieran ganas de hacerlo, dejarían pasar el tiempo e, involuntariamente, terminarían sin cubrir el pago pues no tendrían ningún tipo de obligatoriedad para hacerlo, salvo el valor de su palabra.

Al final, decidimos implementarlo porque es importante abrir vías para el entendimiento y la comprensión mutua y en este proceso alguien tiene que dar el primer paso. No voy a decir que esperaba que el cien por ciento de los compradores cumpliera con su pago, pero sí esperaba que, por lo menos, la mitad lo hiciera. A pesar de que apenas un poco más del diez por ciento de los compradores cumplió con el acuerdo (sólo recibimos la evidencia de 21 pagos de 181 libros vendidos) me parece suficiente (hablando cualitativamente) que algunas pocas personas (aunque hubiera sido una sola) son dignas de confianza y no necesitan un proceso coercitivo para cumplir con sus compromisos. Siempre decimos que la playa no sería lo que es si no existieran las pequeñísimas arenitas que la constituyen.

Además, el evento fue divertido y estuvo lleno de alegría y solidaridad. Al elegir los libros, algunos lectores sufrían porque no podían decidirse por uno en particular. Era como tener a un niño en medio de una gran tienda de dulces; luego de su elección, tenían que registrar el título del libro y la actividad que implicaba. Una de las más complicadas era impartir un taller gratuito de algo que se supiera hacer, en mínimo 3 sesiones. Un chico de 16 años tuvo que pagar este precio por un libro de Cortázar. El resultado fue maravilloso: impartió, con una amiga que lo ayudaba, un taller de Ensamble musical en el que le dieron clases de percusiones y guitarra a 3 personas durante 10 sesiones. Al final incluso organizaron una muestra de las habilidades que desarrollaron sus alumnos. Otro comprador (el primero en registrar su pago el mismo día del evento) sembró un arbolito y luego de dos meses envió otra foto de su crecimiento para constatar que lo sigue cuidando. Cada una de las acciones realizadas y registradas con fotografías en nuestra página de Facebook se distinguió por el nivel de compromiso y empatía. Incluso, durante el evento, ahí mismo, muchas personas buscaron un lugar bajo la sombra y se pusieron a leer de inmediato. Sin embargo, ya han pasado 4 meses y muchos compradores se quedaron con su intención en el camino (espero que, por lo menos, hayan leído sus libros y los hayan disfrutado).

No sé cuáles fueron las causas que llevaron a la mayoría de los compradores a no cumplir con su palabra. Incluso quiero pensar (me gustaría tener un grado mínimo de certeza) que los compradores sí cumplieron con su pago, pero que les fue difícil subir a nuestra página la foto con su evidencia. Me parece un poco triste, pero la verdad es que ya lo esperaba: aún somos personas que actúan conductualmente, llevadas por impulsos y encauzadas a través de premios y castigos. Espero que algún día, por lo menos el diez por ciento de este país, seamos ciudadanos capaces de responder por nuestras propias decisiones sin necesidad de ser coaccionados por una autoridad que nos obliga, nos castiga, nos pastorea por un sendero de autómatas. ¿Por qué la escuela o nuestros padres no nos han enseñado que la disciplina y la capacidad de tomar decisiones tendría que depender sólo de nosotros y no de algún mecanismo que nos coaccione?

Hace algunos años, en un curso de redacción que impartía, surgió una discusión (no recuerdo por qué) sobre nuestra capacidad, como seres humanos de ser conscientes del medio ambiente. Uno de los participantes, mayor de cincuenta años y con formación universitaria, dijo que los mexicanos sí somos conscientes y somos capaces, por ejemplo, de no tirar basura en las calles; pero que las autoridades no implementan programas para lograrlo, y no nos multan por hacerlo. Entonces, la autoridad, según él, no está actuando de manera correcta. Él mismo se puso como ejemplo al narrar que cuando va a Estados Unidos, no se le ocurre, por nada del mundo, tirar la basura en la calle, pues implicaría una multa muy alta. Pero en México, como nadie lo regaña, ni lo castiga… Yo creo que no se trata de propiciar el control desde afuera, por parte de las autoridades, sino la conciencia individual del bien común y de la responsabilidad que todos tenemos en la construcción comunitaria. Considero que no necesitaremos (sí: en futuro, no en condicional) ninguna autoridad que nos vigile y castigue cuando seamos capaces de realizar lo que nos corresponde sin que medie un premio o un castigo, sino la simple conciencia de que nos importa el otro tanto como uno mismo.

Podríamos concluir, si sólo se tratara de una evaluación cualitativa, que no fue muy afortunado el resultado de la actividad pues, como ya hemos dicho, apenas llegamos al diez por ciento de éxito en el cumplimiento de los pagos; sin embargo, creo que esas 21 personas que asumieron su compromiso son 21 individuos que hacen el mundo diferente (no por las pequeñas o grandes acciones que realizaron, sino por la capacidad de darle valor a su palabra; de actuar sin condicionamientos, sino como contribución recíproca de un bien hacia otro). Estamos convencidos de que este tipo de actividades podrá seguir sirviendo para que el capitalismo nos eche en cara la banalidad de un esfuerzo orientado a la construcción de la comunidad, pero también como una puerta abierta hacia los cambios de actitud frente a nosotros mismos. Por eso seguiremos promoviendo la posibilidad de hacer valer nuestra palabra. El 5 de septiembre tendremos una nueva emisión de “Tu palabra vale”, con libros maravillosos y divertidos.

Debo hacer un paréntesis para informar, con mucho dolor en el corazón, que quienes no hayan cumplido con su pago anterior, no podrán participar en esta nueva emisión; sin embargo, también queremos abrir el plazo para que todos tengan la oportunidad de demostrar que su palabra vale a pesar de que los tiempos a veces nos complican. Les solicitamos, a quienes lo deseen, que realicen su pago antes del 3 de septiembre y suban la evidencia de su pago a nuestra página de Facebook.

Mientras tanto, nosotros seguimos confiando en la palabra. Esperamos que ahora sean más los lectores responsables y solidarios; nos interesa sumar, generar vínculos y confianza. Tampoco quisiéramos pecar de ingenuos y creer que el mundo está lleno de buenas personas (que aún no se han dado cuenta de que lo son). Sabemos que hay individuos que creen que la forma de ser feliz y tener éxito en el mundo es aprovechándose del resto de los mortales. Desafortunadamente escuché una conversación de un adolescente que le preguntó a alguien que si había asistido a la actividad en la que regalaban libros en la plaza; el interlocutor respondió que no los regalaban, que se tenía que hacer un pago por ellos. El adolescente dijo que era lo mismo, pues su pago había sido llevarle croquetas a algún perro que estuviera en una fundación y, al ser cuestionado sobre su cumplimiento dijo: “bueno, no fui a un albergue. Compré croquetas y le di de comer a mi perro y ps, es lo mismo”.

A pesar del desencanto, quisiéramos agradecer públicamente la bondad y entusiasmo de quienes quisieron jugar con nosotros a la construcción de un mundo distinto: Rodrigo Ponce, René Menchaca, Naredo Ramone, Jaime Castañeda, Julio Flores, Dulce Alemán y su pareja, Catalina Cati, Aleida Jasso, Luna Mendhoza, Clau Rmz Tamez, Grecia, Myrna Santana, Dicmar Hilerio, Perla Armstrong, Yesenia Pérez, Perla Delgado, Rocío Ramírez, Angélica Bracho, Loli Loyola, Connie Gámez, Mark Rocha, y Martha Alicia Lara, gracia por su palabra. Y por el crédito que siguen teniendo con nosotros.

De lo cotidiano (que termina en Guerra mundial) XLV

Yo: amor, salí en unas fachas terribles (él me mira de una forma extraña y sonríe)… bueno, esa sonrisa tuya la tomaré como un ‘no importa, mi reina, tú, como sea, te ves bien, ¿verdad?’

Él: ¡claro!

Yo: sí, ya sé que adoras mis ojos

Él: síp

Yo: y mi mirada…

Él: por supuesto

Yo: y mi sonrisa…  :/ amor, ¿por qué nunca me dices cosas lindas?

Él: ¿¡cómo no!?, ¡te las acabo de decir!

Historia de una transformación

(O de la Santa Patrona del deber ser lingüístico y literario al ‘cuántas maravillas me he perdido por miamora’)

Antes de relatar la historia de esta transformación, debo esclarecer el incidente que dio origen al adjetivo del subtítulo: cuando Luna cumplió dos años, alguien le regaló un Piolín de peluche. A ella le fascinaba; a mí siempre me ha caído gordísimo (prefiero, por mucho, a Silvestre), así es que más de una vez me referí a él como ‘el pollito mamón’. Claro que yo juraba que eso no afectaba para nada a mi bebé. El asunto es que una vez que el Piolín andaba perdido, al encontrarlo, le dije: ¡Mira: Piolín!, y ella exclamó con alegría: ¡El pollito mamón! Yo no sabía si reírme, porque créanme que es muy simpático escuchar a una bebé de dos años diciendo esas leperadas, o infartarme por lo mismo. Lo que sí fue que me sorprendió muchísimo lo que dijo y le pregunté, medio escandalizada y divertida, qué era lo que había dicho. Ella me dijo: ah, es Piolín, el pollito ‘miamor’… y repitió: dije ‘miamor’. Eso nos dio todavía más risa y desde entonces, cada vez que queremos usar ese adjetivo, usamos el lindo eufemismo acuñado por la Luna-bebé.

Resulta que cuando egresé de la licenciatura yo estaba súper casada con la normatividad lingüística, lo que me hacía intolerante en extremo a todas las incorrecciones escritas, pero también a las orales. Incluso, en esa época, llegué al extremo de miamorez al asegurar que no podía tener como amigo a alguien que tuviera mala ortografía. Al principio, para no morir de un ataque de bilis verde, decidí que si alguien no era mi alumno o de mi familia directa, no tendría por qué corregirlo. Aún así, vivía haciendo entripados horribles. El colmo para mí era que, cuando llevaba a Luna al parque, me dijera con su vocecita de bebé, al subirse a los columpios: mami, ¿me das pushe? Obviamente, me salían todos los diablos que azuzaban mi ira (pero que afortunadamente controlaba) y le decía: Nona, ¿qué es eso de pushe?, en español se dice ¿me meces?, ¿de acuerdo? La pobre me miraba seriamente y decía que sí con la cabeza. Lo mismo pasaba cuando me preguntaba qué le había puesto de lonche. Después de tres infartos al miocardio, le explicaba: si vas a usar anglicismos, no los deformes tan atrozmente; además, es preferible que lo digas en español: usa vianda o almuerzo, chaparrita.

Cuando mi mamá me escuchaba explicarle estas cuestiones (además de otras relativas al lenguaje) me decía que no molestara a la bebé con esas cosas que ni entendía, pero yo creo que siempre me entendió. Poco a poco ella fue regulando el uso de su lengua y algunas veces me decía: mami, ¿me das pushe?… ah, no, perdón, contigo es ¿me meces?

Realmente su capacidad para adecuarse a todos los contextos (supongo que cuando la pobre salió con la miamorada de atreverse a decir vianda, en vez de lonche, en su escuela, no le quedaron ganas de volver a decirle así, y siguió usando lonche) fue lo que me hizo reconsiderar mi inflexibilidad; pero también contribuyó el haber encontrado en mi camino a una de las maestras más significativas y encantadoras que he tenido en la vida: Lidia Rodríguez Alfano.

Cuando llegué a Monterrey, venía casi desempacada de la UNAM donde hay (o había) una tradición lingüística muy rígida y ortodoxa, por lo que mi postura inflexible era muy clara. Los estudiantes nos sentíamos paladines de LA LENGUA, los defensores irredentos, incapaces de renunciar a las delicias de la normatividad y del buen decir. El estudio de la lengua, para mí, era un asunto teórico ejemplar y modelizante que debía imponer y proteger las tendencias “legítimas” de un uso (el prestigioso), sin cuestionar su nivel de colonización. Es decir: la defensa de las formas “correctas” de la lengua, sin querer, abonaba a la legitimación de un sistema lingüístico dominante.

Además de interminables entripados y corajes de todo tipo, esa actitud no me dejó nada, sobre todo después de que tuve la fortuna de cursar mi primera clase en la maestría en Letras con Lidia Rodríguez Alfano. Encontrarla en mi vida académica fue como vivir el encontronazo de dos trenes que chocan de frente. Una sacudida. Las clases con la doctora Rodríguez me enseñaron que lo interesante de la lengua es describirla y tratar de comprender sus procesos. La lengua entendida como entidad viva que se transforma, que proyecta la ideología y la idiosincrasia de una cultura y que construye (o destruye comunidades –preguntemos al lenguaje periodístico).

El estudio de la lengua en acción se convirtió, entonces, en un fenómeno lleno de sorpresas que había que desentrañar y no una materia fría y dura como el cemento. La mirada de mi querida maestra me enseñó que detrás (debajo, sobre) la enunciación están configurados un gran número de procesos socioculturales que determinan nuestras relaciones. Gracias a la flexibilidad y diversidad de la lengua descubrí que, aunque no es el ropaje del pensamiento, su manifestación permite profundizar en los procesos cognitivos que construyen la plataforma para el aprendizaje. Pero lo que más me gusta de esta actitud frente a los estudios lingüísticos es que su abordaje es muy divertido y esclarecedor para comprender el mundo en que estamos inmersos. Creo que nunca me habría permitido gozar y vivir la lengua si no hubiera encontrado a la doctora Rodríguez en mi camino. A veces, cuando me preguntan, he dicho que lo poco o mucho que he aprendido en la vida académica se la debo a las investigaciones que realicé para obtener los grados, pero la verdad es que sin maestros como ella, que guían, retan y estimulan, ninguna investigación daría los frutos que esperamos.

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